Sobre reinos, naciones e imperios

   Ahora el mundo se divide en países, estados y/o naciones políticas. Entero, sin excepción. Dentro de una lógica espacio-temporal, esto forma parte de la identidad de las personas, que se sienten, o no, como parte de ese país. Principalmente, si es un país medianamente soberano. Sin embargo, ¿qué es un país?

   Depende de qué país venga a tu mente, tendrás una u otra respuesta en la cabeza. Por ejemplo, si piensas en EEUU, tendrás una nación política compuesta de muchos Estados. En cambio, los países de Europa, son Estados-Nación, al menos, en lo referente a la nación política. En Rusia lo llamarán Sujetos federales, sean provincias (óblast en ruso) u otros; en distintos lugares hablarán de comunidades, regiones, estados federados, etc. Las opciones son muchísimas, pero la idea es siempre similar en cuanto a dar distintos grados de autonomía y competencias dentro de un marco común y soberano adscrito a un territorio o a varios.

   Por otro lado, hay realidades que sobrepasan el término país y se convierten, conciben o estudian como otra cosa. Sí, me refiero a los imperios que han sido, son y serán en el mundo; pero también a realidades supranacionales como las Organizaciones mundiales, continentales, estratégicas, etc.

   El concepto de imperio puede dar más de un quebradero de cabeza en función de a qué quieras referirte o a cómo quieras entenderlo, pues es un concepto que hemos terminando asociando a otro distinto que, por otra parte, también hemos dotado de más de un significado: colonialismo. Vemos que los términos país y estado pueden dar, del mismo modo, problemas de interpretación. Por ejemplo, pueden ser sinónimos o no; si asociamos Estado federado con región, provincia o comunidad. Sin embargo, si pensamos en el significado real de la palabra estado, se relaciona, principalmente, con la fuerza, es decir, con la soberanía o el poder.

   Con todo, el término más complicado es, sin duda, nación, pues puede referirse a varias cuestiones muy diferentes; así como utilizarse para pedir más autonomía en una zona específica de una región, país, etc. Lo primero, en mi opinión, es distinguir el concepto de nación política y cualquier otra denominación étnica, cultural, social, lingüística, etc.; pues el apellido política tiene que ver con leyes y constituciones, y no con procedencia, sentimientos…

   Sin embargo, ¿qué entendemos por nación? Esta palabra deriva de nacer. En general, significa procedencia. Sin pretender tampoco con esta palabra teorizar demasiado (eso se lo dejamos a los técnicos), intentemos entender bien el concepto para utilizarlo con más propiedad y saber a qué se refieren por ahí cuando lo usan sin el adjetivo política. Al final, veremos que nos podremos referir a lo que queramos de antemano.

   Lo primero por lo que sentimos todos un fuerte arraigo es por la familia y los ancestros. Sí, los parientes que nos preceden suelen causarnos un fuerte impacto. Es natural, son las raíces. Venimos de ahí, y suele ayudar saber de dónde vienes para saber por dónde quieres transitar. Esa gran familia será de alguna ciudad, o tal vez de algún pueblo al que vamos a menudo y en el que nos lo pasamos genial. Ahí tenemos lazos fuertes, ahí visitaremos a paisanos, primos, amigos y abuelos. Además, igual tienes casa en más de un pueblo, lo que hará que tengas más raíces todavía.

   Te puede pasar algo similar en el barrio en el que te criaste, que suele tirar más que la ciudad que lo alberga, pues es ahí donde pasas el tiempo y donde realmente te sientes en casa. Conoces a la persona que te vende el pan, a la que vende fruta y a la de los chuches, como decía aquel; cómo no sentirse bien y a salvo. Es ahí donde quedas con amigos, te enamoras por primera vez, etc. Igual que en aquella casa donde veraneabas el agosto y veías el mar, esa donde tus padres tenían tantos amigos y familiares, la que deseabas visitar y por la que soportabas horas de coche, carretera y mareos.

