Mostrando entradas con la etiqueta lengua. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lengua. Mostrar todas las entradas

Categorías gramaticales

 ¿Cuántos tipos de palabras hay?

    En nuestro idioma hay nueve tipos de palabras. ¿O eran ocho? Efectivamente. Podemos formar cualquier enunciado con estos nueve tipos de palabras (categorías gramaticales), aunque algunos prefieren ver el paradigma como ocho tipos de palabras más una libre e independiente a la que llamamos interjección. Si dejamos las interjecciones aparte (luego hablaremos de ellas), ya tenemos esas ocho categorías. Es el momento de reflexionar un poco sobre cada una de ellas y ver cómo se relacionan. Para pormenorizar sobre cada una os recomiendo visitar los artículos correspondientes.

    El primero del que hablaré es el sustantivo (o nombre). Con él, se construye el mundo, se nombra, se materializa, se etiqueta. Lo malo es que resulta una realidad inmóvil, pobre y sin relacionar. Para dar vida, matices y demás a los nombres de todo lo que hay (real o no) necesitamos a los adjetivos (para describirlos) y a los determinantes (para ubicar exactamente a qué me refiero en cada momento). Además, para no repetir demasiado las mismas palabras una y otra vez en cada frase, tenemos a los sustitutos de los nombres, que son los pronombres.

    Si te das cuenta, ya estamos en la mitad. Ahora es el turno de los verbos, que son los que moverán esa realidad nombrada por los sustantivos. Estos primeros cinco tipos de palabras son variables, pues sus formas pueden flexionarse para adaptarse a una realidad que puede cambiar de género, número, persona y otras cosas. Algo esencial, en especial, para los verbos.

    El trabajo de los verbos es titánico, por lo que van a necesitar ayuda de un tipo de palabra que no necesitará cambiar de forma (invariable) para completar la información que quieran aportar. Sí, son los adverbios. En este punto, solo nos quedan dos tipos de palabras (con permiso de las interjecciones) para poder articular cualquier oración o texto en nuestras gargantas. En los dos casos, su trabajo es muy particular, poder unir y relacionar al resto de palabras y oraciones. Son, de alguna forma, el pegamento que cohesiona lo demás. Igual que los adverbios, estas categorías son invariables.

    En el caso de las preposiciones, forman un grupo cerrado que sirve para relacionar un grupo de palabras con una palabra (o grupo) anterior, de la que dependerá (estará al servicio de). Las conjunciones, por su parte, unen o relacionan fragmentos iguales (palabras con palabras, grupos con grupos, oraciones con oraciones).


    Lo prometido es deuda, por lo que toca hablar de las interjecciones. Lo primero es saber por qué se quedan, a veces, fuera de la lista de tipos de palabras. La respuesta a esto puede ser algo controvertida, pero lo esencial del argumento se entenderá sin problema. Si lo piensas bien, las interjecciones son palabras invariables; así que, ¿qué es lo que las hace tan especiales? Son especiales porque no se relacionan con el resto, no forman parte de la sintaxis de la oración y su significado no es fijo. Es el contexto el que da sentido a las interjecciones. 

    Sirven para expresar sentimientos o impresiones y, en algunos casos, son onomatopéyicas, es decir, que simulan o recrean un ruido natural, artificial, etc. Se clasifican en dos grupos, pues hay palabras que siempre son interjecciones (propias) y otras que pueden o no serlo en función del contexto o el uso dentro de la oración (impropias). Si escribo algunas aquí, seguro que sabes distinguir, del tirón, cuáles son de un tipo y cuáles son del otro. Veamos: ¡zas!, ¡oh!, ¡pum!, ¡cielos!, ¡toma!, ¡vaya!...

    Igual que pasa con verbos, preposiciones y conjunciones; las interjecciones pueden formar grupos de dos o más palabras que funcionan, a todos los efectos, como las interjecciones de una sola palabra. Es el caso de las locuciones interjectivas.

    Lo que más me gusta de algunas interjecciones es lo parecidas que son a los ruidos de animales u objetos. Lo directo de su valor, de su sentido. Parecen, casi, fuera de la lengua racional; aunque no lo estén.

    Como habéis visto, las palabras no van sueltas (la mayoría). Lo que hacen es juntarse para formar entidades mayores que llamamos grupos o sintagmas. De la misma forma, los grupos se vuelven a relacionar para formar oraciones completas. Este sistema es el que logra un sinfín de posibilidades. En español, las palabras se juntan de cinco formas posibles (cinco sintagmas). Son: el nominal, el adjetival, el adverbial, el verbal, y el preposicional. Los veremos, a su debido tiempo, en otros artículos del blog.

