Un lugar para repasar Lengua castellana y literatura. Un lugar para comentar sobre autores, obras, curiosidades, lecturas y formas de escribir. Un lugar para la fantasía en lengua española.
Sobre reinos, naciones e imperios
Fray Luis de León
Nació en Belmonte, Cuenca (1527/8), y murió en Madrigal de las Altas torres, Ávila, en 1591. Fue un poeta, pero también un religioso agustino, un astrónomo, un teólogo y un humanista de la escuela de Salamanca (catedrático).
Fue uno de los poetas más importantes de la segunda fase
del Renacimiento del siglo XVI (segunda mitad del siglo/reinado de Felipe II)
junto con Alonso de Ercilla, Fernando de Herrera o los místicos san Juan de la
Cruz o santa Teresa de Ávila.
Su vida estuvo dedicada a la reflexión, el estudio, las reformas teológicas, la teología o su labor de traducción, entre otras. Fue, además, un hombre influyente en su época, para bien o para mal, que no dejó indiferente a nadie. Tuvo problemas con otros religiosos y con la Inquisición por traducir textos sagrados (Cantar de los Cantares, por ejemplo) y por su afán reformador, propio de una época plagada de cambios. Con todo, fue, en general, un hombre activo y respetado en círculos teológicos e intelectuales.
Perdió el puesto en la Universidad de Salamanca los años
que estuvo preso y juzgado por saltarse los mandatos que no permitían traducir
del hebreo el citado texto. Recordamos aquí que estamos en una época muy
marcada por las reformas protestantes en Europa, así que el celo de la Iglesia
sobre la interpretación libre de los textos sagrados era mayúsculo. Tras mucho
deliberar, pudo demostrar que lo hizo con fines privados; por lo que, al final,
quedó libre de cargos. En el fondo, los verdaderos motivos de este proceso
fueron rivalidades y rencillas personales, es decir, envidias que despertaba en
otros religiosos.
No fue este episodio el único problema que tuvo, pero sí
el más largo y el que le mantuvo preso unos cuatro años. Fue un proceso
inquisitorial que se alargó casi cinco. Como anécdota, cabe destacar que acabó
logrando otra cátedra, la de teología, en la Universidad. El día que volvió,
continuó sus clases, como si nada hubiera pasado: “como decíamos ayer”.
El propio fray Luis dividió su obra en traducciones de
clásicos (Geórgicas y Bucólicas de Virgilio y otros), traducciones bíblicas
(Libro de Job, salmos y Cantar de los Cantares) y su obra original. Repasaremos,
como es lógico, la original. Es bastante breve. Se compone de menos de cuarenta
poemas. La mayoría pertenecen al género clásico de la oda, aunque también hay
algún soneto juvenil enmarcado dentro de la tradición petrarquista.
Aunque hay dudas sobre la datación exacta de algunos, sus poemas suelen agruparse en tres periodos: antes, durante y después de la prisión.
Los escritos, pues, antes de 1572 son: Oda a la vida retirada, La profecía del Tajo.
Aquí nos encontramos con un autor moralista dentro de la tradición clásica.
Veremos deseo de soledad y desprecio por los placeres mundanos.
En la segunda época, de 1572 a 1577, sus textos dan
cabida a contenidos religiosos y a quejas por la injusticia cometida con él.
Algunos ejemplos son Noche serena, En la
Ascensión, A la salida de la cárcel.
Los posteriores a 1577 muestran el espíritu de un
escritor más apaciguado y un anhelo de armonía e infinitud. Por otro lado,
también se nota cierta nostalgia del paraíso evocado y un misticismo
intelectual. Claros ejemplos serían algunas de sus odas: Oda a Francisco Salinas, a Felipe Ruiz, a Pedro Portocarrero…
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| Vida retirada... |
Los temas predilectos de sus poemas son la naturaleza, la
añoranza del campo y la vida de aldea, la noche, la serenidad, la música… Su
temática indica que escribir le servía a fray Luis como catarsis lírica para
olvidar sus desgracias y sus tormentos interiores; pues su vida, su existencia,
fue lo contrario a lo que deseaba. Estuvo llena de actividad, compromisos,
ciudad… Además, muestra una sensibilidad exquisita.
Los motivos de la poesía de fray Luis tienen su origen en
la tradición clásica neoestoica y neoplatónica. Eso sí, entendidos desde la
perspectiva cristina. Deseo de armonía, paz y serenidad en compañía de Dios,
sentimientos ajenos a su día a día cotidiano. En él será de especial relevancia
el tópico Beatus ille, mediante el
alejamiento del mundanal ruido, la búsqueda de una descansada vida, la
contemplación de una noche estrellada o la armonía sentida al escuchar notas
musicales. Una moral acorde con el dominio de las pasiones, la exaltación de
las virtudes clásicas, etc.
Este anhelo de
vida retirada y sencilla lo conduce de forma natural y orgánica dentro del
concepto cristiano del mundo, es decir, a la añoranza del cielo como la suprema
liberación. Su poesía suele entenderse como la nostalgia del desterrado en la
tierra. Ansiará unirse con Dios, la perfección, etc. Vemos un anhelo que lo
acerca a la experiencia mística, pero desde un prisma intelectual (éxtasis
intelectual) que intuye la armonía universal; aunque desde la prisión terrenal
que es la vida misma, desde el dolor.
Su estilo es deudor de las tradiciones literarias de las que parte, que son la Antigüedad grecolatina y los textos bíblicos. Por otro lado, bebe también de la poesía renacentista, especialmente la de Garcilaso, que ya aunó las formas nuevas italianas con la tradición española.
Los textos y la filosofía grecolatina le proporcionan los
temas que utiliza, el fondo de su pensamiento. Los textos bíblicos las imágenes
y los motivos. Por último, Garcilaso y el Renacimiento le brindan las formas.