   También hay un hueco en tu corazón para tu colegio o instituto. El lugar en el que has pasado un tercio de la vida, donde has conocido a mucha gente y donde os juntasteis muchos de los que luego serán por muchos años los integrantes de tu pandilla de amigos. La gran familia de la adolescencia: loca, divertida, atrevida y con la que vuelves a encontrar tu voz; esa que parece que ya no funcionaba en tu casa. Vuelves a sentirte escuchado y, principalmente, comprendido. Eres alguien en un mundo complejo, en tu propio mundo.

   Sin lugar a dudas, estas cosas forman la nación de cualquier persona. Igual que la música que escuchas, tus aficiones o lo que lees y sientes. Ahí está la verdadera clave para sentirse parte de algo real. No ya algo impuesto, sino algo tangible: caras conocidas, lugares comunes y parientes. Esa es tu nacionalidad, muy por encima de banderas, ideologías o himnos. Es por lo que eres de ese equipo de fútbol o de aquella peña o sociedad.

   Estas cosas son las que tiran hacia las entrañas de uno. Por eso lo sentimos dentro, porque lo hemos tenido toda la vida. Es el motor que nos impulsa a adentrarnos sin remedio en la cultura y las costumbres sociales del entorno, sea en forma de barrio, de pueblo, de comarca, de ciudad o del terruño que uno prefiera. El problema es que nos hace vulnerables, aunque, al menos, es una fragilidad hermosa. Fiestas, comidas, bailes, bebidas, ritos, música, charangas y cabezudos son elementos conocidos, con múltiples formas y sutilezas, por cualquiera. Los has disfrutado con tu gente y forman parte de tu identidad. Hasta aquí todo es natural y enriquecedor; aunque, cómo no, los lobos llegarán, según su costumbre, y disfrazados, para dividirnos.

   Ahora ya no importa lo rico que disfrutamos con las pequeñas diferencias entre distintas gentes y lugares; ahora, de pronto, nos centramos en diferenciarnos. Ya no nos preocuparemos de pedir cuentas a los que mandan. Sin saber cómo, ahora parece que nos tiene que importar más lo que hacen en un lugar o en otro. Si conservan más idiomas que el común, o más dialectos, o lo que sea que tengan de multicultural y sabrosón. Ya no vemos los distintos colores de la caja de lápices. Solo nos fijamos en que con la punta de esos colorines nos podrían sacar los ojos.

   En resumen, vemos que tenemos dos corrientes enfrentadas y superpuestas que impiden diferenciar unas cosas de otras. Por un lado, tenemos la identidad de la gente y su arraigo familiar y social. Por otro, una dinámica de poder, ajena a las personas pero que necesita del pueblo para realizarse y materializarse, que entiende conceptos distintos. Si bien son ambas comprensibles y necesarias, no debemos confundirlas.

   Para entenderlo bien, recordaremos parte del pasado. Otrora, en la Edad Media europea, por ejemplo, el poder se centraba en nobles, es decir, en los dueños de la tierra y de la gente, los campesinos. Además, la figura del rey hacía fuerte esa nobleza local con el fin de tener reinos fuertes que compitieran con otros reinos. Si un reino crecía mucho y vencía a otros, se incorporaba territorio. De esta forma, algunos terminaron siendo imperios. Esto ha sido así desde siempre, en la Antigüedad y en la Edad Media. No tienes más que pensar en Roma, Egipto, Persia, China o España.

   Es verdad que este modelo tenía un problema evidente, pues los límites fronterizos no estaban definidos como en la actualidad, por países. Eran más endebles, más frágiles; pues no solo podían dividirse por guerras con el exterior o intestinas, también podían ser repartidos entre los hijos de los reyes. Con todo, es el modelo (Reinos, por entendernos) usado hasta el XVIII (en algunos lugares, XIX). En este sentido, y volviendo al principio, ¿sigues viendo a Rusia, China o EE.UU., por ejemplo, como simples países o ves el Imperio que mantienen detrás?