Determinantes y pronombres

    Determinantes, pronombres, adjetivos determinativos, determinativos,  cuantificadores… Son muchas las formas de estudiar, comprender o encarar estos tipos de palabras, estas listas de acompañantes o sustitutos de los sustantivos tan útiles y versátiles; así que dejaremos estas cuestiones al margen para debates y argumentaciones académicas. Aquí utilizaré las etiquetas que mejor engloban los conjuntos completos, que más se han utilizado y que más aceptación general siguen teniendo. No estoy despreciando el resto ni nada parecido. Es una cuestión práctica, nada más. 

    Tras esta primera aclaración, ya puedo comentar un poco qué son y para qué sirven estos dos tipos de palabras. Determinantes y pronombres. Los dos, juntos, son responsables de que la lengua mantenga algunas de las características que la hacen ágil, práctica, recurrente, económica y eficaz. Sin ellos, nuestras oraciones serían mucho más largas, tediosas y difíciles de seguir. Ese es su papel en esta historia que llamamos lenguaje.


    Ambos grupos están dentro del mundo nominal. Son creaciones, inventos que van a hacer referencia o se van a relacionar con el sustantivo. En el caso de los determinantes van a acompañarlos, a escudarlos. Siempre delante de ellos, siempre matizando (determinando) la situación o la referencia real de un objeto concreto etiquetado bajo el amparo de un sustantivo desde la perspectiva, también concreta, del hablante. Sirven, pues, para concretar una realidad específica. Hay siete tipos de determinantes.

    Probaré lo que acabo de decir con todos ellos. Pensemos en el sustantivo mesa. No puedo decir *mesa es grande porque el sustantivo necesita ubicarse en el espacio-tiempo concreto del hablante. Por eso decimos que la frase anterior resulta agramatical. Para solucionar esto, la lengua utilizará determinantes. La mesa, esta mesa, mi mesa, cinco mesas, algunas mesas, qué mesa, cuya mesa… También es interesante que puedes encontrarte con dos determinantes juntos (siempre delante, los dos, del sustantivo): todas las mesas.  

    De esta forma, y con un contexto específico, el grupo nominal ya está completo y hablante/oyente pueden entenderse con facilidad. Nótese que el determinante siempre estará delante del sustantivo. Solo en esa posición funcionará como tal. Es así como diferenciarás algunos adjetivos (los adjetivos determinativos) de los determinantes, por la posición en el grupo nominal. Es la diferencia entre esta mesa es grande y la mesa esta es grande. En el primer caso, va delante y determina a qué mesa se refiere el hablante. En el segundo equivale a un adjetivo. Fíjate que puedes decir la mesa roja es grande.

    Los tipos de determinantes, como hemos visto en los ejemplos, son: artículos, demostrativos, posesivos, numerales, indefinidos, relativos y exclamativos/interrogativos. No te voy a aburrir ahora explicando y repasando cada tipo. Eso lo mostraré en otra entrada. Lo que sí haré es hablar de la otra clase de palabra que nos ocupa, extremadamente relacionada con determinantes y sustantivos; pues, en muchos casos, sus representantes tienen la forma de los determinantes y son los sustitutos oficiales de los sustantivos. Eso es. Llega el turno de los pronombres.


    Igual que los otros, los pronombres no significan (en el sentido semántico) nada. Son simples formas de evitar repeticiones o apariciones innecesarias. De hecho, son morfemas independientes con significado gramatical capacitados para hacer referencia a realidades ya citadas (deíctico anafórico) o que vas a citar más adelante (deíctico catafórico).

    Son los mismos tipos que los determinantes en seis de las siete opciones (demostrativos, posesivos, numerales, indefinidos, relativos y exclamativos/interrogativos). En el caso de los pronombres, el séptimo tipo es el que engloba a los pronombres personales (no hay artículos entre los pronombres). Igual que con los otros, hablaremos de cada uno de ellos en otra entrada.

    Las formas de los pronombres personales existen porque deben poder representar a las seis personas gramaticales (de ahí su nombre) en situaciones (o papeles) deferentes. En efecto, cambian para acomodarse a su función en la oración, existiendo formas de las seis personas para funciones como sujeto, complemento directo, complemento indirecto o término de un SP (sintagma preposicional). Además, encontraremos diferencias de uso en función de en qué lugar del mundo o en qué situación social estemos hablando español.