De ahí procede la estrofa favorita del autor, la lira. Su combinación de
heptasílabos y endecasílabos le permite combinaciones métricas eficaces.
Su poesía es sencilla en apariencia, pues entreteje
elementos tradicionales en un sólido y complejo molde de imágenes e ideas. Su
composición de versos está muy depurada. Se nota su preparación y su enorme formación
lingüística. Recuérdese en este punto su labor como traductor y su pasión por
el lenguaje para entender la solidez de su construcción poética, siempre dentro
de la norma renacentista de elegancia y sencillez.
Un rasgo peculiar del autor es que sus poemas se dirigen
a una segunda persona, lo que explica el carácter conversacional que suele
encontrarse, con abundantes enumeraciones, exclamaciones/interrogaciones
retóricas o exhortaciones. Además, su concienzuda elaboración se ve en el uso
de abundantes figuras retóricas para expresar y dibujar con precisión y belleza
sus ideas e imágenes. Estos recursos le servirán para embellecer sus poemas en
fondo y forma, por lo que veremos usos de asíndeton,
polisíndeton, hipérbatos, aliteraciones o encabalgamientos; pero también hipérboles, metáforas o personificaciones para
crear esa imaginería cristiana y convencer sobre temas morales clásicos.
Si hemos estudiado a Garcilaso como el primer poeta del
Renacimiento, como el que modela el estilo de la época y de España (con Boscán
y otros) y como poeta del Amor; fray Luis será el poeta de la moralidad renacentista por excelencia.
Además, nos servirá como punto intermedio para encarar el último gran aporte de
la poesía del Renacimiento español: la poesía mística del XVI.
Eso lo veremos en la entrada siguiente. Con todo, cabe destacar que dejamos fuera innumerables poetas, como Fernando de Herrera, en esta época de impresionante labor literaria. Puede que los veamos más adelante, pero no quiero olvidar el objetivo de este blog, que no es otro que introducir y valorar lo más esencial de nuestra literatura, aquello que la hace una de las más potentes e influyentes del mundo.
La vida del orco



Presentación y publicación de la novela Noches de Abrojos
La entrada de hoy es especial. Consiste en compartir esta experiencia con vosotros. Espero que os ayude a seguir avanzando en vuestro camino como escritores.
Podéis adquirir la novela en la página de la editorial Malas Artes o en cualquier librería.
Garcilaso de la Vega
Nace en Toledo entre 1491 y 1503. Muere en Niza en 1536. Tuvo una vida breve pero intensa. Se relacionó con el emperador, con la casa de Alba, etc. Estuvo en varias campañas militares, hasta que muere en Francia al intentar tomar una fortaleza. Baltasar Castiglione lo definió como un hombre culto, elegante, valeroso y hombre de letras.
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| Tumba de Garcilaso |
Es el prototipo de cortesano renacentista, un noble de familia importante (con amigos más importantes todavía) y un militar relacionado con la corte y las guerras en Italia, Francia, etc. Es el modelo clásico de armas y letras. Como él mismo dijo, Garcilaso vivió “tomando ora la pluma, ora la espada”. Como poeta, que es lo que aquí nos interesa, es el más influyente del Renacimiento español, pero también del Barroco. Una figura clave que unirá lo viejo y lo nuevo para encontrar una voz propia, casi una metáfora perfecta de lo que significó España en la época de Carlos I.
La poesía de Garcilaso, junto a su amigo Juan Boscán, nos
brindará la oportunidad de adoptar los nuevos estilos italianos de Dante,
Petrarca o Sannazaro (autor contemporáneo al toledano) al español y a la poesía
anterior, que todavía en la primera mitad del XVI era la más oída.
Se suele dividir su obra en tres etapas definidas en función
de su estancia en Nápoles. La primera etapa está enmarcada dentro de la poesía
de cancionero del siglo XV. Cultivó en esta época una poesía arraigada. Aunque
ya comienza a practicar algunas formas italianas, predomina el octosilábico
castellano y no se ven elementos petrarquistas en sus versos.
Lo característico de esta etapa es el silencio intimista,
la austeridad imaginativa, la desatención de la naturaleza (y todo lo
exterior), y que los artificios formales que presenta (juegos de palabras,
derivaciones, antítesis…) son del gusto de la poesía cancioneril. Además; igual
que a otros autores renacentistas como Boscán, Gutierre de Cetina o Fernando de
Herrera; tuvo influencia del valenciano Ausìas March, un autor tardo medieval
(XV) con un estilo cuidado y personal que se salía de las modas y costumbres de
su tiempo
La segunda etapa es la que se vincula con su contacto con
Italia y con el Humanismo. En Nápoles, su poesía se adentra en el petrarquismo.
Garcilaso imita temas, estilo y repertorio de imágenes de la belleza, así como
los elementos de la naturaleza empleados para retratar a la amada y describir
la vivencia amorosa del poeta.
Dentro de los contemporáneos, Garcilaso será influenciado
por Ludovico Ariosto y, principalmente, por Sannazaro. De hecho, la lectura de La Arcadia llevó al poeta español a
incluir en sus composiciones pastores caracterizados por su melancolía y por un
ambiente idealizado. Gracias al contacto con el Humanismo, el de Toledo se
interesó en leer a los clásicos Virgilio, Horacio, Ovidio…; lo que también
incluyó en su poesía.
La última etapa es la más lograda, cuando encuentra su
propia voz personal. Por tanto, la obra de Garcilaso no es una mera imitación
de modelos locales o italianos; sino que alcanzó una plenitud expresiva raras
veces conseguida por nadie. Dicho con otras palabras: cogió los elementos de
toda la evolución literaria de Castilla y de otros lugares de España, se empapó
de nuevas formas expresivas (las renacentistas) y, para terminar, logró
hacerlas suyas y crear una cosa nueva y deferente, adaptada al español y al
bagaje cultural peninsular.
