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Sobre reinos, naciones e imperios

   Ahora el mundo se divide en países, estados y/o naciones políticas. Entero, sin excepción. Dentro de una lógica espacio-temporal, esto forma parte de la identidad de las personas, que se sienten, o no, como parte de ese país. Principalmente, si es un país medianamente soberano. Sin embargo, ¿qué es un país?

   Depende de qué país venga a tu mente, tendrás una u otra respuesta en la cabeza. Por ejemplo, si piensas en EEUU, tendrás una nación política compuesta de muchos Estados. En cambio, los países de Europa, son Estados-Nación, al menos, en lo referente a la nación política. En Rusia lo llamarán Sujetos federales, sean provincias (óblast en ruso) u otros; en distintos lugares hablarán de comunidades, regiones, estados federados, etc. Las opciones son muchísimas, pero la idea es siempre similar en cuanto a dar distintos grados de autonomía y competencias dentro de un marco común y soberano adscrito a un territorio o a varios.

   Por otro lado, hay realidades que sobrepasan el término país y se convierten, conciben o estudian como otra cosa. Sí, me refiero a los imperios que han sido, son y serán en el mundo; pero también a realidades supranacionales como las Organizaciones mundiales, continentales, estratégicas, etc.

   El concepto de imperio puede dar más de un quebradero de cabeza en función de a qué quieras referirte o a cómo quieras entenderlo, pues es un concepto que hemos terminando asociando a otro distinto que, por otra parte, también hemos dotado de más de un significado: colonialismo. Vemos que los términos país y estado pueden dar, del mismo modo, problemas de interpretación. Por ejemplo, pueden ser sinónimos o no; si asociamos Estado federado con región, provincia o comunidad. Sin embargo, si pensamos en el significado real de la palabra estado, se relaciona, principalmente, con la fuerza, es decir, con la soberanía o el poder.

   Con todo, el término más complicado es, sin duda, nación, pues puede referirse a varias cuestiones muy diferentes; así como utilizarse para pedir más autonomía en una zona específica de una región, país, etc. Lo primero, en mi opinión, es distinguir el concepto de nación política y cualquier otra denominación étnica, cultural, social, lingüística, etc.; pues el apellido política tiene que ver con leyes y constituciones, y no con procedencia, sentimientos…

   Sin embargo, ¿qué entendemos por nación? Esta palabra deriva de nacer. En general, significa procedencia. Sin pretender tampoco con esta palabra teorizar demasiado (eso se lo dejamos a los técnicos), intentemos entender bien el concepto para utilizarlo con más propiedad y saber a qué se refieren por ahí cuando lo usan sin el adjetivo política. Al final, veremos que nos podremos referir a lo que queramos de antemano.

   Lo primero por lo que sentimos todos un fuerte arraigo es por la familia y los ancestros. Sí, los parientes que nos preceden suelen causarnos un fuerte impacto. Es natural, son las raíces. Venimos de ahí, y suele ayudar saber de dónde vienes para saber por dónde quieres transitar. Esa gran familia será de alguna ciudad, o tal vez de algún pueblo al que vamos a menudo y en el que nos lo pasamos genial. Ahí tenemos lazos fuertes, ahí visitaremos a paisanos, primos, amigos y abuelos. Además, igual tienes casa en más de un pueblo, lo que hará que tengas más raíces todavía.

   Te puede pasar algo similar en el barrio en el que te criaste, que suele tirar más que la ciudad que lo alberga, pues es ahí donde pasas el tiempo y donde realmente te sientes en casa. Conoces a la persona que te vende el pan, a la que vende fruta y a la de los chuches, como decía aquel; cómo no sentirse bien y a salvo. Es ahí donde quedas con amigos, te enamoras por primera vez, etc. Igual que en aquella casa donde veraneabas el agosto y veías el mar, esa donde tus padres tenían tantos amigos y familiares, la que deseabas visitar y por la que soportabas horas de coche, carretera y mareos.

   También hay un hueco en tu corazón para tu colegio o instituto. El lugar en el que has pasado un tercio de la vida, donde has conocido a mucha gente y donde os juntasteis muchos de los que luego serán por muchos años los integrantes de tu pandilla de amigos. La gran familia de la adolescencia: loca, divertida, atrevida y con la que vuelves a encontrar tu voz; esa que parece que ya no funcionaba en tu casa. Vuelves a sentirte escuchado y, principalmente, comprendido. Eres alguien en un mundo complejo, en tu propio mundo.

   Sin lugar a dudas, estas cosas forman la nación de cualquier persona. Igual que la música que escuchas, tus aficiones o lo que lees y sientes. Ahí está la verdadera clave para sentirse parte de algo real. No ya algo impuesto, sino algo tangible: caras conocidas, lugares comunes y parientes. Esa es tu nacionalidad, muy por encima de banderas, ideologías o himnos. Es por lo que eres de ese equipo de fútbol o de aquella peña o sociedad.

   Estas cosas son las que tiran hacia las entrañas de uno. Por eso lo sentimos dentro, porque lo hemos tenido toda la vida. Es el motor que nos impulsa a adentrarnos sin remedio en la cultura y las costumbres sociales del entorno, sea en forma de barrio, de pueblo, de comarca, de ciudad o del terruño que uno prefiera. El problema es que nos hace vulnerables, aunque, al menos, es una fragilidad hermosa. Fiestas, comidas, bailes, bebidas, ritos, música, charangas y cabezudos son elementos conocidos, con múltiples formas y sutilezas, por cualquiera. Los has disfrutado con tu gente y forman parte de tu identidad. Hasta aquí todo es natural y enriquecedor; aunque, cómo no, los lobos llegarán, según su costumbre, y disfrazados, para dividirnos.

   Ahora ya no importa lo rico que disfrutamos con las pequeñas diferencias entre distintas gentes y lugares; ahora, de pronto, nos centramos en diferenciarnos. Ya no nos preocuparemos de pedir cuentas a los que mandan. Sin saber cómo, ahora parece que nos tiene que importar más lo que hacen en un lugar o en otro. Si conservan más idiomas que el común, o más dialectos, o lo que sea que tengan de multicultural y sabrosón. Ya no vemos los distintos colores de la caja de lápices. Solo nos fijamos en que con la punta de esos colorines nos podrían sacar los ojos.

   En resumen, vemos que tenemos dos corrientes enfrentadas y superpuestas que impiden diferenciar unas cosas de otras. Por un lado, tenemos la identidad de la gente y su arraigo familiar y social. Por otro, una dinámica de poder, ajena a las personas pero que necesita del pueblo para realizarse y materializarse, que entiende conceptos distintos. Si bien son ambas comprensibles y necesarias, no debemos confundirlas.

   Para entenderlo bien, recordaremos parte del pasado. Otrora, en la Edad Media europea, por ejemplo, el poder se centraba en nobles, es decir, en los dueños de la tierra y de la gente, los campesinos. Además, la figura del rey hacía fuerte esa nobleza local con el fin de tener reinos fuertes que compitieran con otros reinos. Si un reino crecía mucho y vencía a otros, se incorporaba territorio. De esta forma, algunos terminaron siendo imperios. Esto ha sido así desde siempre, en la Antigüedad y en la Edad Media. No tienes más que pensar en Roma, Egipto, Persia, China o España.