    Por último, hay que añadir, para comprender bien estos dos tipos de palabras, que forman listas cerradas de palabras variables (género y número). Como conclusión, la mejor reflexión sobre este tema es que los determinantes y los pronombres son las palabras que hacen que la lengua sea flexible, recurrente, ligera, versátil y práctica. Hacen manejable esa realidad que nos formamos con los sustantivos. Gracias a ellos, podemos elegir bien de qué se está hablando en cada caso. Con los mil matices y posibilidades que existen.

Adverbios

     El adverbio es un tipo de palabra que busca modificar o matizar el significado de otras. Son el apoyo perfecto para que la comunicación responda a posibles preguntas que, de otra forma, pudieran quedar sin resolver. Son palabras invariables que aportarán mucha información adicional del verbo o la frase completa (de ahí su nombre, que, etimológicamente, significa junto al verbo, junto a la palabra). Además, también pueden modificar la intensidad o el valor de adjetivos y otros adverbios. 

   ¿Por qué son invariables? Porque no necesitan precisar género o número (ni ninguna otra información gramatical). La información que aportan no requiere de ese mecanismo, es global. Por el contrario, algunos sí admiten matices apreciativos o de grado. Muchos adverbios son “primos” de los adjetivos (se han formado a partir de ellos). Un ejemplo típico es el caso del gran sufijo formador de adverbios, el sufijo -mente (de manera…), que construye adverbios desde la forma femenina singular de adjetivos (buena > buenamente).

    Por estas razones, si quieres distinguir un adverbio de un adjetivo, lo que debes pensar (además de su rol o función en la oración) es si es una palabra variable o invariable.

    Los adverbios son amigos íntimos de verbos, adjetivos y de otros adverbios; aunque también se llevan bien con el conjunto completo de la oración (o del texto). Además, son muy suyos, pues no se relacionan con el resto de tipos de palabras. Con adjetivos (y con ellos mismos) forman grupos (también los llamamos sintagmas) y se ponen al servicio del jefe del grupo (núcleo del sintagma) para intensificar o modificar su significado. Así se comunican con adjetivos y otros adverbios. Esa es la diferencia de ser alto, o muy alto; por ejemplo.


    Con todo, su trabajo más loado es la información que nos aporta del verbo (algo que también hace con toda la oración cuando se considera complemento o modificador oracional o textual). Veremos ahora qué información nos pueden dar los adverbios sobre el verbo. Aviso. Es mucha y variada, así de importante es su papel. Nos indicarán lugar, tiempo, modo, cantidad, duda, deseo, afirmación o negación. Además, hay otros dos tipos que funcionan como partículas relativas o exclamativas/interrogativas y que explicaremos en otra entrada relacionada con sintaxis (eso sí, pensad que parte de la función de estas partículas es, de nuevo, dar información sobre lugar, tiempo o modo).

    Vamos a ver la información con ejemplos. Piensa en un verbo como estudiar y construye una frase: yo estudio historia. Con eso ya valdría. La oración tiene sentido y la información es suficiente en muchos casos. Con todo, se pueden dar más datos al respecto. Puedes decir: estudio historia aquí, ahora, así (lugar, tiempo, modo); no (negación) estudio historia, ojalá (deseo) estudie historia, también (afirmación) estudio historia… Además, puedes preguntar: ¿dónde (interrogativo) estudio historia? Y responder: estudio historia donde (relativo) sea necesario.

    Igual que otros tipos de palabra, los adverbios pueden no ser una sola palabra, es decir, pueden formar grupos cerrados de dos o más palabras cuya función (y significado) sea el mismo que el de un adverbio solo. Se conocen como locuciones adverbiales. Los ejemplos son muchísimos, pero lo importante es recordar y saber sustituir esas combinaciones de palabras por un ejemplo simple y conocido. Ejemplos: a lo mejor, a veces, de todos modos, por las buenas…  

    Conclusión: los adverbios aportan información adicional y circunstancial que puede resultar valiosa para un buen entendimiento, para una buena comunicación. Son, por así decir, la guinda del pastel.

La Comunicación

     Mientras escribo esta entrada, suenan campanas de una iglesia a lo lejos. También oigo coches pasar y, de cuando en cuando, el sonido del viento o palabras sueltas de gente que pasea por ahí. Si me paro a escuchar, espero un rato o me asomo a la ventana, oiré más cosas, casi seguro. No se puede descartar que un niño se ponga a llorar o que pase la policía con su sirena activada.