Su obra, preparada para su edición por su amigo Juan
Boscán, fue publicada de forma póstuma en 1543. Es escasa: una oda (Oda a la flor de Gnido), una epístola en
verso a Boscán, dos elegías, tres églogas, cinco canciones, unas pocas
composiciones al estilo tradicional y 38 sonetos.
Aún así, esta breve producción modificó el rumbo de la
lírica castellana. Le otorgó su definitiva configuración, la modernizó. Los
sonetos garcilasianos, tras el intento del Marqués de Santillana, son la
aclimatación definitiva de la estrofa al español. En ellos, desarrolla, en
esencia, el sentimiento amoroso. Un amor neoplatónico en el que no falta la
indiferencia de la dama, el dolor del amante, la esperanza o la desesperanza.
Es importante en Garcilaso y el tratamiento del tema
amoroso, al estilo de Petrarca, su muestra de melancolía y cómo analiza los
sentimientos provocados por el amor no correspondido o por el perdido (por
ejemplo, por la muerte de la amada). Para describir a la amada usará unos pocos
rasgos físicos; en cambio, para dibujar el mundo interior del poeta, del “yo”
poético, se empleará a conciencia. No será hasta su madurez artística final que
asuma una verdadera sentimentalidad renacentista suave y melancólica.
En las elegías se descubrirá una influencia directa de
los clásicos y una actitud estoica ante los sucesos adversos, aunque no exenta
de un tono vitalista y optimista muy de la época. Las églogas (composiciones
más largas en las que varios pastoriles dialogan sobre temas, generalmente
amorosos, en un entorno idílico), junto a algunos sonetos, son la culminación
del talento poético de Garcilaso. Las églogas de Garcilaso condensan toda la
riqueza de su mundo poético y es donde su sinceridad se aproxima a la
confidencia, pese al convencionalismo de la tramoya pastoril. Las tres églogas
fueron compuestas durante su estancia en Nápoles. Son tres églogas.
La Égloga I, que consta de 421 versos distribuidos en
estancias, contiene los monólogos de dos pastores; Salicio, con sus tristes
quejas por el rechazo de su amada Galatea; y Nemoroso, que llora la muerte de
Elisa. De esta forma, plasma el debate entre amar y haber perdido frente al
amor no correspondido. El poema concluye en una atmósfera de melancolía y de
afirmación del “dolorido sentir” como
condición de la existencia humana. Hay una mezcla de sincera confesión y
contención sobria. Se percibe en el poema la emoción y la pasión de un amor
vivido. Hay que resaltar la frecuencia de las exclamaciones y preguntas, la
hipérbole al tratar el proceso amoroso y la identificación de la naturaleza con
el sentimiento de dolor del poeta.
La Égloga II fue la primera que escribió. Es la más
extensa y la única que presenta una acción dramática. La trama se centra en el
amor no correspondido de Albanio hacia Camila. Albanio intenta suicidarse y
relata sus desventuras a su amigo. Por su parte, Nemoroso, además de referirse
a sus propias experiencias amorosas, elogia las hazañas del duque de Alba,
protector del poeta. Así vemos cómo se cruzan los temas de amor con la política
de la vida del autor.
La Égloga III, para muchos la obra más lograda de
Garcilaso, está escrita en Octavas reales.
En ella, cuenta que, a orillas del Tajo, cuatro ninfas bordan en sus telas
sendas historias de amor y muerte (la historia de Orfeo y Eurídice, la de Apolo
y Dafne, la de Venus y Adonis y la de Elisa y Nemoroso). La inclusión de la
historia amorosa de Garcilaso (la historia de Elisa (Isabel Freyre) y Nemoroso
(Garcilaso) supone una reelaboración artística considerable, pues la vida se
transforma en poesía que, a su vez, se transforma en tema de pintura. Esta
égloga sobresale por la soltura en el uso de los recursos literarios, por su
perfecta estructura y, si la comparamos con las otras dos, por un mayor
distanciamiento en la expresión del sentimiento amoroso del poeta.
Como puede observarse, el amor es el tema predominante en
la poesía de Garcilaso. Su concepción de este es marcadamente neoplatónica, con
huellas de la tradición petrarquista. El de Toledo oscila entre la esperanza y
la desesperanza, se recrea en su dolor como amante y en la indiferencia de la
amada, así como el uso de secreto del amor cortés o el análisis agudo de
diversos estados de conciencia.
Su poesía
transmite una fuerte sensación de sinceridad, que se ha relacionado con el
carácter autobiográfico de los poemas de Garcilaso. Conviene decir que era
propia de la poesía de la época una cierta “retórica
de la sinceridad”, que pretendía que los sentimientos expresados en los
versos transparentaran cierta idea de verdad. En este sentido, puede advertirse
una evolución en la poesía de Garcilaso desde sus primeras composiciones, más
próximas a la lírica cancioneril y sus tópicos amorosos, hasta sus poemas de
madurez impregnados de la nueva sentimentalidad renacentista, más sutil y
melancólica.
Otro tema muy presente en este autor indispensable de
nuestra literatura es la naturaleza, utilizada como entorno estilizado e
idealizado en el que los
personajes se quejan de sus cuitas amorosas, pero también como confidente que
escucha y consuela a los pastores en sus quejas (aquí se ve la influencia de
Virgilio). La utopía pastoril tiene un innegable carácter idealista y en ella
las relaciones humanas y económicas se atienen a los modelos que la inmutable
naturaleza ha establecido.