   Es verdad que este modelo tenía un problema evidente, pues los límites fronterizos no estaban definidos como en la actualidad, por países. Eran más endebles, más frágiles; pues no solo podían dividirse por guerras con el exterior o intestinas, también podían ser repartidos entre los hijos de los reyes. Con todo, es el modelo (Reinos, por entendernos) usado hasta el XVIII (en algunos lugares, XIX). En este sentido, y volviendo al principio, ¿sigues viendo a Rusia, China o EE.UU., por ejemplo, como simples países o ves el Imperio que mantienen detrás?

   No sé si lo estarás pensando, pero falta una tercera pata en nuestra mesa. Tenemos a la gente y a la división territorial soberana, mas nos falta la quintaesencia, nos falta el camino, es decir, el comercio, la empresa, las finanzas, las comunicaciones… No hay crecimiento, oportunidades, intercambios, ni progreso sin las rutas comerciales. Eso nos lleva al último de los actores sociales: la burguesía, que será, precisamente, la que cambia el modelo de reinos (Antiguo Régimen) por el de países soberanos, parlamentarismo, etc.; pues es lo que le dará la seguridad que necesitan para medrar en sus negocios.

   Para finalizar esta reflexión, y aprovechando que ya he citado la palabra, hablaremos un poco de las colonias, un concepto esencial para los intereses de comerciantes, pero también para reinos, países, ciudades, pueblos, etc. Como ejemplos clásicos y famosos me vienen a la cabeza civilizaciones como la griega o la fenicia. Una colonia es, en este sentido, un puesto comercial, un puerto seguro, una parada en el camino. Algunas fueron tan pujantes y fuertes que terminaron superando al lugar de origen. El ejemplo más claro es Cartago, que terminó siendo una superpotencia del Mediterráneo y disputando, aunque perdiera, con Roma la posibilidad de controlar todo el pastel de esa zona del mundo pretérito.

   La verdad es que, salvando las distancias, sí hay en tiempos relativamente modernos una colonia que termina siendo más fuerte que su lugar de procedencia y se puso a liderar el mundo; pero esa es otra historia. Lo cierto es que ahora el concepto colonia arrastra significados más voraces y crueles, así que ha cambiado. Hablamos, pues, de colonialismo. Es similar a lo ocurrido con imperio e imperialismo. Conceptos que han crecido tanto, a precios tan caros, que ya no recordamos lo que realmente querían decir. Igual que nacional y nacionalismo o global y globalismo.

Sobre la Identidad

   He querido reflexionar un poco sobre este concepto tan cambiante, subjetivo y polifacético que es la identidad. Veo que las personas asocian muchas cosas a lo que sienten como su propia identidad, es decir, a sus señas de identidad. Unos miran a su pueblo, su ciudad, su territorio más cercano o su país. Otros lo miden en función de su religión, sus creencias o sus valores, incluyendo su ideario político y otras cosas como la cultura o la etnia. En un tercer grupo estarían los que se fijan más el aspecto sexual, de género y aquello que sienten por dentro. Por último, están los que marcan sus señas de identidad por factores sociales como la familia, los amigos, los intereses, la economía, el estatus o las aficiones (música, juegos, deportes…).

  La realidad es que consciente o inconscientemente son todas estas señas distributivas lo que forma cada una de nuestras identidades particulares. Al final, es una gigantesca suerte de infinitas opciones. Tantas como personas hay en la Tierra. Eso sin contar con la posibilidad de tener más de una identidad.

   Hasta aquí, por mí perfecto. Cada uno es bien libre de sentirse como quiera. No seré yo el que ponga eso en tela de juicio. Lo que sí debo reflexionar es sobre el hecho en sí de marcar estas señas de identidad ad infinitum, pues el resultado final es el mismo que el que uno particularmente quiera. Esto es lícito, pero no por eso resulta necesariamente lógico o vinculante para objetivos subsiguientes. Por tanto, debería quedarse en el terreno de lo anecdótico y lo particular de cada uno.

  Por el contrario, sí hay algunos elementos tangibles y objetivos en el tema de la identidad que no suelen formar parte de la identidad de ninguna persona, pueblo, etnia o lo que sea. Son cosas tan obvias que no queremos verlas como parte de nosotros, aunque todos lo sabemos de sobra. Me refiero a hechos tan simples como la definición objetiva de lo que somos. ¿Qué somos? Seres humanos, personas.

  Toda definición de identidad de una persona debería pasar citando el hecho de que es una persona. Al ser una persona, debería también decir que es un animal. En este caso, es un ser humano al diferenciarse de otros animales; pero sin olvidar que es un animal para diferenciarse de aquellos seres vivos que no son animales. Como animales, nos hemos diferenciado de otros seres vivos, pero también nos seguimos definiendo como vivos en contraposición a lo inerte. Del mismo modo, al etiquetarnos como personas, deberíamos entender todos que somos parte de una colectividad, es decir, terrícolas.

  Temo que nunca veamos esto sin la ayuda de alguna especie invasora de fuera del planeta. Por muy sencillo que sea. ¿O conoces a alguien que no sea un animal, un ser vivo o un terrícola? Estas etiquetas lógicas no terminan aquí, pero no quiero extender mucho el hecho porque creo que ya se entiende bien. Sí te daré otras pistas que podrían identificarnos a todos nosotros: primates, bípedos, mamíferos, etc.

  Parece que no nos interesa vernos de esta forma, que es mejor fijarse más en las pequeñas diferencias, por subjetivas y endebles que sean en algunos casos. En parte, puedo entenderlo, pues nos identificamos en relación al entorno más cercano. Sin embargo, en una sociedad global como la actual, estamos llegando al punto que si no empatizamos entre nosotros sobre qué es lo que realmente somos como colectividad, terminemos equivocándonos sin remedio y no veamos lo ligados que estamos al resto de animales, de seres vivos o a la Tierra en sí misma.

 Volvamos a las señas que sí solemos tomar como propias para identificarnos a nosotros individualmente, en grupo o en contra de otros. ¿Cómo de objetivas o inventadas son? Esta pregunta es extremadamente difícil y polémica. Habrá que contestarla con sumo cuidado y entender que he comenzado el texto respetando la identidad que cada uno quiera tener de sí mismo. Con todo, sí me gustaría explorar los cimientos reales para sustentar estas etiquetas como un sistema racional de identificación desde el exterior, independientemente de cómo se sienta cada uno por dentro.

  Siguiendo con la biología, toca ver esas dos etiquetas tradicionales de género binario que manejamos todos. Hombre y mujer, la eterna pareja. Puede parecer neutral qué es ser hombre y qué es ser mujer. En principio, lo es; pero, lo cierto es que hemos ido poniendo condicionantes a estos términos y hemos cerrado mucho las opciones. Yo creo que hay muchas formas de ser un hombre y muchas de ser una mujer, tantas como hombres y mujeres existen. Sin embargo, tendemos a simbolizar ciertos atributos, roles y deberes a estos dos grupos y los encorsetamos, los asfixiamos, los cosificamos.