   Puede resultar obvio, pero todos esos ejemplos que hemos visto nos aportan cierta información. Esa información nos llega a nosotros por el aire y nos empuja a actuar de una u otra manera. Igual estamos concentrados en otra cosa y nos molesta ese ruido descrito, pero también puede estar dándonos el aviso adecuado. Puede que cerremos la ventana y pasemos de esa actividad de un domingo por la mañana, aunque no por eso deja de existir toda esa información. Si estuvieras paseando por la calle, lo anteriormente descrito te resultaría más útil, aunque discriminarías algunas señales y notarías más otras. Eso depende de qué datos te interesen a ti, del momento, etc. Imagina estar en plena naturaleza —en la selva, por ejemplo—. Ahí sí deberías estar atento a cada ruido percibido. Posiblemente eso te mantenga con vida.


    En esencia, esta es la base de la comunicación. El intercambio de información entre sujetos de un mismo entorno. La naturaleza se comunica, la ciudad se comunica, los animales se comunican, los objetos, las personas… Todo comunica. El problema es que no podemos atender al mismo tiempo todas las posibles comunicaciones o no sabemos todos los códigos necesarios para entenderlas. Muchas de las ciencias o disciplinas que estudiamos son tan exclusivas precisamente por eso, porque forman un sistema de comunicación (un lenguaje) que necesitas dominar para entrar en ellas. Piensa en la música, los idiomas, las matemáticas, etc. Lo cierto es que las formas posibles de comunicación (secretas o no) son numerosísimas.

   Sí, es verdad. No toda la comunicación es igual. En general, hay una comunicación que debemos estudiar con más detalle (en cualquiera de sus formas). Sí, es esa. La comunicación humana. Donde el intercambio de información se da de forma intencionada y los participantes (emisor y receptor) utilizan un código común. Para estudiar la comunicación humana hay que hablar de los elementos de la comunicación, que forman un conjunto cerrado entre ellos (todos son imprescindibles) para el acto comunicativo en sí. En un contexto determinado, un emisor crea y emite un mensaje mediante un código (proceso de codificación) que se transmite por un canal para que el receptor lo reciba y lo decodifique.

  Dentro de este esquema, vemos que los papeles de emisor y receptor pueden intercambiarse y continuar la comunicación. También vemos que el código debe ser comprendido por ambas partes para que se dé el acto comunicativo o que el canal puede condicionar la forma del mensaje. Pensemos en el lenguaje oral frente al escrito o en un español monolingüe hablando con un inglés monolingüe.


    El contexto externo que rodea el acto comunicativo es algo que cuesta entender un poco más, pero que resulta esencial para que las comunicaciones sean fructíferas y se comprenda el mensaje, pues puede modificarlo. Al final, hay que asimilar que todo en el mundo se da siempre dentro de un entorno o contexto determinado. No podemos estudiar a los animales sin estudiar su hábitat y no podemos entender cómo se siente un amigo sin conocer sus circunstancias.

   Este sistema responde de forma clara a la comunicación lingüística, aunque sirve para otras formas de comunicación y comenzó su andadura con la vista puesta en sistemas y medios de comunicación. Por esa razón, nos sirve bien para hacernos una idea global del tema. Es simple, completo y elegante. Una buena base si tienes que profundizar en cualquier proceso o sistema de comunicación.

   Hay otro elemento que no he mencionado. El reverso, el lado oscuro del asunto. Algo que demuestra que la comunicación (la que sea) se produce en un entorno concreto, con las variables controlables y no controlables que tal circunstancia provoca. Hablo, cómo no, del ruido en la comunicación. Sí, de esos elementos perturbadores que impiden o dificultan la comprensión de los mensajes. ¿Qué entendemos, en este caso, por ruido? Piensa en el ruido que ya conoces y añade otros problemas como un papel incompleto en un escrito, falta de cobertura al hablar por el móvil, un tono muy bajo de tu interlocutor. Todo eso es ruido.

    Contra el ruido hay cosas que podemos hacer. Ventajas de la comunicación humana. Podemos, cómo no, repetir la emisión; pero también preguntar, chequear qué es lo que no funciona o modificar el contexto que nos envuelve. Además, la lengua tiene otro remedio que sirve para combatir el ruido y para reforzar las partes esenciales del mensaje. Me refiero a la redundancia. Es algo que está presente en el código (en el español, por ejemplo) y que se basa en la repetición que ya hemos visto. Son redundantes los pronombres y otros elementos deícticos, pero también el uso del plural o la concordancia sujeto/verbo.