Para finalizar esta entrada conviene hablar un poco de la
métrica y el estilo de Garcilaso, que, como veremos, influirá decisivamente en
toda la poesía posterior. De hecho, su labor poética se inscribirá en un
fenómeno mucho más amplio, la lírica española de los siglos XVI y XVII. La
nueva lengua poética se ajusta a los ideales renacentistas de naturalidad y
elegancia. Su lenguaje es aparentemente sencillo, fluido y natural. Busca el
equilibrio clásico entre la pasión y la contención. Este deseo de armonía se
refleja en la frecuente simetría de sus estructuras poéticas: versos bimembres,
elementos duplicados o triplicados, paralelismos sintácticos, etc.
El tono de su poesía es dulce, triste y melancólico, como
revelan los adjetivos antepuestos, uno de los rasgos más característicos de su
estilo: dulces prendas, dulce nido,
triste canto, triste y solitario día, cansados años… A este tono contribuye
también la novedosa métrica garcilasiana, con predominio del endecasílabo,
frecuentemente asociado al heptasílabo, lo que le proporciona una gran libertad
expresiva. Es, asimismo, un verso muy musical por la acertada combinación de
acentos y rimas, por sus aliteraciones, hipérbatos, etcétera.
Todo esto es fruto del contexto histórico y literario en que se movió y de los sistemas poéticos que conoció. El primer tercio del siglo XVI es una época de intensa innovación y apertura que Garcilaso vivió en España y en Italia.
Sobre la Identidad
He querido reflexionar un poco sobre este concepto tan cambiante, subjetivo y polifacético que es la identidad. Veo que las personas asocian muchas cosas a lo que sienten como su propia identidad, es decir, a sus señas de identidad. Unos miran a su pueblo, su ciudad, su territorio más cercano o su país. Otros lo miden en función de su religión, sus creencias o sus valores, incluyendo su ideario político y otras cosas como la cultura o la etnia. En un tercer grupo estarían los que se fijan más el aspecto sexual, de género y aquello que sienten por dentro. Por último, están los que marcan sus señas de identidad por factores sociales como la familia, los amigos, los intereses, la economía, el estatus o las aficiones (música, juegos, deportes…).
La realidad es que consciente o
inconscientemente son todas estas señas distributivas lo que forma cada una de
nuestras identidades particulares. Al final, es una gigantesca suerte de
infinitas opciones. Tantas como personas hay en la Tierra. Eso sin contar con la
posibilidad de tener más de una identidad.
Hasta aquí, por mí perfecto. Cada
uno es bien libre de sentirse como quiera. No seré yo el que ponga eso en tela
de juicio. Lo que sí debo reflexionar es sobre el hecho en sí de marcar estas
señas de identidad ad infinitum, pues
el resultado final es el mismo que el que uno particularmente quiera. Esto es
lícito, pero no por eso resulta necesariamente lógico o vinculante para
objetivos subsiguientes. Por tanto, debería quedarse en el terreno de lo
anecdótico y lo particular de cada uno.
Por el contrario, sí hay algunos
elementos tangibles y objetivos en el tema de la identidad que no suelen formar
parte de la identidad de ninguna persona, pueblo, etnia o lo que sea. Son cosas
tan obvias que no queremos verlas como parte de nosotros, aunque todos lo
sabemos de sobra. Me refiero a hechos tan simples como la definición objetiva
de lo que somos. ¿Qué somos? Seres humanos, personas.
Toda definición de identidad de una
persona debería pasar citando el hecho de que es una persona. Al ser una
persona, debería también decir que es un animal. En este caso, es un ser humano
al diferenciarse de otros animales; pero sin olvidar que es un animal para
diferenciarse de aquellos seres vivos que no son animales. Como animales, nos
hemos diferenciado de otros seres vivos, pero también nos seguimos definiendo
como vivos en contraposición a lo inerte. Del mismo modo, al etiquetarnos como
personas, deberíamos entender todos que somos parte de una colectividad, es
decir, terrícolas.
Temo que nunca veamos esto sin la
ayuda de alguna especie invasora de fuera del planeta. Por muy sencillo que
sea. ¿O conoces a alguien que no sea un animal, un ser vivo o un terrícola?
Estas etiquetas lógicas no terminan aquí, pero no quiero extender mucho el
hecho porque creo que ya se entiende bien. Sí te daré otras pistas que podrían
identificarnos a todos nosotros: primates, bípedos, mamíferos, etc.
Parece que no nos interesa vernos de
esta forma, que es mejor fijarse más en las pequeñas diferencias, por
subjetivas y endebles que sean en algunos casos. En parte, puedo entenderlo,
pues nos identificamos en relación al entorno más cercano. Sin embargo, en una
sociedad global como la actual, estamos llegando al punto que si no empatizamos
entre nosotros sobre qué es lo que realmente somos como colectividad,
terminemos equivocándonos sin remedio y no veamos lo ligados que estamos al
resto de animales, de seres vivos o a la Tierra en sí misma.
Volvamos a las señas que sí solemos
tomar como propias para identificarnos a nosotros individualmente, en grupo o
en contra de otros. ¿Cómo de objetivas o inventadas son? Esta pregunta es
extremadamente difícil y polémica. Habrá que contestarla con sumo cuidado y
entender que he comenzado el texto respetando la identidad que cada uno quiera
tener de sí mismo. Con todo, sí me gustaría explorar los cimientos reales para
sustentar estas etiquetas como un sistema racional de identificación desde el
exterior, independientemente de cómo se sienta cada uno por dentro.
Siguiendo con la biología, toca ver
esas dos etiquetas tradicionales de género binario que manejamos todos. Hombre
y mujer, la eterna pareja. Puede parecer neutral qué es ser hombre y qué es ser
mujer. En principio, lo es; pero, lo cierto es que hemos ido poniendo
condicionantes a estos términos y hemos cerrado mucho las opciones. Yo creo que
hay muchas formas de ser un hombre y muchas de ser una mujer, tantas como
hombres y mujeres existen. Sin embargo, tendemos a simbolizar ciertos
atributos, roles y deberes a estos dos grupos y los encorsetamos, los
asfixiamos, los cosificamos.
