En general, todo el mundo sabe la diferencia entre lo público y lo privado. Si estoy en casa, con la familia o pensando en mis cosas, estaré en el terreno de mi privacidad. Por el contrario, si doy un paseo por la calle, charlo con una persona en la plaza o toca la hora de entrar a trabajar, la esfera que debo esperarme es la pública. Hasta aquí, parece fácil. Sin embargo, no siempre tenemos claro el límite entre ambos ámbitos. De hecho, su limitación no ha sido la misma todo el rato, ni significa lo mismo para todo el mundo.
Existen algunos conceptos,
realidades y situaciones que solo pueden darse si se oponen a sus contrarios.
Completando, de esta forma, un constructo en el que forman un todo que
vislumbramos casi sin darnos cuenta y creemos entender. Algunos ejemplos
fáciles de imaginar son la luz y la oscuridad, el bien y el mal, o el todo
frente a la nada. Nótese que no puede existir la luz sin la oscuridad, ni el
bien sin el mal, ni el concepto del todo sin la nada. Esto, en esencia, es lo
que pasa con lo público y lo privado.
¿Por qué algo es privado? Muy fácil,
¿no?, porque pertenece a alguien. Se diferencia de otra cosa que no le
pertenece a esa persona. Si yo tengo un objeto en la mano, puedo reclamarlo
como mío y no dejar al resto que me lo quite o lo utilice. Defiendo, así, mi
derecho a defender algo como mi propiedad. Esta dicotomía entre lo público y lo
privado no siempre fue como es ahora. Si piensas en ciertas tribus del pasado,
por ejemplo, verás que hay cosas que son de la tribu, aunque no son necesariamente
públicas, pues su tribu puede considerarse como una gran familia. Eran, pues,
parte de lo privado. Un concepto de privacidad colectiva.
Pensemos en los pronombres
personales. Seis formas (con variantes que ahora no vienen al caso) para
diferenciar el singular, que representaría en este ejemplo lo privado; del
plural, que se encargaría de lo público. El asunto no termina ahí, hay un matiz
igual de importante. El simple hecho de utilizar cualquiera de ellos ya muestra
algo ancestral y biológico, ya explica la primera piedra de esta compleja
construcción que llamamos sociedad; pues diferencia lo que nos pertenece de lo
que no es de nadie.
Hace referencia a un concepto
totalizador, es decir, aquello que es común a todos. En este sentido, ya los
animales (y nosotros como ejemplo de una especie animal) diferencian su
territorio del resto del mundo. En algunos casos, defienden y luchan por ese
territorio, que es suyo, o de su grupo, frente al resto del mundo, incluyendo a
miembros de su propia especie. Es la base del yo frente a lo demás; y del nosotros,
como grupo, frente al ellos (los que
no son nosotros).
De hecho, antes de poder hablar de
algo como público, es necesario que se mueva dentro de un planteamiento
específico: ser de todos nosotros, de nuestro grupo o, al menos, tener el
derecho a utilizarlo. ¿Cómo regulamos aquello que concierne a lo público, a las
ciudades (polis)? Con la política.
Repasemos brevemente la base de eso que metemos dentro de esta palabra que
maneja las cosas públicas, repasemos las dos corrientes principales de lo que
llamas derecha e izquierda.
Los liberales (como ejemplo de lo
que llamamos derecha) tienen muy
claro estos conceptos. Sus máximas fundamentales (en general y reservando las
diferencias entre corrientes) giran en torno a lo más esencial para ellos: el
individuo (el yo en los pronombres
personales). Por eso, hablarán de derecho a la propiedad privada, de igualdad
ante la ley y de libertad individual. Por consiguiente, querrán un Estado
mínimo (regulación mínima de lo público) para velar por esos derechos y un
libre mercado para poder realizar todo lo que sean capaces.