   No sé si lo estarás pensando, pero falta una tercera pata en nuestra mesa. Tenemos a la gente y a la división territorial soberana, mas nos falta la quintaesencia, nos falta el camino, es decir, el comercio, la empresa, las finanzas, las comunicaciones… No hay crecimiento, oportunidades, intercambios, ni progreso sin las rutas comerciales. Eso nos lleva al último de los actores sociales: la burguesía, que será, precisamente, la que cambia el modelo de reinos (Antiguo Régimen) por el de países soberanos, parlamentarismo, etc.; pues es lo que le dará la seguridad que necesitan para medrar en sus negocios.

   Para finalizar esta reflexión, y aprovechando que ya he citado la palabra, hablaremos un poco de las colonias, un concepto esencial para los intereses de comerciantes, pero también para reinos, países, ciudades, pueblos, etc. Como ejemplos clásicos y famosos me vienen a la cabeza civilizaciones como la griega o la fenicia. Una colonia es, en este sentido, un puesto comercial, un puerto seguro, una parada en el camino. Algunas fueron tan pujantes y fuertes que terminaron superando al lugar de origen. El ejemplo más claro es Cartago, que terminó siendo una superpotencia del Mediterráneo y disputando, aunque perdiera, con Roma la posibilidad de controlar todo el pastel de esa zona del mundo pretérito.

   La verdad es que, salvando las distancias, sí hay en tiempos relativamente modernos una colonia que termina siendo más fuerte que su lugar de procedencia y se puso a liderar el mundo; pero esa es otra historia. Lo cierto es que ahora el concepto colonia arrastra significados más voraces y crueles, así que ha cambiado. Hablamos, pues, de colonialismo. Es similar a lo ocurrido con imperio e imperialismo. Conceptos que han crecido tanto, a precios tan caros, que ya no recordamos lo que realmente querían decir. Igual que nacional y nacionalismo o global y globalismo.

Fray Luis de León

     Nació en Belmonte, Cuenca (1527/8), y murió en Madrigal de las Altas torres, Ávila, en 1591. Fue un poeta, pero también un religioso agustino, un astrónomo, un teólogo y un humanista de la escuela de Salamanca (catedrático).

     Fue uno de los poetas más importantes de la segunda fase del Renacimiento del siglo XVI (segunda mitad del siglo/reinado de Felipe II) junto con Alonso de Ercilla, Fernando de Herrera o los místicos san Juan de la Cruz o santa Teresa de Ávila.


    Su vida estuvo dedicada a la reflexión, el estudio, las reformas teológicas, la teología o su labor de traducción, entre otras. Fue, además, un hombre influyente en su época, para bien o para mal, que no dejó indiferente a nadie. Tuvo problemas con otros religiosos y con la Inquisición por traducir textos sagrados (Cantar de los Cantares, por ejemplo) y por su afán reformador, propio de una época plagada de cambios. Con todo, fue, en general, un hombre activo y respetado en círculos teológicos e intelectuales.

    Perdió el puesto en la Universidad de Salamanca los años que estuvo preso y juzgado por saltarse los mandatos que no permitían traducir del hebreo el citado texto. Recordamos aquí que estamos en una época muy marcada por las reformas protestantes en Europa, así que el celo de la Iglesia sobre la interpretación libre de los textos sagrados era mayúsculo. Tras mucho deliberar, pudo demostrar que lo hizo con fines privados; por lo que, al final, quedó libre de cargos. En el fondo, los verdaderos motivos de este proceso fueron rivalidades y rencillas personales, es decir, envidias que despertaba en otros religiosos.

   No fue este episodio el único problema que tuvo, pero sí el más largo y el que le mantuvo preso unos cuatro años. Fue un proceso inquisitorial que se alargó casi cinco. Como anécdota, cabe destacar que acabó logrando otra cátedra, la de teología, en la Universidad. El día que volvió, continuó sus clases, como si nada hubiera pasado: “como decíamos ayer”.

  
  Nos centraremos ahora en su obra poética, que es lo que aquí nos interesa. Fueron publicadas tras su muerte, aunque él preparó en vida una edición de las mismas, no vieron la luz hasta que Quevedo, ya en 1637, las editara por primera vez; aunque fueran conocidas al circular manuscritas.