Ahí está el error, en pretender que
ser hombre o mujer signifique lo que unos querían en el pasado y muy pocos
quieren ahora. Si cada uno pudiera ser hombre o mujer según quiera cada cual
serlo, habría menos problemas con este tema. Se podría hablar más abiertamente
sin que te comiencen a encerrar con etiquetas absurdas, populistas y
desfasadas. Con todo, creo que es una dicotomía que funciona bien en la gran
mayoría de los casos (si estuviera más abierta y libre de ideología). Es, sin
duda, práctica y coherente desde su campo de estudio.
Por otro lado, sí hay, como digo, un
margen de error en toda clasificación, sobre todo cuando sale de su lugar y
aterriza en otro; así que qué mínimo que respetar la identidad de cada uno. No
seré yo el que le diga a nadie cómo debe sentirse. En este sentido, habría un
tercer grupo que tenga que abarcar toda identidad de género que se salga de
esta propuesta bimembre.
Siguiendo con las etiquetas que sí son
objetivas, me topo, cómo no, con el lenguaje humano. Lo explicaré de forma muy
sencilla, es decir, con mi lenguaje, con el español. Es innegable que mi lengua
materna es el español. Eso, quiera o no, me define sin remedio, pues estoy en
un grupo de gente, dentro de todos los humanos del planeta, que habla español.
En concreto, en un grupo que piensa y vive en español. Insisto en que no va de
lo que creo o lo que siento, va de hechos innegables. Ese mismo camino me lleva
a algo que pone en el DNI, mi país. No pone si me gusta o no me gusta el hecho
en sí. Solo pone que soy español, es decir, que soy un ciudadano de un país que
se llama España. Lo demás sería ya harina de otro costal.
En este sentido, también es
irrefutable que cada persona vive en un lugar. Lo puedes llamar pueblo, casa,
ciudad, comarca, territorio, barrio o como quieras. El truco aquí está en que
sí, estamos en un lugar o en otro y eso nos define; igual que la pertenencia a
una familia, una etnia o a otra colectividad, la que sea; pero eso no quiere
decir que seamos de una u otra forma por ese hecho. Ahí ya entraríamos en
generalizaciones simplistas, sesgadas y torticeras para etiquetarnos,
subvencionarnos o estigmatizarnos.
Estos factores sociales o culturales
como la religión, los amigos, la generación, el estatus, los intereses, las
aficiones, el trabajo, etc. son como la ideología, la cultura, las creencias,
los valores o tu sexualidad, es decir, señas de identidad personales e
infinitas que no deberían ser importantes para los demás. Simplemente
deberíamos ser libres de identificarnos con cualquiera de ellas, sin más. No
tendrían que ser relevantes para el resto, pues son esenciales para cada uno.
¿No merece eso el máximo respeto, que es el respeto que no juzga, no habla, no
señala?
Quiero ir terminando esta pequeña
reflexión de identidad con un tema complejo que ahora se suele identificar con
el color o el origen, y que antes lo hacía con las razas. Si has leído hasta
aquí y no echabas en falta esta categoría, vas bien. Identificar al resto por
colores es tan absurdo como hacerlo por el color de los ojos, el pelo, la
estatura o cualquier atributo físico irrelevante para los demás.
Llego al final del artículo sabiendo que podría haber estirado el tema muchísimo, pero con ganas de concluirlo con un pensamiento concreto: que no se señale a nadie por su identidad, que se tenga libertad real para sentirse como un quiera, que no se manipule a los demás con ese pretexto y que no se discrimine por ello; pero también que no se formen chiringuitos y absurdeces con las pobres minorías, que no necesitan más que un poco de normalidad y libertad.
Sobre lo objetivo y lo subjetivo
Vivimos en una época en el que, sin duda, reina lo subjetivo. Hasta tal punto llega, que lo objetivo es visto como una opinión más, igual de válida, o no, que aquello que siento y sufro de forma subjetiva.
La distinción, en teoría, de estos
conceptos es sencilla. Lo subjetivo es cómo ves las cosas desde tu perspectiva,
desde tus emociones, en definitiva, desde tu propio prisma deformado e
interesado. Lo objetivo, en cambio, pretende ser algo medible que pueda verse
de forma similar por todos. Por ejemplo, si se demuestra que un político ha
recibido algún dinero ilícito por hacer su trabajo; no sé, alguna comisión o
“mordida”; es objetivo que se ha saltado la ley. Sin embargo, según tus
creencias, tu ideología o lo que sea que te mueva; verás ese hecho desde tu
prisma, por lo que tu opinión será subjetiva.
En muchos casos, lo objetivo no es
algo fácil de ver. Algunos lo rechazan de plano porque no es un axioma
científico inamovible en el sentido estricto; sin embargo, en el ámbito de lo
social, lo cultural o lo humano, es lo más parecido que existe. Al menos,
mostrará hechos, datos, gráficas, etc. Gracias a eso, puede haber leyes, normas
y reglas comunes en sociedad. Lo más parecido para acercarnos a la idea inalcanzable
de eso que llaman Justicia.
Este concepto tiene, además, un
problema grave de cara al público: es feo, anda raro, como escondido. Tiene
complejos, deformidades y no suele caer muy bien; pues te dice la verdad, así,
sin miramientos, sin escrúpulos. Por otro lado, no suele estar de buen humor.