  Ahí está el error, en pretender que ser hombre o mujer signifique lo que unos querían en el pasado y muy pocos quieren ahora. Si cada uno pudiera ser hombre o mujer según quiera cada cual serlo, habría menos problemas con este tema. Se podría hablar más abiertamente sin que te comiencen a encerrar con etiquetas absurdas, populistas y desfasadas. Con todo, creo que es una dicotomía que funciona bien en la gran mayoría de los casos (si estuviera más abierta y libre de ideología). Es, sin duda, práctica y coherente desde su campo de estudio.

   Por otro lado, sí hay, como digo, un margen de error en toda clasificación, sobre todo cuando sale de su lugar y aterriza en otro; así que qué mínimo que respetar la identidad de cada uno. No seré yo el que le diga a nadie cómo debe sentirse. En este sentido, habría un tercer grupo que tenga que abarcar toda identidad de género que se salga de esta propuesta bimembre.

  Siguiendo con las etiquetas que sí son objetivas, me topo, cómo no, con el lenguaje humano. Lo explicaré de forma muy sencilla, es decir, con mi lenguaje, con el español. Es innegable que mi lengua materna es el español. Eso, quiera o no, me define sin remedio, pues estoy en un grupo de gente, dentro de todos los humanos del planeta, que habla español. En concreto, en un grupo que piensa y vive en español. Insisto en que no va de lo que creo o lo que siento, va de hechos innegables. Ese mismo camino me lleva a algo que pone en el DNI, mi país. No pone si me gusta o no me gusta el hecho en sí. Solo pone que soy español, es decir, que soy un ciudadano de un país que se llama España. Lo demás sería ya harina de otro costal.

   En este sentido, también es irrefutable que cada persona vive en un lugar. Lo puedes llamar pueblo, casa, ciudad, comarca, territorio, barrio o como quieras. El truco aquí está en que sí, estamos en un lugar o en otro y eso nos define; igual que la pertenencia a una familia, una etnia o a otra colectividad, la que sea; pero eso no quiere decir que seamos de una u otra forma por ese hecho. Ahí ya entraríamos en generalizaciones simplistas, sesgadas y torticeras para etiquetarnos, subvencionarnos o estigmatizarnos.

  Estos factores sociales o culturales como la religión, los amigos, la generación, el estatus, los intereses, las aficiones, el trabajo, etc. son como la ideología, la cultura, las creencias, los valores o tu sexualidad, es decir, señas de identidad personales e infinitas que no deberían ser importantes para los demás. Simplemente deberíamos ser libres de identificarnos con cualquiera de ellas, sin más. No tendrían que ser relevantes para el resto, pues son esenciales para cada uno. ¿No merece eso el máximo respeto, que es el respeto que no juzga, no habla, no señala?

  Quiero ir terminando esta pequeña reflexión de identidad con un tema complejo que ahora se suele identificar con el color o el origen, y que antes lo hacía con las razas. Si has leído hasta aquí y no echabas en falta esta categoría, vas bien. Identificar al resto por colores es tan absurdo como hacerlo por el color de los ojos, el pelo, la estatura o cualquier atributo físico irrelevante para los demás.

   Llego al final del artículo sabiendo que podría haber estirado el tema muchísimo, pero con ganas de concluirlo con un pensamiento concreto: que no se señale a nadie por su identidad, que se tenga libertad real para sentirse como un quiera, que no se manipule a los demás con ese pretexto y que no se discrimine por ello; pero también que no se formen chiringuitos y absurdeces con las pobres minorías, que no necesitan más que un poco de normalidad y libertad. 

Sobre lo objetivo y lo subjetivo

   Vivimos en una época en el que, sin duda, reina lo subjetivo. Hasta tal punto llega, que lo objetivo es visto como una opinión más, igual de válida, o no, que aquello que siento y sufro de forma subjetiva.

  La distinción, en teoría, de estos conceptos es sencilla. Lo subjetivo es cómo ves las cosas desde tu perspectiva, desde tus emociones, en definitiva, desde tu propio prisma deformado e interesado. Lo objetivo, en cambio, pretende ser algo medible que pueda verse de forma similar por todos. Por ejemplo, si se demuestra que un político ha recibido algún dinero ilícito por hacer su trabajo; no sé, alguna comisión o “mordida”; es objetivo que se ha saltado la ley. Sin embargo, según tus creencias, tu ideología o lo que sea que te mueva; verás ese hecho desde tu prisma, por lo que tu opinión será subjetiva.

  En muchos casos, lo objetivo no es algo fácil de ver. Algunos lo rechazan de plano porque no es un axioma científico inamovible en el sentido estricto; sin embargo, en el ámbito de lo social, lo cultural o lo humano, es lo más parecido que existe. Al menos, mostrará hechos, datos, gráficas, etc. Gracias a eso, puede haber leyes, normas y reglas comunes en sociedad. Lo más parecido para acercarnos a la idea inalcanzable de eso que llaman Justicia.

  Este concepto tiene, además, un problema grave de cara al público: es feo, anda raro, como escondido. Tiene complejos, deformidades y no suele caer muy bien; pues te dice la verdad, así, sin miramientos, sin escrúpulos. Por otro lado, no suele estar de buen humor. Anda triste, sin amigos. Muchos le dicen que huele mal, por eso se le margina. Como puedes imaginar, no lo tiene fácil para socializar. Es cierto, le cuesta bastante. No lo puede remediar. Él es así y, al contrario que cualquiera de nosotros, no puede cambiar. Diré más, no debe. Un leve cambio le lleva a su opuesto. Así de crudo lo tiene para ser aceptado el concepto de lo objetivo.

 Su compañero (su contraparte), en cambio, siempre fue un tipo resultón. Siempre de moda. Eternamente joven. Sociable, simpático y amigable. Una apariencia sin par. Con todo, creo que también está triste, cansado de acomodarse a todos. Cansado de mentir por los demás. Me dijo un día, en confidencia, que se sentía, en el fondo de su alma, solo y vacío. Al principio me resultó irónico, pues es de los que andan por ahí, en compañía de todos, con innumerables amigos y conocidos. Al poco rato, puede comprenderlo mejor: estaba aturdido por la fama, acosado por los fans y harto de no poder ser él mismo. Algo me dice que solo una cosa podría consolarlo: reencontrarse y poder entenderse con el otro. Sí, con lo objetivo. De esa forma, con algo de suerte, recuerde cuál es su lugar en el mundo.

 Es cierto que con las cosas objetivas también se puede mentir y manipular. No tienes más que interpretarlo en el sentido que mejor te venga. De hecho, falsear lo objetivo es la mejor forma de engañar. Es la forma más oficial, la que mejor queda, la profesional. No digo ya inventarte datos falsos, no va de eso el artículo; aunque sea algo que sucede cada día en los medios y en los gobiernos. Sin embargo, no arremeteré ahora con ello. La cuestión es el uso fraudulento de hechos objetivos, verificables. Ahí radica la forma efectiva de engañarnos a la población. Si lo piensas bien, es algo que saben hacer hasta los niños pequeños. Al final, es mentir con la verdad, exagerar, cambiar causas por consecuencias e inferir cualquier cosa que te venga bien en ese rato, etc.