   El propio fray Luis dividió su obra en traducciones de clásicos (Geórgicas y Bucólicas de Virgilio y otros), traducciones bíblicas (Libro de Job, salmos y Cantar de los Cantares) y su obra original. Repasaremos, como es lógico, la original. Es bastante breve. Se compone de menos de cuarenta poemas. La mayoría pertenecen al género clásico de la oda, aunque también hay algún soneto juvenil enmarcado dentro de la tradición petrarquista.

   Aunque hay dudas sobre la datación exacta de algunos, sus poemas suelen agruparse en tres periodos: antes, durante y después de la prisión.

  Los escritos, pues, antes de 1572 son: Oda a la vida retirada, La profecía del Tajo. Aquí nos encontramos con un autor moralista dentro de la tradición clásica. Veremos deseo de soledad y desprecio por los placeres mundanos.

    En la segunda época, de 1572 a 1577, sus textos dan cabida a contenidos religiosos y a quejas por la injusticia cometida con él. Algunos ejemplos son Noche serena, En la Ascensión, A la salida de la cárcel.

    Los posteriores a 1577 muestran el espíritu de un escritor más apaciguado y un anhelo de armonía e infinitud. Por otro lado, también se nota cierta nostalgia del paraíso evocado y un misticismo intelectual. Claros ejemplos serían algunas de sus odas: Oda a Francisco Salinas, a Felipe Ruiz, a Pedro Portocarrero…

Vida retirada...

    Fray Luis de León es ahora reconocido como el gran poeta de la poesía moral de su época, como un erudito de una de las escuelas de pensamiento más importantes de su tiempo, Salamanca. Las reflexiones y los recursos que utiliza fray Luis son propios de la tradición clásica. Su filosofía y su pensamiento morales están enmarcados dentro de una perspectiva práctica.

    Los temas predilectos de sus poemas son la naturaleza, la añoranza del campo y la vida de aldea, la noche, la serenidad, la música… Su temática indica que escribir le servía a fray Luis como catarsis lírica para olvidar sus desgracias y sus tormentos interiores; pues su vida, su existencia, fue lo contrario a lo que deseaba. Estuvo llena de actividad, compromisos, ciudad… Además, muestra una sensibilidad exquisita.

  Los motivos de la poesía de fray Luis tienen su origen en la tradición clásica neoestoica y neoplatónica. Eso sí, entendidos desde la perspectiva cristina. Deseo de armonía, paz y serenidad en compañía de Dios, sentimientos ajenos a su día a día cotidiano. En él será de especial relevancia el tópico Beatus ille, mediante el alejamiento del mundanal ruido, la búsqueda de una descansada vida, la contemplación de una noche estrellada o la armonía sentida al escuchar notas musicales. Una moral acorde con el dominio de las pasiones, la exaltación de las virtudes clásicas, etc.

   Este anhelo de vida retirada y sencilla lo conduce de forma natural y orgánica dentro del concepto cristiano del mundo, es decir, a la añoranza del cielo como la suprema liberación. Su poesía suele entenderse como la nostalgia del desterrado en la tierra. Ansiará unirse con Dios, la perfección, etc. Vemos un anhelo que lo acerca a la experiencia mística, pero desde un prisma intelectual (éxtasis intelectual) que intuye la armonía universal; aunque desde la prisión terrenal que es la vida misma, desde el dolor.

     Su estilo es deudor de las tradiciones literarias de las que parte, que son la Antigüedad grecolatina y los textos bíblicos. Por otro lado, bebe también de la poesía renacentista, especialmente la de Garcilaso, que ya aunó las formas nuevas italianas con la tradición española.

   Los textos y la filosofía grecolatina le proporcionan los temas que utiliza, el fondo de su pensamiento. Los textos bíblicos las imágenes y los motivos. Por último, Garcilaso y el Renacimiento le brindan las formas. De ahí procede la estrofa favorita del autor, la lira. Su combinación de heptasílabos y endecasílabos le permite combinaciones métricas eficaces. 

    Su poesía es sencilla en apariencia, pues entreteje elementos tradicionales en un sólido y complejo molde de imágenes e ideas. Su composición de versos está muy depurada. Se nota su preparación y su enorme formación lingüística. Recuérdese en este punto su labor como traductor y su pasión por el lenguaje para entender la solidez de su construcción poética, siempre dentro de la norma renacentista de elegancia y sencillez.

