El cumpleaños del pequeño Germán había terminado y le costaba, excitado como estaba, conciliar el sueño. Había sobrado bastante tarta de la comida de celebración con su mamá, el resto de su familia y algún amiguito de su clase; así que, antes de acostarse, se la comió en un descuido de su madre. No dejaba de pensar en lo fácil y bonita que se había vuelto la vida con todos los juguetes con los que podría jugar al día siguiente. Tenía la mente puesta en un zoológico playmobil que esperaba desde hace tiempo y en un nuevo juego de pintar. Según permitía el subidón de azúcar fue quedándose dormido por primera vez siendo ya un chicarrón de 11 años. Por desgracia, volvió a tener la misma pesadilla. Esa recurrente que, de cuando en cuando, lo sorprendía.
Estaba sólo en casa. En la de siempre, en la suya. Sin embargo, su impresión no era nada familiar. A la sensación de soledad había que añadirle la extrañeza con la que miraba sus cosas, que estaban y no estaban al mismo tiempo, como siendo y no siendo suyas a la vez. La casa estaba completamente vacía, sin muebles, sin nada; pero, al mirarlos, los veía también vacíos. Dirigió la vista por el escritorio, la estantería, los carteles de la pared, la silla con la ropa, el armario, el suelo con algún juguete despistado y aventurero; y vio que, en realidad, no había nada de esas cosas.
Sintió
frío en la habitación —sin saber de veras si era la suya de verdad—, se levantó
de la cama donde dormía y se vio durmiendo en ella. El armario estaba abierto y
completamente vacío. Sus pies se enfriaban con los baldosines a pesar de que
deberían estar al abrigo de su alfombra. La lámpara del cuarto brillaba por su
ausencia y Germán respingó fugazmente contento con esta ocurrencia. Al
comprobar que su cuerpo yaciente en la cama no estaba, empalideció de súbito.
Quiso luego ver el resto de la casa y pasó por alto que la ventana estaba sin
la persiana y la calle no era realmente su calle.
Recorrió
la casa lentamente con cuidado de no tocar nada. Las puertas de las
habitaciones no estaban y la de la calle parecía cerrada por un cerrojo que ya
no existía. Un impulso histérico le hace, en vano, pedir auxilio mientras
fuerza agitado el picaporte. Éste no se mueve ni un ápice. Comenzó a oír el
susurro de un piano que su madre tocaba a menudo. Fue como una llamada para él.
Le hizo caso.
Cuando
llegó al salón, donde estaba el piano, dejó de oír la canción durante un
segundo. Al verlo vacío comenzó a oírla luego, que venía de la habitación de la
madre. Al igual que antes, no había ni piano ni madre. Después de algunos
intentos comenzó a jadear despacio, con los músculos contraídos y los puños
cerrados; aguantando el instinto que le rogaba llorar, chillar y desmoronarse.
Tras una dura lucha consigo mismo, decidió ignorar un tiempo la cancioncilla.
Se fijó entonces en la cocina y en los dos baños. Éstos últimos estaban como siempre, pero organizados de otra manera a la habitual e intercambiados el uno con el otro y el otro con el uno. Quiso lavarse la cara, pero no salía agua. Se percató también de que no tenía jabón. Miró en la bañera y no vio rastro de su esponja, su gel o del patito de goma de su hermanita. La cocina era lo más raro de todo. Le faltaban los electrodomésticos, pero estaban la encimera y el fregadero. Al no encontrar ningún vaso, bebió agua a morro. Le supo mal. Al cerrar el grifo, éste se atascó casi cuando ya estaba cerrado y un hilo de agua comenzó a llenar la pila. Miró en el interior y el desagüe no estaba.
El
frío de los pies continuaba y el golpe le dolía un poquito, aunque le gustó la
pecera. El vaivén del agua entre las rocas y el ondulante meneo del plástico
vegetal le hechizaron. De repente, todo su mundo era esa pecera. Lo demás se
diluyó hasta apagarse del todo. En su interior, la luz jugueteó con el agua y
engendraron al arco iris, que vivió felizmente entre que una muerte lenta lo
consumía. Al finar, dio paso a una lluvia de meteoritos que no caían, avanzaban
de izquierda a derecha. La perspectiva fue fijándose en el más grande. Éste
chocaba de vez en cuando con otros que pugnaban con él por el trofeo de ser y
estar. El muchacho miraba aquel milagro boquiabierto.
De
parpadeo en parpadeo, el material del meteoro cambiaba. Primero eran unas rocas
duras que, sin hacer ruido, chocaban entre sí fragmentándose. Luego se juntaban
unas con otras, pareciendo que algunas fueran de gelatina. Todas giraban sobre
sí mismas como en una bolera. Después parecía que ese microcosmos volvía a
cambiar. Una tonelada de agua golpeaba y socavaba un cúmulo de humo negro. Al
final, cada miligramo del caos resultante fue cambiando. Nuevas formas
concretas aparecían, como pasaba, a veces, con las nubes del cielo de su casa del
pueblo en aquellas apacibles tardes de verano.
La
luz y la sombra comienzan la eterna lucha en busca del equilibrio necesario
para ser definidas. La escena se abre y da paso a un punto de vista más lejano.
Nueva visión. Una gigantesca bola de fuego y energía sujeta esforzada todas las
bolas que había visto antes con sus poderosos brazos; en ocasiones,
larguísimos. Parece que está preparando la escena para soltar, de un momento a
otro, a todos sus contrincantes, como un lanzador de disco con miles de brazos.
Se muestra cada vez más fuerte y bien alimentado. Más grande y desproporcionado
con su entorno. Más confiado.