Anda triste, sin amigos. Muchos le dicen que huele mal, por eso se le margina. Como
puedes imaginar, no lo tiene fácil para socializar. Es cierto, le cuesta
bastante. No lo puede remediar. Él es así y, al contrario que cualquiera de
nosotros, no puede cambiar. Diré más, no debe. Un leve cambio le lleva a su
opuesto. Así de crudo lo tiene para ser aceptado el concepto de lo objetivo.
Su compañero (su contraparte), en
cambio, siempre fue un tipo resultón. Siempre de moda. Eternamente joven.
Sociable, simpático y amigable. Una apariencia sin par. Con todo, creo que
también está triste, cansado de acomodarse a todos. Cansado de mentir por los
demás. Me dijo un día, en confidencia, que se sentía, en el fondo de su alma,
solo y vacío. Al principio me resultó irónico, pues es de los que andan por
ahí, en compañía de todos, con innumerables amigos y conocidos. Al poco rato,
puede comprenderlo mejor: estaba aturdido por la fama, acosado por los fans y
harto de no poder ser él mismo. Algo me dice que solo una cosa podría
consolarlo: reencontrarse y poder entenderse con el otro. Sí, con lo objetivo.
De esa forma, con algo de suerte, recuerde cuál es su lugar en el mundo.
Es cierto que con las cosas
objetivas también se puede mentir y manipular. No tienes más que interpretarlo
en el sentido que mejor te venga. De hecho, falsear lo objetivo es la mejor
forma de engañar. Es la forma más oficial, la que mejor queda, la profesional.
No digo ya inventarte datos falsos, no va de eso el artículo; aunque sea algo
que sucede cada día en los medios y en los gobiernos. Sin embargo, no
arremeteré ahora con ello. La cuestión es el uso fraudulento de hechos
objetivos, verificables. Ahí radica la forma efectiva de engañarnos a la población.
Si lo piensas bien, es algo que saben hacer hasta los niños pequeños. Al final,
es mentir con la verdad, exagerar, cambiar causas por consecuencias e inferir
cualquier cosa que te venga bien en ese rato, etc.
Sí, esa es una buena forma de
engañar a la gente. Pero, ¡ojo!, que
no es ni la más eficiente ni la más utilizada. En general, se suele optar por
el otro enfoque, el subjetivo. Desde esta perspectiva ya no importa ni la
verdad, ni los estudios, ni las pruebas, ni los hechos, ni nada de nada. Aquí
ya solo importan las emociones. Lo triste es que ni siquiera hacen falta
sutilezas. Es suficiente con la brocha gorda para manipularnos, es
decir, con las emociones básicas; las
seis armas de destrucción masiva de cerebros.
Estas poderosísimas herramientas
están un poco especializadas por parejas. El miedo y la tristeza se utilizan
para controlar a la población; el asco o la ira para dividirla y enfrentarla;
y, por último, la alegría y la sorpresa para fines comerciales o lúdicos, es
decir, para distraer. Además, verás que en todos los casos es necesario mucho
menos esfuerzo que con enfoques objetivos tanto para lograrlo como para el
consumidor. Como es lógico, no son las únicas emociones. Hay muchísimas más.
Algunas de ellas; la envidia o la avaricia, por ejemplo; muy útiles también en
el asunto de hoy, pero ya te haces una idea con unos cuantos ejemplos sobre
estas seis.
Me acuerdo mucho de la Pandemia. ¿Te acuerdas de todo lo que pasó y todo lo
que hicimos? Pues mucho de ello fue por el miedo que tuvimos, y el que nos
inocularon. También hubo mucha dosis, como os adelantaba antes, de tristeza en
aquello. De hecho, no dan ganas de recordarlo demasiado. Sobre la ira y el asco; o, dicho de otra
forma, el odio; hay tantos ejemplos que me entra furia solo de pensarlos. El
odio sirve para dividir a la gente, algo esencial si quieres controlarlos; pues
todo el mundo sabe que juntos somos mucho más fuertes. Una amenaza en potencia.
Algunos lectores serán amantes del
fútbol, o de cualquier otro deporte. Lo normal es que te guste más un equipo.
No sé, el de tu ciudad o uno bueno, o uno que viste de chaval. No importa, en
todos los casos está correcto. El problema nunca fue que ames unos colores. Sí,
es algo un poco sentimental e irracional, pero es sano y tiene lógica. Formas
parte de algo, de un sentimiento, de una pasión. La hinchada que se une para
apoyar a los suyos. Lo que es absurdo es que odies otros, o que aproveches la
situación para soltar adrenalina y ponerte a hostias con todo el mundo que no
lleve los colores de tu equipo.
La cosa empeora cuando entran en
conflicto, más allá de los colores, las ideologías. Ahí ya sí que ve uno las
manadas de borregos dirigidos por los pastores de siempre. Todos uniformados y encaminados
a las urnas, clamando al son de las tonterías de siempre. ¿Y para defender qué?
¿Ser de izquierda, de derecha, de Madrid o de Barcelona? Igual venía bien
pensarlo antes de llegar dando botes con tu voto.
En efecto, ahora los que defienden
una ideología son como fanáticos de sus colores. No por nada, solo porque les
toca en un lugar o en otro. Simple y triste a partes iguales. ¿No estaría mejor
poner toda esa energía, juntos, en exigir a nuestros representantes que asuman,
de verdad y sin excusas, la responsabilidad que dicen tener? Yo creo que sí,
que es absurdo odiar por mitades. Nos impide ver el bosque y vigilar lo
importante. En fin, así funcionan las emociones cuando no sabes controlarlas.
Como ya estarás viendo, no son pocas
las veces que las emociones actúan a la vez. Los mismos ejemplos utilizados
para el odio me sirven, en algunos casos, para el miedo; o para la alegría, la
tristeza, etc. Terminaré el repaso de estos motores subjetivos que son las
emociones descontroladas con las más divertidas, aunque no por ellos dejan de
ser perniciosas o poco efectivas para lo que son.