   Un rasgo peculiar del autor es que sus poemas se dirigen a una segunda persona, lo que explica el carácter conversacional que suele encontrarse, con abundantes enumeraciones, exclamaciones/interrogaciones retóricas o exhortaciones. Además, su concienzuda elaboración se ve en el uso de abundantes figuras retóricas para expresar y dibujar con precisión y belleza sus ideas e imágenes. Estos recursos le servirán para embellecer sus poemas en fondo y forma, por lo que veremos usos de asíndeton, polisíndeton, hipérbatos, aliteraciones o encabalgamientos; pero también hipérboles, metáforas o personificaciones para crear esa imaginería cristiana y convencer sobre temas morales clásicos.

   Si hemos estudiado a Garcilaso como el primer poeta del Renacimiento, como el que modela el estilo de la época y de España (con Boscán y otros) y como poeta del Amor; fray Luis será el poeta de la moralidad renacentista por excelencia. Además, nos servirá como punto intermedio para encarar el último gran aporte de la poesía del Renacimiento español: la poesía mística del XVI.

  Eso lo veremos en la entrada siguiente. Con todo, cabe destacar que dejamos fuera innumerables poetas, como Fernando de Herrera, en esta época de impresionante labor literaria. Puede que los veamos más adelante, pero no quiero olvidar el objetivo de este blog, que no es otro que introducir y valorar lo más esencial de nuestra literatura, aquello que la hace una de las más potentes e influyentes del mundo.

La vida del orco


 ¡Suena otra vez el despertador! 
 Óscar debe levantarse para ir a firmar los papeles del paro. Necesita renovar su estrecha prestación si quiere mantener su endeble economía. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
 La fecha coincide con la resaca de su vigésimo cumpleaños. No es que no le importe, es que ni siquiera se acuerda de qué es lo que tiene que salir a hacer, sin falta, esa mañana. Por el contrario, su alma lucha entre acordarse de la noche anterior o seguir en manos de Morfeo. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
 Pasa unos segundos recordando quién es mientras se duele de unos golpes que, al parecer, tiene por toda la cara. «¿Qué hice ayer?», masculla en solitario con una voz ronca y rasgada, entrecortada por la sólida saliva de su garganta. Algo más tarde, gracias al dulce paréntesis del sueño, todo deja de importar de nuevo por un tiempo. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
 Al intentar apagarlo se le cae y las pilas se liberan rodando en direcciones opuestas, perdiéndose en la oscuridad de la habitación. 


 Algunas horas después, la naturaleza decide despertarlo de súbito. Enciende asustado la luz del cuartucho y mira con la perspicacia de su propia desconfianza en sí mismo el reloj de su muñeca. Otro fracaso más para su lista particular. 
 Echa mano de su cajetilla de tabaco y enciende un cigarrillo que paladea mezclado con restos de sangre, alcohol y a saber qué otra cosa más. Lo hace tumbado y rumiando su futuro. No es consciente, pero el hedor de la habitación, su ácida garganta irritada, el dolor de la cara y el insoportable sabor de su fétida boca le ayudan mucho en la tarea. 
 Finalmente, se levanta y mea mientras escupe y golpea con el vigor que le da su última frustración la pared de su desahuciado hábitat. Pasará el día delante de la tele mientras un montón de desconocidos se ríen de él e intentan venderle algo. Deja para un luego futuro e inexistente lo de ducharse y buscar trabajo. Enciende varios cigarros de distinta marca que saca de una cajetilla con el aspecto de haber contenido ya demasiados huéspedes y estampa el móvil contra el suelo cuando su madre le llama por cuarta vez sin oír el mensaje que le deja en el buzón de voz. 
 Un tiempo después, no sé si horas o minutos, malcome sin hambre unos mejillones de lata que invaden el salón con su fuerte olor y dejan más huella en el destartalado sofá que en el infeliz despojo que los come. Improvisa luego un cenicero que se llena colilla a colilla con el paso de las manecillas de su reloj. El liquidillo naranja de la lata da paso a una fosa común de desesperanza tras desesperanza. Piensa en oír música pero no lo hace. Piensa en cortarse las uñas pero no lo hace. Piensa en afeitarse pero no lo hace. Piensa en reír pero no se acuerda. 
 Anochece mientras un estado de somnolencia se va apoderando de él entre pensamiento y pensamiento. Se estira a lo largo del sofá y se acomoda la grasienta cabeza en un cojín ya muy rebozado con algún que otro quemazón fruto de la desgana y la desidia de un fumador sin verdaderos sueños. 
 Pasado un rato abre los ojos y se percata de que sólo le queda un pitillo. Se pone unas zapatillas viejas de esas que no se atan, la chupa de cuero raída y una goma de pelo con la que se hace un gurruño del que sobresalen algunos mechones de pelo que indican y resumen el desbarajuste de vida que lleva. 
 Baja a la calle y el frescor de la noche le anima, le hace sentir vivo, le ayuda a soñar y a recordar que hubo una vez que fue feliz. Viene viento del norte y la gente camina acurrucada sobre sí misma, encogida y con aspecto de malhumorada. La presencia de Óscar desentona. A él este frío le hace sonreír, le engaña, le seduce. 