  Sí, esa es una buena forma de engañar a la gente. Pero, ¡ojo!, que no es ni la más eficiente ni la más utilizada. En general, se suele optar por el otro enfoque, el subjetivo. Desde esta perspectiva ya no importa ni la verdad, ni los estudios, ni las pruebas, ni los hechos, ni nada de nada. Aquí ya solo importan las emociones. Lo triste es que ni siquiera hacen falta sutilezas. Es suficiente con la brocha gorda para manipularnos, es decir, con las emociones básicas; las seis armas de destrucción masiva de cerebros.

  Estas poderosísimas herramientas están un poco especializadas por parejas. El miedo y la tristeza se utilizan para controlar a la población; el asco o la ira para dividirla y enfrentarla; y, por último, la alegría y la sorpresa para fines comerciales o lúdicos, es decir, para distraer. Además, verás que en todos los casos es necesario mucho menos esfuerzo que con enfoques objetivos tanto para lograrlo como para el consumidor. Como es lógico, no son las únicas emociones. Hay muchísimas más. Algunas de ellas; la envidia o la avaricia, por ejemplo; muy útiles también en el asunto de hoy, pero ya te haces una idea con unos cuantos ejemplos sobre estas seis.

  Me acuerdo mucho de la Pandemia. ¿Te acuerdas de todo lo que pasó y todo lo que hicimos? Pues mucho de ello fue por el miedo que tuvimos, y el que nos inocularon. También hubo mucha dosis, como os adelantaba antes, de tristeza en aquello. De hecho, no dan ganas de recordarlo demasiado.       Sobre la ira y el asco; o, dicho de otra forma, el odio; hay tantos ejemplos que me entra furia solo de pensarlos. El odio sirve para dividir a la gente, algo esencial si quieres controlarlos; pues todo el mundo sabe que juntos somos mucho más fuertes. Una amenaza en potencia.

   Algunos lectores serán amantes del fútbol, o de cualquier otro deporte. Lo normal es que te guste más un equipo. No sé, el de tu ciudad o uno bueno, o uno que viste de chaval. No importa, en todos los casos está correcto. El problema nunca fue que ames unos colores. Sí, es algo un poco sentimental e irracional, pero es sano y tiene lógica. Formas parte de algo, de un sentimiento, de una pasión. La hinchada que se une para apoyar a los suyos. Lo que es absurdo es que odies otros, o que aproveches la situación para soltar adrenalina y ponerte a hostias con todo el mundo que no lleve los colores de tu equipo.

   La cosa empeora cuando entran en conflicto, más allá de los colores, las ideologías. Ahí ya sí que ve uno las manadas de borregos dirigidos por los pastores de siempre. Todos uniformados y encaminados a las urnas, clamando al son de las tonterías de siempre. ¿Y para defender qué? ¿Ser de izquierda, de derecha, de Madrid o de Barcelona? Igual venía bien pensarlo antes de llegar dando botes con tu voto.

  En efecto, ahora los que defienden una ideología son como fanáticos de sus colores. No por nada, solo porque les toca en un lugar o en otro. Simple y triste a partes iguales. ¿No estaría mejor poner toda esa energía, juntos, en exigir a nuestros representantes que asuman, de verdad y sin excusas, la responsabilidad que dicen tener? Yo creo que sí, que es absurdo odiar por mitades. Nos impide ver el bosque y vigilar lo importante. En fin, así funcionan las emociones cuando no sabes controlarlas.

 Como ya estarás viendo, no son pocas las veces que las emociones actúan a la vez. Los mismos ejemplos utilizados para el odio me sirven, en algunos casos, para el miedo; o para la alegría, la tristeza, etc. Terminaré el repaso de estos motores subjetivos que son las emociones descontroladas con las más divertidas, aunque no por ellos dejan de ser perniciosas o poco efectivas para lo que son.

  Eso es, toca hablar de la sorpresa y de la alegría. Igual que antes con el fútbol; en principio, estas emociones están bien. Muy bien, de hecho. Entretenimientos, viajes, excursiones, aficiones, juegos, redes sociales… Todo lo que te saque de la rutina y te motive, si no va contra otras personas, está muy bien. Es necesario, es la vida en sí misma. Lo malo llega cuando dejas de ser tú el que elige, cuando te dejas llevar o, mejor dicho, cuando dejas que te lleven. Televisiones, anuncios, programas, plataformas, famosos, etc. Eso ya es diferente. Ahí sí que te la están liando a lo grande.

  Si cuando juegas, te relacionas en redes o ves contenido en tu tele o tu ordenador; notas que te dosifican la alegría como si fuera una droga, ahí tienes el primer indicio de que no te diviertes. Estás en el juego facilón del conductismo más básico, el que se usa para entrenar a perros y otros animales. Las dosis pequeñas y pensadas; pero sin parar, sin freno, sin fin. Son las recompensas positivas para mantenerte anestesiado, así de sencillo. Sí, ya sé; tú controlas. Lo sé. Claro, igual que yo. Controlamos de lujo, cómo no. Con todo, están abusando de ti.

  Supongo que verás, como yo, que la lucha entre lo objetivo y lo subjetivo es desigual. No se puede apelar a la razón contra lo emocional. El porcentaje de éxito es muy bajo. Por lo tanto, deberíamos tener algunas herramientas útiles para defendernos del mundo moderno. ¿Cuáles pueden ser?

  Aunque no lo creas, hay muchas. Están ahí, al alcance de todos. Algunas requieren esfuerzo, es verdad. El pensamiento crítico, la razón, lo objetivo, los argumentos… Esas siempre son buenas armas, pero, sí, cuesta un poco afilarlas. No pasa nada, hay más opciones. Tranquilos, que no son excluyentes. La primera es la famosa e incomprendida empatía. Sí, otra emoción. Es verdad. No será la única. La solución debe ir por ahí. Está en las emociones. Hay otras que ayudan bastante: el orgullo, la generosidad, el amor (por ahí te toparás con la empatía)…

  Para terminar hablaré de otro truco para no ser arrastrado por las oleadas de sensiblerías de hoy en día: la gestión emocional. No debes escudarte en la emoción que tengas en cada momento para concluir lo que te dé la gana. Eso te convierte en un niño mimado y tontorrón. Tus emociones debes aprender a sentirlas. Total, es gratis.

Sobre la dinámica del Poder

    El poder… ¡Qué concepto tan curioso! ¿Qué es realmente el Poder? Es un sustantivo abstracto que esconde mucho más de lo que parece. Esconde, de hecho, cosas concretas y tangibles. Cuando decimos o pensamos en esta palabra, nos viene a la cabeza una fuerza que nos controla y tal; aunque, si se piensa bien, es una idea llena de fantasía. El sustantivo poder da respeto. Es verdad. Pero no hay que olvidar sus orígenes humildes. Está formado desde los usos del verbo, que tiene un significado mucho más terrenal que la abstracción del sustantivo.