Cuando
sus ojos vuelven a enfocar una de las batallas más cruentas y cercanas al sol,
ya había una roca dominante. Sin embargo, dentro de la ganadora seguía la lucha
entre unos protagonistas y otros. Juntos por la acción de la luz y con un miedo
mutuo a la sombra. La escena seguía acercándose para ver de cerca la batalla de
ese lado y unas capas finas envolvían otras, más y más densas cada vez.
En
el interior de ese mundo, la refriega era más letal todavía que en la
periferia. Los restos de materia saltaban y se despedazaban por doquier enterrando
en vida la contienda. El gigante que sujeta la escena con su luz se encapricha
de su vástago y fija su atención en él. Cada segundo parece todo más y más
inestable. «No tardará en reventar»,
pensó Germán, casi deseándolo.
Para
que no sucediera lo que el niño se temía, el de los ojos brillantes concentra
su energía y ordena al agua que rodee y proteja todo lo que está bajo su
jurisdicción. La tarea se cumplió de inmediato, haciendo a Germán acordarse de
los abrazos de sus padres. Durante un no tan pequeño lapso de tiempo, el
equilibrio parecía asegurado. El niño miraba tranquilo la aparente armonía que
el director de orquesta había logrado y éste se mostraba orgulloso.
No
sé si fue un despiste o no, pero de las sombras salió un contendiente directo a
la tierra que el agua abrazaba. ¡El
choque fue brutal! El interior y el exterior se volvieron a fundir. El
agresor fue herido y perdió parte de su ser, que salió disparado. Tras mucho
pelear, el intruso fue aceptado dentro del mundo y las aguas volvieron a su
cauce. En un consenso entre los afectados atraparon los restos que el objeto
extraterrestre había perdido con la luz interior, que ya latía en las entrañas
de Gea. Creando así, con la fusión de los restos de la refriega, un guerrero
que vigilaría los movimientos de su exterior y velaría por la favorita del
creador; que miraba con afecto cómo su niña podía, sola, tomar sus propias
decisiones. Igual que le decía a él mismo Rita, que era el nombre de su mamá. Sintió
paz, mucha paz en ese instante.
La
cabeza de Germán grabó una música que nunca sonó ni supo reproducir, pero que
le acompañó de por vida. Sin embargo, había notas disonantes, no era perfecta.
Era una calma rodeada por fuerzas más ancestrales que el sol, sus progenitores.
Por desgracia, la imagen no tenía más aumentos.
Volvieron
los focos hacia el baile entre dama y guerrero. La atracción era perfecta. Se
estaban enamorando. Siempre enfrentados. Siempre atractivos. El abuelo del
guerrero aprobó su relación. Ella se mostraba cada vez más bella y fértil. La
pareja tenía cosas que decir, pero no sabían cómo. Sus hijos hablarían por
ellos. Una atmósfera de magia se tejió de pronto para proteger las nuevas vidas
que esperaban. Los hijos tenían la capacidad de mutar y fueron adaptándose cada
vez mejor a su mundo. Así, hasta que un niño soñara con un universo extraño y artificial.
Así, hasta que ese niño creció, años más tarde, y se hizo adulto.
Germán
se despertó cubierto de una película de sudor frío que le acrecentaba un miedo
irracional que, sin embargo, entendía bien. Tenía miedo, sí, pero no le tenía
miedo al Miedo. Esta vez no gritó. No llamó a su mamá. No miró por la
ventana... ¡Ya tenía 11! Comprendió
que su miedo era eso, suyo. Se sentó en la cama, cerró los ojos un segundo mientras
cruzaba las piernas, relajó sobre éstas los brazos y miró, como hacía cada día,
su pecera. La música de su mundo interior seguía en su mente. Sus dolores y sus
inquietantes sensaciones, no.
Pasó,
sin avisar, una mosca entrometida y Germán la cogió al vuelo con su mano
derecha sin cerrar el puño del todo, giró poco a poco la muñeca y extendió la
palma de su mano. La mosca descansó unos segundos y siguió su camino saliendo
por la ventana, que tenía una rendija abierta, hacia la calle. Comenzaba un
nuevo día.
Al
rato, vio la caja donde guardaba los animales de su zoológico y les asignó
cualidades y defectos a todos ellos. Primero los dividió en dos grandes grupos
con subdivisiones en ambos bandos. Luego juntó parte de esas subdivisiones que
se escindían de cada grupo y las unió en un tercero en discordia…
¡Es curioso el poder de un niño jugando! Germán ya no era un niño, era Dios, era el sol de sus juguetes, su director. Las cualidades de todos ellos actuaban poco a poco sin la voluntad del niño. Su juego, visto desde fuera, seguía un guión ya preestablecido. No faltaban las guerras entre los grupos; aunque, por encima de ellas, lo que realmente reinaba era la política, la comunicación a través del cerebro de Germán. La armonía de la habitación con su juego era sutil, cándida..., brillante.
El
fuego encajaba perfectamente en cualquiera de las manos del domador. Ahora sí
era el animal más poderoso de todos. El único que tenía en la mano lo mismo que
Germán en su cerebro, su madre en el corazón, la tierra en su seno y el sol en
su ser. La fuerza de todos estos elementos es la misma. La que hace que todo
sea parte del todo. La atracción, la unión, la armonía del Amor, en fin, cosas
que un niño sí entiende cuando juega, aunque no sepa que lo hace.
Veinte años más tarde, Germán no se acordará con detalle de sus sueños, pero siguió con esa misma filosofía que cuando jugaba a los once años de edad. Trató toda la vida de mostrar aquello que había sentido. Se dedicó profesionalmente a pintar cuadros abstractos basados en su pecera particular, en aquella música y en los albores de su universo particular.



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