 
  Otra diferencia entre nuestro transeúnte y sus conciudadanos es el destino de sus pies, el objeto del paseo. Todos transitan con prisa, deseando llegar a su destino para hacer esa cosa por lo que merecía la pena salir. Óscar no, Óscar sólo quiere dar una vuelta. Sin rumbo fijo. Realmente, no va a ningún lugar específico. Ni siquiera sabe dónde acabará, ni quiere saberlo. 
 De cuando en cuando pide algún cigarro por la calle. Tiene estilo —y muchas tablas— para conseguir tabaco de desconocidos. Llena su cajetilla con habilidad. En un par de horas consigue tabaco para volver a casa. Sin embargo, camino de ésta se encuentra a un viejo amigo. Un saxofonista, amante de la vida nocturna, conocido como Blas Peña. Óscar deja que le invite a unas cuantas cervezas. Aunque éste no andaba muy boyante económicamente, acaban bebiendo bastantes. 
 Era Blas buen amigo de Óscar. Se conocían desde el instituto y no eran pocas las borracheras que los unían. Tras un par de botellines cambiaron de bar y tras dos o tres bares llegaron a uno en el que desde hace algunos años paraban muchos amigos y conocidos comunes. Entraron y pidieron la primera de varias rondas. 
 Un olor muy agradable, a hierba recién cortada, les incita a pillar unos gramos y Óscar comienza laboriosamente a liar, como hacían antaño, en no pocas pirolas estudiantiles de un pasado ya difuso, uno tras otro. Cuando ya están cerca de arreglar el mundo y con la sonrisilla esperada puesta en sus rostros, entra Carmen, una de esas amistades comunes. 
 Carmen es la ex del saxofonista, aunque también se había acostado una o dos veces con Óscar. La chica se sienta con ellos después de repartir unos besos entre los dos amigos y hacer un gesto al camarero para pedir otra ronda. 
 —¡Qué, Blas!, ¿te ha dicho Óscar lo que hicieron ayer, aquí, el genio de mi derecha y sus amigos?, pregunta retóricamente al músico mientras prueba el canuto que le ofrece Óscar. 
 —No me acuerdo bien de qué fue lo que pasó ayer, la verdad. 
 —¿De verdad? —responde ella extrañada y con claros síntomas de reprobación. 
 —¿De qué habláis? —se interesó el músico. 
 —Parece que Óscar volvió a tener ayer alguna desavenencia con alguno. 
 El de la coleta no logra acordarse. No era algo que le quitara el sueño. Otra pelea más. No sería ni la primera ni la última. Su cabeza intenta pasar del tema y decide, además, dejar de pensar en cómo iba a pagar el piso el próximo mes. 
 Antes de darse cuenta, están los tres con más amigos bailando y divirtiéndose en una discoteca del centro. Necesita evadirse de su realidad como sea. Al menos esa noche, lo logrará. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
Carmen besa la frente de Óscar y busca sus bragas con la mirada por la habitación, ya iluminada por los primeros rayos del sol matutino. Mira a su compañero y sonríe con verdadero afecto y preocupación. Luego se viste despacio y se marcha. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
Óscar busca con su brazo a Carmen, pero sólo encuentra su vacío y apaga el ruidoso aparatejo sin mucho mimo para estirarse y seguir descansando hasta librarse del tremendo dolor de cabeza que siente. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
Ahora no se sobresalta y lo apaga del todo mientras se incorpora un poco apoyado en el viejo cabecero de su cama y enciende el primer cigarrillo del día. Necesita reflexionar. 
 Tras un breve periodo, no sé si dos o tres colillas más tarde, logra tomar una decisión. Elegirá una de las opciones habituales, lo que no logra decidir es cuál de ellas terminará realizando. O visita a su familia y les pide dinero y trabajo, o vuelve a vender su cuerpo por dinero, o comienza a traficar. «Eso es mejor que robar», se anima para sí. 
 Tras tomarse un café, recoger un poco el piso y ducharse, mira su móvil y ve que lo tiene apagado. Lo enchufa y espera a que reviva. Al hacerlo, se percata de las llamadas perdidas que tiene y los no pocos mensajes sin leer ni oír. 