   Cada persona, independientemente de sus orígenes, nace con muchas potencialidades, pero lo cierto es que es dependiente durante un tiempo. En ese sentido, no puede casi nada. Al crecer, va adquiriendo distintos poderes. Va aprendiendo a caminar, correr, saltar, coger cosas con las manos, hablar, abrazar, etc. Con el tiempo, será capaz de hacer un montón de cosas; así que tendrá mucho más poder que al empezar en este mundo. Esto demuestra que el poder no viene del aire. El poder está en todos nosotros. Eso sí, repartido, limitado.

    El mero hecho de nacer en un lugar determinado o en un tiempo concreto, te concede más poderes (o no) adicionales. Por ejemplo, ahora se puede, con ayuda de aviones y otros artefactos, volar; algo que hace un tiempo era imposible. Esto es solo un ejemplo claro de algo que se repite ad infinitum, lo que nos lleva a otra relación curiosa: la relación entre el poder y la posibilidad. Todas las gentes del mundo guardan para sí ciertos poderes, lo que deriva en un sinfín de posibilidades pasadas, presentes y futuras.

  Los animales, como siempre sucede, nos ponen más ejemplos para imaginar cualquier tema. Hay animales con posibilidad de subir a los árboles rápidamente, de forma muy ágil. Otros, no tienen esa opción. Los hay que pueden volar, morder, correr, saltar, usar palos, nadar, bucear, respirar bajo el agua, etc. Un montón de posibilidades que hubo a lo largo de los milenios y que se dieron y no dieron tantísimas veces en el mundo. Así nacieron los animales actuales, incluyendo al ser humano, que terminó pudiendo superar la posibilidad de dominar el planeta, comunicarse... Poder, posibilidad, más poder, más posibilidad, etc.

  Desde este punto de vista, el poder no resulta ya tan divino o inalcanzable. Así vemos de dónde procede. Si es así, ¿Por qué parece que unos tienen más poder que otros? Porque el poder se puede dar y quitar. No todo el poder, pero sí lo suficiente para formar una buena brecha entre las posibilidades de unos y de otros. El ser humano es un animal social. No vivimos solos, vivimos rodeados de gente. Ese simple hecho ha hecho que nuestra capacidad de medrar sea increíble, pero también que vayamos cediendo poder de unos a otros. Es una dinámica que siempre se da igual. Surgen las posibilidades que decía antes y con ellas responsabilidades y oportunidades nuevas para que unos tengan en su haber nuevas fronteras diferentes al resto de conciudadanos.

   Así nacen los humildes y los poderosos, esto es, las clases sociales. No importa dónde ni cuándo. Siempre existen. Da lo mismo que estudies la Edad Media europea que la Dinastía Ming o la Antigua Roma. Encontrarás clases sociales en la India, en España, en Estados Unidos o donde sea. Puede que encuentres algunas diferencias, pero lo que verás será muy similar. Como aquí no tengo espacio para hablar de todos los casos, me centraré en esquemas conocidos que representan las cosas de camino a la actualidad.

  Las sociedades tienden a acumular el poder en pocas manos. Se les suele llamar nobleza. Estos poderosos necesitan de muchísima gente para acumular su poder. Son los dueños de la tierra que los humildes trabajarán. La forma que han ido teniendo para justificar ese poder ha ido de la mano de la religión. De esa forma, en lo alto de la cadena de mando han estado siempre los aristócratas, que han mantenido de su lado a los religiosos y al pueblo para mantenerse. Además, han jugado un papel importante en la defensa de esas tierras, es decir, en los ejércitos.

   La forma de poder más común durante mucho tiempo en sociedades ya avanzadas fue la de los reyes, que son los nobles con más opciones de controlar al resto de iguales, que, a su vez, dominaban las pasiones y los estómagos del pueblo llano. Para denominar esta misma relación ha habido muchos títulos y formas, aunque sin una diferencia esencial entre ellas más allá de cuestiones culturales que no afectan a la estructura de esta forma de vivir. Este esquema sirve desde las primeras civilizaciones agrícolas de Mesopotamia hasta el siglo XVIII. En esencia, es lo que has estudiado en el cole como Antiguo Régimen, un modelo estanco en el que era casi imposible salir de ese rol preestablecido.

  El gran problema de este pacto social fue que no contó con un poder que parecía nuevo, pero que llevaba existiendo desde la Antigüedad: la Burguesía. La novedad era que el mundo moderno ya no podía seguir organizándose así. Había que encontrar un lugar relevante para la burguesía enriquecida de la época.

  En este punto hay algo que suele confundirse, así que trataré de ser claro. El asunto no era que la burguesía buscara una forma de tener poder. El tema es que ya tenía ese poder. Lo único que debía pasar es que la forma de gobierno de los Estados se acomodara a los intereses de estas personas que ahora tenían más poder que la nobleza. Gracias al comercio, la industria y a la banca; los dueños de la tierra ya no eran, necesariamente, los más pujantes, por lo que era indispensable volver a equilibrar ese poder para que reflejara el nuevo orden social. Un nuevo régimen hecho a medida de los nuevos ricos, la gente del progreso, los liberales…

   El gran error de esta gente es que no contó con el pueblo llano y con un nuevo estamento social, uno que ellos mismos habían creado: la clase trabajadora de las ciudades, es decir, el proletariado. Mucho se tuvo que luchar para que esa clase social fuera recompensada justamente por su trabajo. Tanto, que en muchos lugares todavía están en ello. Con todo, si piensas en las revoluciones históricas, verás que todas las clases sociales tienen cierto poder; más allá de si andan ejerciéndolo todo el día o no.

   De vuelta al día a día actual de los países que llaman “desarrollados”, puedes ver el resultado de lo que acabamos de repasar. Verás que los nobles y la Iglesia tienen mucho poder, pero no tanto como algunas empresas, bancos o asociaciones. Además, verás que hay Estados con más poder y recursos que otros; así como el poder de la gente trabajadora (en el campo y en las ciudades), con sus derechos y sus sindicatos. Pese a todo, con esto no tendremos todo el poder que ahora existe. La Democracia parece que reparte de forma justa ese poder. Se dice que hay, en los Estados modernos, división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), aunque la efectividad real de esto es discutible. En fin, no quiero salirme mucho del tema; así que dejaré que cada lector piense lo que guste sobre los repartos de poderes y pasaré a otro poder esencial en nuestros días que no debemos ignorar. Hablo, cómo no, del cuarto poder, es decir, el de los medios de comunicación y la prensa.

   En el paso de la Edad Media a la Edad Moderna, la prensa y la palabra escrita, la propaganda y la difusión de ideas (buenas o malas) fueron esenciales en la lucha entre nobles, con la Iglesia, y la burguesía adinerada; pues difundían sus ideas y se ganaban el favor del pueblo. Con el tiempo, el poder de los medios no ha hecho más que crecer y crecer. En la actualidad, con Internet y un mundo conectado, este poder está, en apariencia, más repartido. Pero no es más que eso, apariencia.