    Dentro de la comunicación humana, debemos pensar en dos grandes grupos: la comunicación verbal y la no verbal. Es esta segunda (la no verbal) la que más se parece a la de la naturaleza, animales, objetos, etc.; pues forma parte de esa información constante e involuntaria (o casi) de la que hablábamos al comienzo del presente artículo. Gestos, miradas, entonaciones, posturas… Todo eso comunica igual (o más) que las más bellas palabras. Piensa en la risa, el llanto o en una cara de susto. Tan importante es la comunicación no verbal que su estudio se divide en disciplinas diferentes (la cinésica, la proxémica, la cronémica o la paralingüística).

    Para finalizar esta pequeña reflexión, pensemos en los códigos que no conocemos, en esos sistemas pensados para burlar a ciertos receptores y pasar información. Códigos secretos, sistemas encriptados, lenguajes inventados, signos puntuales para comunicar con discreción… Estas cosas abren la puerta a otros temas variados e interesantes, pero serán ya parte de futuros artículos, igual que algunos datos específicos de la lingüística como el signo, el lenguaje o sus funciones.

Verbo

     Es la categoría gramatical más importante. De hecho, la palabra deriva del latín, donde significaba palabra (de ahí, palabras actuales como verborrea o verbal). El verbo expresa la acción, el proceso o el estado de las cosas. Es el tipo de palabra que más información nos dará. Hasta tal punto, que se pueden hacer oraciones de una sola palabra, pero no se pueden hacer oraciones sin un verbo.         Efectivamente. Un verbo solo se basta para formar una oración y pasar un mensaje efectivo y completo. ¿Por qué sucede esto? Porque los verbos guardan dentro de su ser mucha información gramatical (más allá de su significado, de la información semántica). Las formas verbales nos cuentan, además del significado del verbo en cuestión, la persona que lleva a cabo la acción, proceso o estado; si lo hace uno o lo hacen varios, es decir, el número; el tiempo; el modo; el aspecto; la voz… 

    Es cierto que en la escuela nos cuesta aprender todo esto porque hay muchas palabras técnicas y mucha información relacionada; así que vamos a intentar explicarlo de forma breve y sencilla para centrarnos en entenderlo bien.

 

   Lo primero que tenemos que pensar es en el trabajo de los verbos. Ellos mueven la realidad, le dan vida. No es poca cosa. Sin los verbos, el lenguaje reflejaría una realidad estática y yerma. Son los que hacen que los sustantivos se muevan y actúen por el mundo. Así de simple y de complejo al mismo tiempo. Dar esa información es difícil, sin embargo, los verbos han evolucionado en nuestra lengua para poder hacerlo en todos los planos imaginables. Por eso resultan, para muchos, tediosos y complejos, por las muchas posibilidades que existen. Lo que debemos pensar es que esas posibilidades reflejan un infinito de opciones.

  ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo se las apañan para mover el mundo en todos los planos (reales o imaginarios) de existencia? Esto sucede porque nuestro idioma lleva mucho tiempo en esto (y proviene de otro idioma igual de sabio, el latín) y se las sabe todas. Lo logra gracias a lo que conocemos como accidentes gramaticales, que son esas partículas que se añaden a la base del verbo (raíz, lexema) para aportar esa información de la que estamos hablando. En morfología se conocen como morfemas flexivos (de flexión) o derivativos (de derivar).

    Son cuatro accidentes gramaticales. El primero es una vocal residual que queda entre la base y el resto de morfemas que nos indica a qué modelo de las conjugaciones se adscribe ese verbo (sea regular o no). Sí, en la clase de lengua la llaman vocal temática (la vocal que nos informa del tema del verbo). No siempre la verás clara, pues el sistema verbal se ha acomodado a nuestra forma de hablar y a veces se sincretiza con otras partes de la palabra. Es normal, un mecanismo habitual en lingüística, una norma básica de la lengua. El siguiente accidente es la marca que nos indicará la persona y el número de esa forma verbal (tres personas para dos opciones de número hacen un total de seis posibilidades). Ya hemos hablado un poco de ellos, así que no diremos mucho más. Piensa en esas seis formas que estudias en cada tiempo verbal (casi siempre).

    El tercer accidente se suele llamar morfema TAM, que significa que nos indica el tiempo, el aspecto y el modo del verbo. Tres informaciones esenciales y muy relacionadas. Juntas, se encargan de poner la acción en la cadena temporal (pasado, presente y futuro), de decir si esa acción está o no terminada, y de informar sobre si esa acción entra dentro de lo real, lo imaginario, lo condicional, lo deseado, lo ordenado, etc. 