Eso es, toca hablar de la sorpresa y
de la alegría. Igual que antes con el fútbol; en principio, estas emociones
están bien. Muy bien, de hecho. Entretenimientos, viajes, excursiones,
aficiones, juegos, redes sociales… Todo lo que te saque de la rutina y te
motive, si no va contra otras personas, está muy bien. Es necesario, es la vida
en sí misma. Lo malo llega cuando dejas de ser tú el que elige, cuando te dejas
llevar o, mejor dicho, cuando dejas que te lleven. Televisiones, anuncios,
programas, plataformas, famosos, etc. Eso ya es diferente. Ahí sí que te la
están liando a lo grande.
Si cuando juegas, te relacionas en
redes o ves contenido en tu tele o tu ordenador; notas que te dosifican la
alegría como si fuera una droga, ahí tienes el primer indicio de que no te
diviertes. Estás en el juego facilón del conductismo más básico, el que se usa
para entrenar a perros y otros animales. Las dosis pequeñas y pensadas; pero
sin parar, sin freno, sin fin. Son las recompensas positivas para mantenerte
anestesiado, así de sencillo. Sí, ya sé;
tú controlas. Lo sé. Claro, igual que yo. Controlamos de lujo, cómo no. Con
todo, están abusando de ti.
Supongo que verás, como yo, que la
lucha entre lo objetivo y lo subjetivo es desigual. No se puede apelar a la
razón contra lo emocional. El porcentaje de éxito es muy bajo. Por lo tanto,
deberíamos tener algunas herramientas útiles para defendernos del mundo moderno.
¿Cuáles pueden ser?
Aunque no lo creas, hay muchas.
Están ahí, al alcance de todos. Algunas requieren esfuerzo, es verdad. El
pensamiento crítico, la razón, lo objetivo, los argumentos… Esas siempre son
buenas armas, pero, sí, cuesta un poco afilarlas. No pasa nada, hay más
opciones. Tranquilos, que no son excluyentes. La primera es la famosa e
incomprendida empatía. Sí, otra emoción. Es verdad. No será la única. La
solución debe ir por ahí. Está en las emociones. Hay otras que ayudan bastante:
el orgullo, la generosidad, el amor (por ahí te toparás con la empatía)…
Para terminar hablaré de otro truco
para no ser arrastrado por las oleadas de sensiblerías de hoy en día: la
gestión emocional. No debes escudarte en la emoción que tengas en cada momento
para concluir lo que te dé la gana. Eso te convierte en un niño mimado y
tontorrón. Tus emociones debes aprender a sentirlas. Total, es gratis.
Sobre la dinámica del Poder
El poder… ¡Qué concepto tan curioso! ¿Qué es realmente el Poder? Es un sustantivo abstracto que esconde mucho más de lo que parece. Esconde, de hecho, cosas concretas y tangibles. Cuando decimos o pensamos en esta palabra, nos viene a la cabeza una fuerza que nos controla y tal; aunque, si se piensa bien, es una idea llena de fantasía. El sustantivo poder da respeto. Es verdad. Pero no hay que olvidar sus orígenes humildes. Está formado desde los usos del verbo, que tiene un significado mucho más terrenal que la abstracción del sustantivo.
Cada persona, independientemente de
sus orígenes, nace con muchas potencialidades, pero lo cierto es que es
dependiente durante un tiempo. En ese sentido, no puede casi nada. Al crecer,
va adquiriendo distintos poderes. Va
aprendiendo a caminar, correr, saltar, coger cosas con las manos, hablar,
abrazar, etc. Con el tiempo, será capaz de hacer un montón de cosas; así que
tendrá mucho más poder que al empezar en este mundo. Esto demuestra que el
poder no viene del aire. El poder está en todos nosotros. Eso sí, repartido,
limitado.
El mero hecho de nacer en un lugar
determinado o en un tiempo concreto, te concede más poderes (o no) adicionales.
Por ejemplo, ahora se puede, con ayuda de aviones y otros artefactos, volar;
algo que hace un tiempo era imposible. Esto es solo un ejemplo claro de algo
que se repite ad infinitum, lo que
nos lleva a otra relación curiosa: la relación entre el poder y la posibilidad.
Todas las gentes del mundo guardan para sí ciertos poderes, lo que deriva en un
sinfín de posibilidades pasadas, presentes y futuras.
Los animales, como siempre sucede,
nos ponen más ejemplos para imaginar cualquier tema. Hay animales con
posibilidad de subir a los árboles rápidamente, de forma muy ágil. Otros, no
tienen esa opción. Los hay que pueden volar, morder, correr, saltar, usar
palos, nadar, bucear, respirar bajo el agua, etc. Un montón de posibilidades
que hubo a lo largo de los milenios y que se dieron y no dieron tantísimas
veces en el mundo. Así nacieron los animales actuales, incluyendo al ser
humano, que terminó pudiendo superar la posibilidad de dominar el planeta,
comunicarse... Poder, posibilidad, más poder, más posibilidad, etc.
Desde este punto de vista, el poder
no resulta ya tan divino o inalcanzable. Así vemos de dónde procede. Si es así,
¿Por qué parece que unos tienen más poder que otros? Porque el poder se puede
dar y quitar. No todo el poder, pero sí lo suficiente para formar una buena
brecha entre las posibilidades de unos y de otros. El ser humano es un animal
social. No vivimos solos, vivimos rodeados de gente. Ese simple hecho ha hecho
que nuestra capacidad de medrar sea increíble, pero también que vayamos
cediendo poder de unos a otros. Es una dinámica que siempre se da igual. Surgen
las posibilidades que decía antes y con ellas responsabilidades y oportunidades
nuevas para que unos tengan en su haber nuevas fronteras diferentes al resto de
conciudadanos.