   Para finalizar el artículo me gustaría reflexionar sobre una cuestión muy lógica. Algo del poder que no suele tenerse en cuenta. Me refiero a esa confusión que se suele tener con esta palabra. Muchos hacen cosas en cuanto pueden hacerlas, pero ahí están confundiendo el poder con la obligación. Poder hacer algo no implica necesariamente hacerlo. También se puede elegir no hacerlo. Poder no significa tener, solo te brinda una posibilidad. Además, que puedas hacer algo no implica que no puedan otros reaccionar por tus actos, o sea, no quiere decir que debas hacerlo.

   Cada día, todos podemos hacer muchas cosas que no hacemos. Ahí radica nuestra responsabilidad y nuestra ética. En lo que no hacemos. Ahí está el verdadero mérito. Lo que no debería nadie olvidar es que se puede estar un tiempo sin hacer algo; pero, más tarde o más temprano, llega un día y, por alguna razón que no esperaban, el pueblo decide actuar. Ahí está lo bonito de esta dinámica del poder.

Sobre publicar

     En esencia, publicar es hacer público algo. Lo primero que cualquiera piensa sobre el tema es que es un verbo que sirve para expresar que solo o con la ayuda de alguien; puedes sacar a la luz un libro, un disco, una película, un artículo, una noticia o lo que sea gracias a algún medio que se dedique a estas cosas. Sin embargo, hoy en día, también podemos pensar en eso cotidiano que hacemos en redes sociales y en Internet. Con todo, no es lo único. También es posible poner un anuncio a la vista de todos; un cartel, por ejemplo; o contar a algún grupo de gente algo relativo a tu intimidad. Ya verás que no tarda mucho en extenderse el asunto y en ser de dominio público. De un modo u otro, en esto consiste publicar.

  En todas sus vertientes, es algo que podemos hacer gracias a que forma parte de un derecho fundamental en casi todas las sociedades: el derecho a la libertad de expresión. Se supone que es uno de esos pilares sagrados en los países que sacan pecho de su espíritu democrático, por eso está amparado en leyes y se defiende sobre otros principios básicos como el derecho a la intimidad o la privacidad. Algo que, al menos, debería ser reflexionado debidamente.

  La cuestión es que, como todo el mundo sabe, la realidad no es exactamente así. Cantantes, humoristas, expertos, etc. han comprobado que su derecho a expresar lo que sienten u opinan no es como creían. Lo han averiguado mediante distintos procedimientos de censura, cárcel, intimidación o acoso mediático. Particulares que cantan han acabado presos, cancelados o presionados por hacerlo; igual que otros, por opinar en contra de la mayoría han terminado humillados, difamados, censurados o ridiculizados por grupos de presión que sí tienen ese derecho a decir lo que quieran; aunque sea mentira, ruido o propaganda.

  Esto prueba algo obvio que todos conocemos: el derecho a la expresión está directamente proporcionado al poder que tú tienes. Si eres un ciudadano cualquiera, cuidado; si eres una gran empresa, un partido, un grupo, un editorial, etc., podrás publicar los mondongos que te plazcan. ¿Fácil, no? Además, también es importante a quién te dirijas o sobre quién hables; por lo que hay ahí un derecho que unos parece que tienen y otros, en la práctica, no tanto. ¿Qué derecho será? ¿Lo intuyes? Sí, es el derecho a la dignidad y a mantener la integridad personal o la reputación contra injerencias externas.

    En todo caso, parece claro que publicar forma parte de los derechos que poseemos como ciudadanos, grupos o lo que sea; aunque también ha de ponerse en valor los deberes que tenemos a su vez. Deberes que, si bien no son tan famosos, son también parte del hecho social; pues sirven para garantizar la participación y la inviolabilidad de tus derechos y libertades.

   Al final, la clave de los deberes cívicos y sociales radica en una palabra mágica que parece que a muchos les da alergia: la responsabilidad. El primer problema con esta palabra es que parece que es un valor añadido, un extra. Pues no se puede estar más equivocado si se piensa así. La responsabilidad es una obligación que tenemos todos, no un superpoder de unos elegidos. De hecho, cuanto más publicas, más responsabilidad; cuanto más tienes, más responsabilidad; cuanto más alto, más responsabilidad. Piensa que cada vez que cualquiera hace lo que sea, toma una serie de decisiones que acarrean cierta responsabilidad. Lo que no sé es por qué razón no rendimos cuentas como se merecen hasta que llega a límites extremos y dejamos que las tonterías reinen por ahí sin ningún tipo de freno hasta que alcanzan un tamaño colosal.

   Como se puede vislumbrar hasta aquí, hemos entendido todo al revés. Hemos montado un chiringuito en el que; si eres lo bastante hábil para no meterte con los fuertes; puedes insultar, difamar y ridiculizar sin mirar atrás. Todo esto, siguiendo el modelo de las grandes publicaciones, los grandes medios. Así harás dinero y medrarás en una sociedad tóxica y absurda. Mientras no molestes a quien no debes, no pasa nada. Eso sí, si eres de los de reflexionar con un mínimo criticismo y decides denunciar abusos de poder y prácticas poco éticas o ilegales; puedes acabar preso, censurado, cancelado o acosado mediáticamente. No importa la razón o no razón que tengas. Es así.

   Es lógico que para proteger la intimidad del que quiere decir algo en público se recurra a recursos prácticos como apodos, máscaras, alias, etc. Es comprensible, pues está en juego su derecho a la privacidad. Se ha hecho desde siempre, y con buenos resultados contra gobiernos totalitaristas y regímenes absolutistas. Gracias a eso, muchos intelectuales y libre pensadores han podido poner en jaque a más de uno. Un juego casero de espías en el que, valga la redundancia, había mucho en juego.

   Ahora seguimos igual, pero elevado a la máxima potencia y con los roles confundidos. No es difícil publicar en la red de forma relativamente discreta y secreta. Eso da fuerzas para ir contra lo que se quiera y hacerlo de la forma que se quiera. Sin ninguna responsabilidad. Lo irónico de esto es que se protege la privacidad de gente que se dedica a meterse con la vida y los asuntos de terceros. Abusones cobardes que se esconden para “apalear” a víctimas indefensas y, en algunos casos, que ignoran dichos ataques. De hecho, se puede hacer mediante programas informáticos, sin dedicar siquiera un mínimo de tiempo.

   Una forma común de lavarse las manos con la responsabilidad de grupos, empresas o personas es eso que conocemos como libertad de recepción. Para algunos, consiste en que las personas son libres de ver un canal u otro, así como de cambiar la emisora de la radio, cerrar la ventana o ponerte cascos para no oír campanas o megáfonos de propaganda política, borrar el correo no deseado (o romper las antiguas cartas que, para los políticos y los bancos siguen estando de moda) o no visitar una página web o una red social. Y, para estos, ahí termina la libertad de recepción. Y todavía pensarán que tienen razón.

   La libertad de recepción es más que todo esto. Significa que por delante de lo que uno grite, está el derecho al silencio y la armonía de los demás. Es decir, que la gente no tendría que tragarse publicidad invasiva, apelaciones groseras de cuatro notas o mentiras que llegan por la izquierda o por la derecha; por poner algunos ejemplos clásicos.