 
  Una hora más tarde, baja a la calle como un fantasma. Su vida había cambiado y él no se había dado ni cuenta. Camino del hospital, llama a su hermano y le avisa que va para allá. Ahora no importa ni el piso ni el dinero. Ahora no podrá pedir ayuda a su familia, pues su padre había sufrido un accidente con el coche y estaba luchando por sobrevivir. 
—¡Eh, tipo duro! —le increpa una voz desde un callejón cercano a su piso. 
 Óscar mira a su derecha y ve a un grupo de cuatro jóvenes con palos y cadenas. Sin pensarlo demasiado, acelera el paso para tratar de evitar la posible pelea. Esos chavales le suenan mucho, pero no sabe de qué los conoce. 
 —No quiero problemas —alega tranquilamente cuando se percata de que no va a poder huir de ellos. 
 —Pagarás por lo que le hiciste el otro día a Juan, hijo de pe… —¡Pum!, y no puede entender nada más. 
 ¡Suena otra vez el despertador!

Presentación y publicación de la novela Noches de Abrojos

   La entrada de hoy es especial. Consiste en compartir esta experiencia con vosotros. Espero que os ayude a seguir avanzando en vuestro camino como escritores. 




  Podéis adquirir la novela en la página de la editorial Malas Artes o en cualquier librería. 


Garcilaso de la Vega

  Nace en Toledo entre 1491 y 1503. Muere en Niza en 1536. Tuvo una vida breve pero intensa. Se relacionó con el emperador, con la casa de Alba, etc. Estuvo en varias campañas militares, hasta que muere en Francia al intentar tomar una fortaleza. Baltasar Castiglione lo definió como un hombre culto, elegante, valeroso y hombre de letras.

Tumba de Garcilaso

  Es el prototipo de cortesano renacentista, un noble de familia importante (con amigos más importantes todavía) y un militar relacionado con la corte y las guerras en Italia, Francia, etc. Es el modelo clásico de armas y letras. Como él mismo dijo, Garcilaso vivió “tomando ora la pluma, ora la espada”. Como poeta, que es lo que aquí nos interesa, es el más influyente del Renacimiento español, pero también del Barroco. Una figura clave que unirá lo viejo y lo nuevo para encontrar una voz propia, casi una metáfora perfecta de lo que significó España en la época de Carlos I.


  La poesía de Garcilaso, junto a su amigo Juan Boscán, nos brindará la oportunidad de adoptar los nuevos estilos italianos de Dante, Petrarca o Sannazaro (autor contemporáneo al toledano) al español y a la poesía anterior, que todavía en la primera mitad del XVI era la más oída. 