El problema es que una persona sola
no es capaz de abarcar mucho. Para eso se crean empresas y grupos empresariales
enormes (ya hay ahí un nosotros) que
quieren hacer crecer con las mismas reglas que tienen para los individuos. Lo
malo es que en este sentido ya estamos en el terreno de lo público, aunque sea
dentro de un grupo de personas limitado (aunque resulte enorme). Es, como
comprenderás, una forma de cosa pública, aunque no dependiente de la forma
política actual, el Estado. Termina, además, socavando los derechos
individuales de los que menos tienen y velando solo por sus propios asuntos;
amén de la destrucción indiscriminada del entorno o de los grupos minoritarios.
Los de izquierdas, por el contrario,
se fijan en lo público y en los derechos sociales para tratar de hacer una
sociedad igualitaria porque parten de la idea de que los recursos no son solo
de unos pocos, sino de la colectividad. Hay que repartir y redistribuir la
riqueza que se genera con ellos para que la sociedad avance y no se pisen los
derechos de las personas. Además, esos recursos no terminan adquiriendo la
forma de otros productos ya elaborados o procesados. Hace falta ayuda, es
decir, mano de obra.
Ahí tienes la base de la lucha de
clases y los postulados de muchos de los movimientos que han existido, con sus
incontables y relativamente pequeñas diferencias. Algo común en todos ellos
(menos en uno que todos tildan de utopía) es la necesidad de un Estado fuerte
que controle a los más poderosos y vele por esa distribución. Lo malo es que
puede acabar en gobiernos totalitarios, corrupción o dividiendo parte de la
sociedad mediante la utilización (y creación) de grupos minoritarios a los que
“salvar”.
Las dos posturas tienen, además,
algunos vicios comunes que pueden terminar con el sistema justo en el sitio más
peligroso; ese que coincide con las propuestas anteriores más siniestras e
injustas; ahí donde nace la esclavitud, la sociedad estamental del Medievo o
las tiranías. Formas todas de pervertir y confundir aquello público con el
derecho de unas personas (o familias) frente a otras.
Cualquiera que lea estas palabras se
dará cuenta de que la relación entre lo que debería regular lo público (la
política) y el concepto de partidos y grupos políticos; sean de derechas o de
izquierdas; es, cuanto menos, discutible. Al menos, así pienso yo. Por
desgracia, es, como poco, relevante en este tema; pues son las grandes
propuestas de nuestro tiempo en ese concepto, algo loco, que llamamos
Occidente. Suena más a dinámicas y pulsos de poder hacia la población. Es
verdad.
Con esta pincelada queda claro que
la política que conocemos todos no funciona para manejar eso que decimos común,
es decir, perteneciente a la cosa pública. No es ya una cuestión de qué
corriente te parezca mejor; es que, simplemente, ninguna se encarga de lo que
se supone debe encargarse. Por esta fundamental y sencilla razón, digo yo que
habrá que hacer algo para alcanzar un consenso común sobre aquello que nos
concierne a todos. Algo que nada tiene que ver con esta dinámica del poder. Ya
vemos que estaríamos en otro tema de conversación, en otro asunto distinto. Lo
que aquí tratamos de mejorar es aquello que sentimos como público. Nada más.
Para eso, lo que tendría que pasar
es que recuperáramos cierto control, sin importar a qué grupo de influencia le
toque el pastel cada cuatro años. Eso pasaría despolitizando más y mejor nuestros
más preciados recursos. Sí; me refiero a la Sanidad, la Educación, el Medio
Ambiente, la Justicia, la Cultura, y a cualquier otro ámbito de esos que, en su
día, logramos democratizar entre todos. Un equilibrio de poder que trate de ser
real y se base en el consenso de las
colectividades más allá de a quién le toque gobernar. No en vano, nuestras
leyes, en teoría, así lo prometen mediante la separación de poderes; aunque sea,
en teoría.
Así volverán a ser nuestros, comunes, de todos nosotros; así haríamos planes a largo plazo que exijan directrices a los políticos de turno; así daríamos a los profesionales de cada sector la posibilidad de hacer su trabajo con garantías, dignidad y auténtica soberanía sobre los temas en los que se han preparado; así saldríamos de ese futón barato en el que nos despachan cuando toca.
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