  Para terminar con este artículo, me gustaría mencionar un trinomio muy relacionado con este tema: pensamiento, palabra y obra. Claro que todos somos libres de pensar lo que queramos, pero no lo somos de obrar contra los demás sin más. Para eso debe apelarse a la responsabilidad del individuo o al castigo de la sociedad. Con todo, hay un justo y libre punto medio entre ambos conceptos: la palabra. Y, con ella, opiniones, oportunidades, abusos y demás. Lógicamente, hablar no es hacer; pero tampoco pensar. Está en un punto medio entre ambos, y tiene un poco de los dos. Es la clave de este artículo y una acción en sí misma, pues hablar (o escribir) es hacer público lo que uno piensa.

   No creo que sea pedir demasiado que, al menos, se piense aquello que se publica y se responsabilice cada uno de lo suyo. Lo que implica, cómo no, multas de esas que “hacen pupita” para los que vayan contra la integridad de Estados, grupos o personas; sobre todo para esos que, por su gran tamaño, deberían tener muchísima más responsabilidad de la que tienen.

Sobre lo público y lo privado

    En general, todo el mundo sabe la diferencia entre lo público y lo privado. Si estoy en casa, con la familia o pensando en mis cosas, estaré en el terreno de mi privacidad. Por el contrario, si doy un paseo por la calle, charlo con una persona en la plaza o toca la hora de entrar a trabajar, la esfera que debo esperarme es la pública. Hasta aquí, parece fácil. Sin embargo, no siempre tenemos claro el límite entre ambos ámbitos. De hecho, su limitación no ha sido la misma todo el rato, ni significa lo mismo para todo el mundo.

  Existen algunos conceptos, realidades y situaciones que solo pueden darse si se oponen a sus contrarios. Completando, de esta forma, un constructo en el que forman un todo que vislumbramos casi sin darnos cuenta y creemos entender. Algunos ejemplos fáciles de imaginar son la luz y la oscuridad, el bien y el mal, o el todo frente a la nada. Nótese que no puede existir la luz sin la oscuridad, ni el bien sin el mal, ni el concepto del todo sin la nada. Esto, en esencia, es lo que pasa con lo público y lo privado.

   ¿Por qué algo es privado? Muy fácil, ¿no?, porque pertenece a alguien. Se diferencia de otra cosa que no le pertenece a esa persona. Si yo tengo un objeto en la mano, puedo reclamarlo como mío y no dejar al resto que me lo quite o lo utilice. Defiendo, así, mi derecho a defender algo como mi propiedad. Esta dicotomía entre lo público y lo privado no siempre fue como es ahora. Si piensas en ciertas tribus del pasado, por ejemplo, verás que hay cosas que son de la tribu, aunque no son necesariamente públicas, pues su tribu puede considerarse como una gran familia. Eran, pues, parte de lo privado. Un concepto de privacidad colectiva.

   Pensemos en los pronombres personales. Seis formas (con variantes que ahora no vienen al caso) para diferenciar el singular, que representaría en este ejemplo lo privado; del plural, que se encargaría de lo público. El asunto no termina ahí, hay un matiz igual de importante. El simple hecho de utilizar cualquiera de ellos ya muestra algo ancestral y biológico, ya explica la primera piedra de esta compleja construcción que llamamos sociedad; pues diferencia lo que nos pertenece de lo que no es de nadie.

   Hace referencia a un concepto totalizador, es decir, aquello que es común a todos. En este sentido, ya los animales (y nosotros como ejemplo de una especie animal) diferencian su territorio del resto del mundo. En algunos casos, defienden y luchan por ese territorio, que es suyo, o de su grupo, frente al resto del mundo, incluyendo a miembros de su propia especie. Es la base del yo frente a lo demás; y del nosotros, como grupo, frente al ellos (los que no son nosotros).

  De hecho, antes de poder hablar de algo como público, es necesario que se mueva dentro de un planteamiento específico: ser de todos nosotros, de nuestro grupo o, al menos, tener el derecho a utilizarlo. ¿Cómo regulamos aquello que concierne a lo público, a las ciudades (polis)? Con la política. Repasemos brevemente la base de eso que metemos dentro de esta palabra que maneja las cosas públicas, repasemos las dos corrientes principales de lo que llamas derecha e izquierda.

   Los liberales (como ejemplo de lo que llamamos derecha) tienen muy claro estos conceptos. Sus máximas fundamentales (en general y reservando las diferencias entre corrientes) giran en torno a lo más esencial para ellos: el individuo (el yo en los pronombres personales). Por eso, hablarán de derecho a la propiedad privada, de igualdad ante la ley y de libertad individual. Por consiguiente, querrán un Estado mínimo (regulación mínima de lo público) para velar por esos derechos y un libre mercado para poder realizar todo lo que sean capaces.

   El problema es que una persona sola no es capaz de abarcar mucho. Para eso se crean empresas y grupos empresariales enormes (ya hay ahí un nosotros) que quieren hacer crecer con las mismas reglas que tienen para los individuos. Lo malo es que en este sentido ya estamos en el terreno de lo público, aunque sea dentro de un grupo de personas limitado (aunque resulte enorme). Es, como comprenderás, una forma de cosa pública, aunque no dependiente de la forma política actual, el Estado. Termina, además, socavando los derechos individuales de los que menos tienen y velando solo por sus propios asuntos; amén de la destrucción indiscriminada del entorno o de los grupos minoritarios.

   Los de izquierdas, por el contrario, se fijan en lo público y en los derechos sociales para tratar de hacer una sociedad igualitaria porque parten de la idea de que los recursos no son solo de unos pocos, sino de la colectividad. Hay que repartir y redistribuir la riqueza que se genera con ellos para que la sociedad avance y no se pisen los derechos de las personas. Además, esos recursos no terminan adquiriendo la forma de otros productos ya elaborados o procesados. Hace falta ayuda, es decir, mano de obra.

  Ahí tienes la base de la lucha de clases y los postulados de muchos de los movimientos que han existido, con sus incontables y relativamente pequeñas diferencias. Algo común en todos ellos (menos en uno que todos tildan de utopía) es la necesidad de un Estado fuerte que controle a los más poderosos y vele por esa distribución. Lo malo es que puede acabar en gobiernos totalitarios, corrupción o dividiendo parte de la sociedad mediante la utilización (y creación) de grupos minoritarios a los que “salvar”.

   Las dos posturas tienen, además, algunos vicios comunes que pueden terminar con el sistema justo en el sitio más peligroso; ese que coincide con las propuestas anteriores más siniestras e injustas; ahí donde nace la esclavitud, la sociedad estamental del Medievo o las tiranías. Formas todas de pervertir y confundir aquello público con el derecho de unas personas (o familias) frente a otras.

  Cualquiera que lea estas palabras se dará cuenta de que la relación entre lo que debería regular lo público (la política) y el concepto de partidos y grupos políticos; sean de derechas o de izquierdas; es, cuanto menos, discutible. Al menos, así pienso yo. Por desgracia, es, como poco, relevante en este tema; pues son las grandes propuestas de nuestro tiempo en ese concepto, algo loco, que llamamos Occidente. Suena más a dinámicas y pulsos de poder hacia la población. Es verdad.