    Todo esto se logra con tres opciones de modo (indicativo, subjuntivo e imperativo, dos opciones de aspecto (perfectivo o imperfectivo, es decir, acabado o no), y unos diecisiete tiempos verbales repartidos en los tres modos (diez para el indicativo que indica la realidad; seis para el subjuntivo que nos hablará de opciones, deseos, posibilidades…; y uno para gobernarlos a todos. Espera, no. Eso era otra cosa. Uno para indicar el modo imperativo, es decir, indicar que el hablante quiere imponer, exhortar o mandar algo al oyente. 

    El último accidente es la voz, que diferencia entre las acciones que realiza el sujeto (activa) y las que no (pasiva). Esto (y más, como el conjunto de tiempos verbales y sus usos) lo veremos en otra entrada del blog.

    Esta información formará la conjugación verbal, que es el conjunto ordenado de las formas que puede presentar un verbo. Hay verbos que muestran una conjugación completa y regular (siempre igual), pero hay otros que no (verbos irregulares y defectivos). Además, hay que ver que hay formas personales (las que hemos visto) y formas no personales, que aportan menos información gramatical.

    Nuestro sistema verbal, como vemos, es tremendamente rico y complejo. Es verdad. Mas, con todo, no es suficiente para expresar las infinitas posibilidades que existen, por lo que necesita una pequeña ayuda. Esa ayuda es la que ofrecen las perífrasis y locuciones verbales. ¡Ojo!, que son dos palabras con el mismo apellido, pero no son la misma cosa. Las perífrasis son construcciones de más de un verbo que insisten en el aspecto verbal (perífrasis aspectuales, es decir, duración en el tiempo) o en el modal (modales: indican deseo, obligación, posibilidad, necesidad…). Ejemplos: acabar de cenar, deber venir, deber de costar, estar a punto de, comenzó a nadar…

    Por su parte, las locuciones verbales son agrupaciones de palabras con un sentido unitario (hay algunos tipos de palabras con locuciones, es decir, varios tipos de locuciones). En el caso de los verbos, están lexicalizadas (siempre son iguales). Ejemplos: dar la cara, echar de menos, sacar de quicio, etc.

 

   Conclusión: los verbos son la manifestación perfecta para la comunicación humana porque mueven esa realidad que hemos nombrado con los sustantivos de formas complejas que simulan un infinito de opciones posibles. Por eso son un poco cansados de estudiar y por eso es importante usarlos bien, porque el mar de matices y la exactitud que pueden alcanzar se pierde al utilizarlos sin conocimiento. Sin duda, un tema (el de los verbos) que merece la pena estudiar si se quiere tener un buen autoconocimiento y una mínima precisión al hablar y entender el mundo o nuestro propio pensamiento.

Adjetivos

 ¡Será por adjetivos!

    No sé (o sí) si de manera fundada o no, pero todos opinamos constantemente sobre todo. Es algo inevitable e inherente al ser humano. Vemos algo, y opinamos; oímos aquello, y opinamos; probamos, y opinamos… Es normal. Es lógico. Ayuda a valorar peligros, oportunidades, gustos, etc. Es, visto desde otro ángulo, una extensión de nuestras ganas de comprender y distinguir objetos, ideas, hechos, etc. Ganas que se visualizan muy bien en la base de ese apetito cognitivo que desemboca en opiniones, la descripción.

    Como queremos reconocer y comprender esa realidad sustancial (los sustantivos), la llenamos de adjetivos que la distingan de otras realidades diferentes. Pongamos un ejemplo típico: el sustantivo mesa. Puede ser de mil formas, tamaños, colores…, por lo que podemos llenarla con adjetivos para entenderla mejor, diferenciarla (o distinguirla y preferirla, vuelven gustos y opiniones), personalizarla o etiquetarla. Esto, en esencia, es describir; y de esta acción nace la opinión y los gustos de la gente.

    Para entender (o enseñar) bien los adjetivos puedes hacer un simple juego en clase: piensa en el sustantivo mesa y en adjetivos que puedan usarse para describirla, haz muchos papelitos, repártelos entre los compañeros, escribid un adjetivo en cada uno de ellos y ve poniéndolos encima de una mesa vacía mientras los leéis en voz alta.

    En una clase de lengua habitual estudiarás los adjetivos atendiendo a diversas partes desde una definición del tipo: categoría gramatical variable que expresa cualidades sobre el sustantivo, con el concuerda en género y número. Por lo tanto, desde una perspectiva morfológica, tendrás que saber el género y el número de los adjetivos; además de su grado (intensidad absoluta o relativa de ese adjetivo para con su sustantivo). Más adelante, verás la función sintáctica de los adjetivos dentro de la oración y observarás que siempre se relacionan con un sustantivo.