Así nacen los humildes y los
poderosos, esto es, las clases sociales. No importa dónde ni cuándo. Siempre
existen. Da lo mismo que estudies la Edad Media europea que la Dinastía Ming o
la Antigua Roma. Encontrarás clases sociales en la India, en España, en Estados
Unidos o donde sea. Puede que encuentres algunas diferencias, pero lo que verás
será muy similar. Como aquí no tengo espacio para hablar de todos los casos, me
centraré en esquemas conocidos que representan las cosas de camino a la
actualidad.
Las sociedades tienden a acumular el
poder en pocas manos. Se les suele llamar nobleza. Estos poderosos necesitan de
muchísima gente para acumular su poder. Son los dueños de la tierra que los
humildes trabajarán. La forma que han ido teniendo para justificar ese poder ha
ido de la mano de la religión. De esa forma, en lo alto de la cadena de mando
han estado siempre los aristócratas, que han mantenido de su lado a los
religiosos y al pueblo para mantenerse. Además, han jugado un papel importante
en la defensa de esas tierras, es decir, en los ejércitos.
La forma de poder más común durante
mucho tiempo en sociedades ya avanzadas fue la de los reyes, que son los nobles
con más opciones de controlar al resto de iguales, que, a su vez, dominaban las
pasiones y los estómagos del pueblo llano. Para denominar esta misma relación
ha habido muchos títulos y formas, aunque sin una diferencia esencial entre
ellas más allá de cuestiones culturales que no afectan a la estructura de esta
forma de vivir. Este esquema sirve desde las primeras civilizaciones agrícolas
de Mesopotamia hasta el siglo XVIII. En esencia, es lo que has estudiado en el
cole como Antiguo Régimen, un modelo estanco en el que era casi imposible salir
de ese rol preestablecido.
El gran problema de este pacto
social fue que no contó con un poder que parecía nuevo, pero que llevaba
existiendo desde la Antigüedad: la Burguesía. La novedad era que el mundo
moderno ya no podía seguir organizándose así. Había que encontrar un lugar
relevante para la burguesía enriquecida de la época.
En este punto hay algo que suele
confundirse, así que trataré de ser claro. El asunto no era que la burguesía
buscara una forma de tener poder. El tema es que ya tenía ese poder. Lo único
que debía pasar es que la forma de gobierno de los Estados se acomodara a los
intereses de estas personas que ahora tenían más poder que la nobleza. Gracias
al comercio, la industria y a la banca; los dueños de la tierra ya no eran,
necesariamente, los más pujantes, por lo que era indispensable volver a
equilibrar ese poder para que reflejara el nuevo orden social. Un nuevo régimen
hecho a medida de los nuevos ricos, la gente del progreso, los liberales…
El gran error de esta gente es que
no contó con el pueblo llano y con un nuevo estamento social, uno que ellos
mismos habían creado: la clase trabajadora de las ciudades, es decir, el
proletariado. Mucho se tuvo que luchar para que esa clase social fuera
recompensada justamente por su trabajo. Tanto, que en muchos lugares todavía
están en ello. Con todo, si piensas en las revoluciones históricas, verás que
todas las clases sociales tienen cierto poder; más allá de si andan
ejerciéndolo todo el día o no.
De vuelta al día a día actual de los
países que llaman “desarrollados”, puedes ver el resultado de lo que acabamos
de repasar. Verás que los nobles y la Iglesia tienen mucho poder, pero no tanto
como algunas empresas, bancos o asociaciones. Además, verás que hay Estados con
más poder y recursos que otros; así como el poder de la gente trabajadora (en
el campo y en las ciudades), con sus derechos y sus sindicatos. Pese a todo,
con esto no tendremos todo el poder que ahora existe. La Democracia parece que
reparte de forma justa ese poder. Se dice que hay, en los Estados modernos,
división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), aunque la efectividad
real de esto es discutible. En fin, no quiero salirme mucho del tema; así que
dejaré que cada lector piense lo que guste sobre los repartos de poderes y
pasaré a otro poder esencial en nuestros días que no debemos ignorar. Hablo,
cómo no, del cuarto poder, es decir, el de los medios de comunicación y la
prensa.
En el paso de la Edad Media a la
Edad Moderna, la prensa y la palabra escrita, la propaganda y la difusión de
ideas (buenas o malas) fueron esenciales en la lucha entre nobles, con la
Iglesia, y la burguesía adinerada; pues difundían sus ideas y se ganaban el
favor del pueblo. Con el tiempo, el poder de los medios no ha hecho más que
crecer y crecer. En la actualidad, con Internet y un mundo conectado, este
poder está, en apariencia, más repartido. Pero no es más que eso, apariencia.
Para finalizar el artículo me
gustaría reflexionar sobre una cuestión muy lógica. Algo del poder que no suele
tenerse en cuenta. Me refiero a esa confusión que se suele tener con esta
palabra. Muchos hacen cosas en cuanto pueden hacerlas, pero ahí están
confundiendo el poder con la obligación. Poder hacer algo no implica
necesariamente hacerlo. También se puede elegir no hacerlo. Poder no significa tener, solo te brinda una posibilidad. Además, que puedas hacer
algo no implica que no puedan otros reaccionar por tus actos, o sea, no quiere
decir que debas hacerlo.
Cada día, todos podemos hacer muchas cosas que no hacemos. Ahí radica nuestra responsabilidad y nuestra ética. En lo que no hacemos. Ahí está el verdadero mérito. Lo que no debería nadie olvidar es que se puede estar un tiempo sin hacer algo; pero, más tarde o más temprano, llega un día y, por alguna razón que no esperaban, el pueblo decide actuar. Ahí está lo bonito de esta dinámica del poder.