   Con esta pincelada queda claro que la política que conocemos todos no funciona para manejar eso que decimos común, es decir, perteneciente a la cosa pública. No es ya una cuestión de qué corriente te parezca mejor; es que, simplemente, ninguna se encarga de lo que se supone debe encargarse. Por esta fundamental y sencilla razón, digo yo que habrá que hacer algo para alcanzar un consenso común sobre aquello que nos concierne a todos. Algo que nada tiene que ver con esta dinámica del poder. Ya vemos que estaríamos en otro tema de conversación, en otro asunto distinto. Lo que aquí tratamos de mejorar es aquello que sentimos como público. Nada más.

  Para eso, lo que tendría que pasar es que recuperáramos cierto control, sin importar a qué grupo de influencia le toque el pastel cada cuatro años. Eso pasaría despolitizando más y mejor nuestros más preciados recursos. Sí; me refiero a la Sanidad, la Educación, el Medio Ambiente, la Justicia, la Cultura, y a cualquier otro ámbito de esos que, en su día, logramos democratizar entre todos. Un equilibrio de poder que trate de ser real y  se base en el consenso de las colectividades más allá de a quién le toque gobernar. No en vano, nuestras leyes, en teoría, así lo prometen mediante la separación de poderes; aunque sea, en teoría.

    Así volverán a ser nuestros, comunes, de todos nosotros; así haríamos planes a largo plazo que exijan directrices a los políticos de turno; así daríamos a los profesionales de cada sector la posibilidad de hacer su trabajo con garantías, dignidad y auténtica soberanía sobre los temas en los que se han preparado; así saldríamos de ese futón barato en el que nos despachan cuando toca.               

Sobre aquello de opinar

  Mi hermano ha tardado dos segundos en chivarme el tema sobre el que debía versar mi primer artículo de opinión para este blog. Andaba yo pensándolo cuando le he preguntado. Escribe sobre la opinión, me dice. Su respuesta me ha parecido muy adecuada, así que habrá que hacerle caso.  

  Opinar es de esas cosas tan fáciles que asustan. Los humanos juzgamos y opinamos todo el tiempo. Solemos ir por ahí con las ideas claras sobre lo de los demás. En el mejor de los casos, solo dudamos cuando nosotros mismos estamos directamente afectados por un tema; aunque, en estos casos, contamos con mecanismos que dulcifican nuestra postura o nos eximen de responsabilidades. Hacemos, eso sí, algo lógico y prudente. Algo que deberíamos hacer más a menudo con las situaciones ajenas. Cambiamos, si nos viene bien, de opinión. Al menos, si somos medianamente razonables.

  Le cuentas a quien sea cómo ha sido tu día o alguna anécdota —la que sea— y recibes, le preguntes o no, una opinión. Vas al bar con tus amigos. Sale un tema de conversación —el que sea—. Ahí las tienes, más opiniones. Así, de seguido y sin pausas. Sin control y, en muchos casos, con una seguridad que te haría envidiar tan preclaro cerebro si no fuera tan evidente lo fácil de este tipo de posturas. El problema es no darse cuenta y tragarse la primera idiotez que te suelten. Imagina lo mismo pero en libros o revistas, y en la radio o en la tele, y en Internet o en los despachos de tus gobernantes. De este modo se va construyendo esta parte de esa película que llamamos sociedad.

  Si lo reflexionas un momento, verás que tú también tienes en tu haber un montón de ejemplos —propios y ajenos— sobre respuestas apresuradas y vacías espetadas sin juicio ni equilibrio sobre los más variopintos; y no pocas veces importantes, al menos, para el interlocutor; asuntos. Amoríos, decisiones, problemas laborales, rencillas entre amigos… No importa el tema. Si son las cuitas de otros, la solución te suena evidente en la cabeza y el mundo ha de saberlo. Así solemos actuar. Esto es rematadamente exagerado en Internet. Es el mismo problema, aunque multiplicado por un número tan alto que da, literalmente, vértigo. ¿Verdad que el estómago da un vuelco y entran, por ende, ganas de vomitar?

  El verdadero problema viene cuando nos creemos esas opiniones apresuradas y sin meditar. Cuando las hacemos pasar por verdades universales y eternas. Las creemos, las engordamos, las pasamos y las escupimos. Así, hasta que adquieren su forma última. Es lo que pasa con los rumores, los bulos, las creencias y demás. La otra parte de lo que trato de decir. La más peligrosa, la más extendida… Igual que antes, también está exponencialmente presente en las redes; donde no nos tenemos que preocupar tanto por aquello que nos hace animales sociales, donde la empatía y la convivencia son virtuales.

  Sobre ética suele ser relevante recordar a Sócrates. Él (no sé si de verdad o como personaje) solía preguntar al que iba a opinar sobre otra persona tres cuestiones. Al final, su propósito era averiguar tres datos concretos: la veracidad de lo que se dice, la bondad con la que se dice y la utilidad de ese mensaje. Pensando sobre esto hoy en día —en la situación que sea—; me hace gracia la cantidad de veces que decimos cosas que sabemos que no son ciertas, que sabemos que harán daño a alguien y que sabemos que son inútiles.

  Creo que si haces estas cosas —contar mentiras, hacer daño a la gente y soltar tonterías— a propósito, es fácil pararte los pies y reprenderte. Lo malo es que lo estés haciendo desde el paraguas de la ignorancia. Ahí sí que tenemos —y lo tenemos— un gran problema como sociedad. Lo que yo creo que debemos pensar —mientras les decimos a los niños que tengan cuidado en Internet y esas cosas— es cuántas veces nos creemos las mentiras de los otros, nos entretenemos con la vida de los demás y nos preocupamos por cuestiones que, en el fondo, nos resbalan.

  Al menos, estaría bien filtrar un poco las opiniones con el mismo filtro que utilizamos con nosotros mismos, es decir, con esa reflexión socrática y preguntarnos: ¿creo realmente lo que me está diciendo? ¿Es útil esta información para mí? ¿Me hace daño a mí o a otra persona? Como mínimo, estaríamos siendo infinitamente más justos. Como ya se verá, no me meto con las opiniones en sí; sino con el hecho de manifestar o comunicar esas opiniones a los demás tan a la ligera.

  Desde mi punto de vista, formarnos opiniones cada día es algo natural y lógico. Es coherente con una mínima esperanza de vida. Ayuda a sobrevivir. Me vienen a la cabeza los prejuicios, por ejemplo, que tienen mucho contenido perverso y peligroso, sí; pero que también pueden salvarte de situaciones indeseadas. La clave del éxito radica en lo mismo. Está en la voluntad de cambiar, sin problemas ni dogmas, de opinión. Todos sabemos, en el fondo, que el cambio existe. Lo que nos negamos es la voluntad del mismo. ¿O tienes los mismos prejuicios que de chaval? ¿Las mismas opiniones que con cinco años?

  Para todos los artículos del presente blog que surjan en el futuro me reservo esta única premisa. Solo así me atreveré a opinar sobre la actualidad o lo que sea. Solo si se me permite, día a día, poder modificar esas opiniones puedo tener el valor para escribirlas. ¿Trato hecho?