    Para expresar el grado de los adjetivos hay dos formas: la sintética (o morfológica) y la analítica (o sintáctica). La primera consiste en añadir morfemas derivativos a la base de la palabra (alto > altísimo). La segunda en aplicar fórmulas ya establecidas que relacionan realidades (más alto que, el más alto, etc.).

    Los grados del adjetivo responden a la intensidad con la que el adjetivo afecta a la realidad que describe. Piensa en dos adjetivos frecuentes como bonito y tonto. Un cuadro (sustantivo) puede ser bonito (grado positivo, sin marcar grado); más bonito que este (comparativo de superioridad), igual de bonito que ese (comparativo de igualdad), menos bonito que aquel (comparativo de inferioridad); muy bonito / precioso (superlativos absolutos, sin comparar con nada), o el más bonito del museo (superlativo relativo, es decir, dentro de un grupo mayor).

    Lo mismo pasa con el resto de adjetivos. Se puede ser tonto, más tonto que otro (o igual de tontos, o menos), tontísimo, o el más tonto de todos. Esto funciona igual siempre, pero hay adjetivos que conservan formas latinas, por lo que expresan su grado de forma especial. Es el caso de bueno, malo, alto, bajo, grande y pequeño.

    El trabajo de los adjetivos es acompañar y contar cosas de los sustantivos. En este sentido, según la forma que tengan de modificarlos, distinguimos entre especificativos (identifican un objeto entre otros de su clase) y explicativos, que señalan una característica que no permite distinguirlo de otros sustantivos de su clase. En el ejemplo el bonito coche rojo tenemos dos adjetivos aportando información sobre el coche. El primero (bonito) resulta una opinión subjetiva y va delante del sustantivo (no tiene por qué ir en esa posición); el segundo, en cambio, va detrás y parece que describe el color del coche de forma objetiva. En los dos casos estoy describiendo un objeto, pero hay adjetivos que tienen que ver más con una opinión abiertamente subjetiva.

Un caso especial de adjetivos explicativos muy usado en literatura es el epíteto, que es un adjetivo que describe una cualidad que ya sabemos por la mera definición del sustantivo, es decir, que es innecesaria y redundante. Se usa, precisamente, para dar énfasis y valor a esa cualidad. Me refiero a usos como fuego abrasador o profundo abismo.

Otra forma de diferenciar unos adjetivos de otros es atender al valor semántico, que quiere decir que valoraremos el tipo de significado de los adjetivos. Si expresan una cualidad del sustantivo (lo más común), hablamos de calificativos (de calificar). Los de relación o pertenencia indicarán eso, que guarda relación, o concierne a, algo (suelen ser adjetivos que se forman desde sustantivos). Es el caso de musical, nacional, normativo (de música, nación o norma). Otro tipo serían los gentilicios, que nos informan del origen o la procedencia (español, colombiano, marroquí, burgalés…).

Una vez se comprende que es un tipo de palabra que depende y se relaciona con sustantivos (puede, en ocasiones, hasta convertirse en sustantivo; pero ya hablaremos de eso en otra ocasión) es fácil pensar en ellos como un instrumento descriptivo y subjetivo (aunque algunos sean más objetivos en apariencia) que nos ayuda a diferenciar realidades específicas y describirlas, así como a formarnos una opinión de nuestro entorno.

Conclusión: los adjetivos son la forma de describir la realidad, que es sustantiva; pero no son la realidad en sí misma (o, más acertadamente, no la representan). Ayudan a precisar, pero desde una perspectiva particular y subjetiva; por lo que no deberías confiarte demasiado con ellos…

Sustantivos

¿Son fiables los sustantivos?

  En la escuela aprendemos que los sustantivos (nombres) son, desde un punto de vista semántico, palabras que designan personas, animales, objetos o conceptos. Además, nos los muestran clasificados según la realidad que refieren. También estudiamos que según el prisma morfológico son palabras variables en género y número (con las distintas variedades y excepciones que pueda haber). Por último, atendemos al valor sintáctico del sustantivo en la oración.

    Por otro lado, en función del nivel educativo en el que te encuentres, verás etimología, formación de palabras, mecanismos para crear nuevas palabras, formas para hacer que otros tipos de palabras se comporten como sustantivos, etc. Tampoco se puede obviar que puedes estudiar el asunto desde un punto de vista, por ejemplo, filosófico y comenzar con Parménides a comprender el mundo.

    Pero, ¿qué significa esto? ¿Para qué sirve en el fondo?

 
   La verdad del asunto puede no gustar a muchos. Yo creo que hay dos respuestas igual de válidas. La primera es más cruda, pero también más corta. No sirve para casi nada. Al menos, tal y como lo aprendemos, pues lo aprendemos sin saber para qué debemos aprenderlo, o para qué es útil saber esas cosas. 

    La segunda respuesta, aunque obvia, es contraria. Sirve para todo. Es algo esencial. Fíjate en lo que tienes delante. Fíjate en los objetos de la habitación, o en lo que veas por la calle. Fíjate en tus amigos. Mírate al espejo. Observa tus manos, lo que comes, lo que bebes o lo que fumes. Piensa en lo que compras, lo que vendes o lo que robaste aquel día de fiesta con los amigos. Saca la cartera, vacía tus bolsillos y cuenta el dinero que llevas encima. Cacharrea en Internet y observa a tus amigos o a los amigos de tus amigos. Coge el metro, súbete en el coche…, haz (o piensa) lo que quieras. Una cosa está clara. Todo lo observado o rememorado es sustantivo.

    La realidad, pues, toda, es sustantiva. Si te agencias una etiquetadora puedes etiquetar todo lo que se te ocurra, hasta la misma etiquetadora o la etiqueta que acabas de utilizar (escribirás: etiqueta). En todos los casos, usarás sustantivos para nombrarlo todo. El resto de tipos de palabras sirven para mover, cambiar, matizar o relacionar a los sustantivos, que forman toda la realidad tangible e intangible que nos rodea.

    Dentro de los sustantivos tenemos varias clases, es decir, que los clasificamos en función de a qué realidad se refieren. De este modo podemos clasificar todo lo que es (incluyendo a los pensamientos, las abstracciones, emociones, etc.). De esta forma, si un sustantivo pertenece a una clase, no puede ser de otra (con todo, no siempre es fácil determinar a qué tipo de sustantivo adscribes esa palabra. Será interpretable, algo muy habitual al estudiar una lengua). Eso sí, recuerda que son excluyentes. Si un sustantivo entra dentro de los nombres propios, no puede estar también con los comunes. 


    Todos los sustantivos se clasifican en dos opciones. Serán, siempre, comunes o propios.

   Los nombres propios se refieren a entidades específicas y se escriben con la primera letra en mayúscula. Pueden seguir clasificándose según a qué realidad específica se refieran. Los de persona se llaman antropónimos (Eduardo, Sofía, María…); los de lugares, topónimos (Ebro, Tajo, Amazonas, Andes, Madrid…); los apellidos, patronímicos (García, Santamaría, Villa…); etc.

   Los comunes son todos los demás (personas, animales, cosas, ideas…). Dentro de ellos, distinguimos entre concretos y abstractos. Los concretos designan todo lo que existe y los abstractos todo lo que no lo hace de forma tangible (conceptos, ideas, pensamientos, etc.).

    Dentro de los concretos seguimos distinguiendo clases distintas. Hablo de individuales y colectivos. Los primeros se refieren a sustantivos individuales en singular, los colectivos a conjuntos o grupos (también cuando están en singular). Por ejemplo, una flota, una piara, una gatería, una clase, un profesorado, un pelotón, o un ejército son nombres colectivos porque se refieren a conjunto de barcos, cerdos, gatos, alumnos, deportistas o militares respectivamente.

    Por último, dentro de los sustantivos individuales (comunes, concretos, individuales) podemos distinguir entre contables o no-contables (incontables). Los contables aceptan un número (un gato, doce gatos); los otros, no (azúcar, agua, arena, aceite…).

    De esta sencilla forma ya podemos construir toda la realidad que nos rodea, sin importarnos si es visible, palpable, ficticia o no. Estamos, pues, preparados para construir, con oraciones, historias y curiosidades sobre todas las cosas, es decir, sobre todos los sustantivos.

    Otro tema es el concepto de sustantivación, que puede verse desde una perspectiva gramatical (un adjetivo o una oración se convierte en sustantivo) o filosófico-literaria (un sustantivo abstracto o adjetivo sustantivado adquiere cualidades de sustantivo concreto y material (palpable), es decir, sale del mundo de las ideas). Ahí entrarían también temas de literatura o recursos retóricos (por ejemplo), pero todo esto lo veremos, por ahí, en otras entradas de este blog.

    Conclusión: puedes fiarte de los sustantivos por encima del resto de palabras, pero recela algo más cuando sean abstractos o sustantivaciones.