  Se suele dividir su obra en tres etapas definidas en función de su estancia en Nápoles. La primera etapa está enmarcada dentro de la poesía de cancionero del siglo XV. Cultivó en esta época una poesía arraigada. Aunque ya comienza a practicar algunas formas italianas, predomina el octosilábico castellano y no se ven elementos petrarquistas en sus versos.

  Lo característico de esta etapa es el silencio intimista, la austeridad imaginativa, la desatención de la naturaleza (y todo lo exterior), y que los artificios formales que presenta (juegos de palabras, derivaciones, antítesis…) son del gusto de la poesía cancioneril. Además; igual que a otros autores renacentistas como Boscán, Gutierre de Cetina o Fernando de Herrera; tuvo influencia del valenciano Ausìas March, un autor tardo medieval (XV) con un estilo cuidado y personal que se salía de las modas y costumbres de su tiempo

   La segunda etapa es la que se vincula con su contacto con Italia y con el Humanismo. En Nápoles, su poesía se adentra en el petrarquismo. Garcilaso imita temas, estilo y repertorio de imágenes de la belleza, así como los elementos de la naturaleza empleados para retratar a la amada y describir la vivencia amorosa del poeta.

  Dentro de los contemporáneos, Garcilaso será influenciado por Ludovico Ariosto y, principalmente, por Sannazaro. De hecho, la lectura de La Arcadia llevó al poeta español a incluir en sus composiciones pastores caracterizados por su melancolía y por un ambiente idealizado. Gracias al contacto con el Humanismo, el de Toledo se interesó en leer a los clásicos Virgilio, Horacio, Ovidio…; lo que también incluyó en su poesía.

  La última etapa es la más lograda, cuando encuentra su propia voz personal. Por tanto, la obra de Garcilaso no es una mera imitación de modelos locales o italianos; sino que alcanzó una plenitud expresiva raras veces conseguida por nadie. Dicho con otras palabras: cogió los elementos de toda la evolución literaria de Castilla y de otros lugares de España, se empapó de nuevas formas expresivas (las renacentistas) y, para terminar, logró hacerlas suyas y crear una cosa nueva y deferente, adaptada al español y al bagaje cultural peninsular.

  Su obra, preparada para su edición por su amigo Juan Boscán, fue publicada de forma póstuma en 1543. Es escasa: una oda (Oda a la flor de Gnido), una epístola en verso a Boscán, dos elegías, tres églogas, cinco canciones, unas pocas composiciones al estilo tradicional y 38 sonetos.


  Aún así, esta breve producción modificó el rumbo de la lírica castellana. Le otorgó su definitiva configuración, la modernizó. Los sonetos garcilasianos, tras el intento del Marqués de Santillana, son la aclimatación definitiva de la estrofa al español. En ellos, desarrolla, en esencia, el sentimiento amoroso. Un amor neoplatónico en el que no falta la indiferencia de la dama, el dolor del amante, la esperanza o la desesperanza.

  Es importante en Garcilaso y el tratamiento del tema amoroso, al estilo de Petrarca, su muestra de melancolía y cómo analiza los sentimientos provocados por el amor no correspondido o por el perdido (por ejemplo, por la muerte de la amada). Para describir a la amada usará unos pocos rasgos físicos; en cambio, para dibujar el mundo interior del poeta, del “yo” poético, se empleará a conciencia. No será hasta su madurez artística final que asuma una verdadera sentimentalidad renacentista suave y melancólica.

  En las elegías se descubrirá una influencia directa de los clásicos y una actitud estoica ante los sucesos adversos, aunque no exenta de un tono vitalista y optimista muy de la época. Las églogas (composiciones más largas en las que varios pastoriles dialogan sobre temas, generalmente amorosos, en un entorno idílico), junto a algunos sonetos, son la culminación del talento poético de Garcilaso. Las églogas de Garcilaso condensan toda la riqueza de su mundo poético y es donde su sinceridad se aproxima a la confidencia, pese al convencionalismo de la tramoya pastoril. Las tres églogas fueron compuestas durante su estancia en Nápoles. Son tres églogas.

  La Égloga I, que consta de 421 versos distribuidos en estancias, contiene los monólogos de dos pastores; Salicio, con sus tristes quejas por el rechazo de su amada Galatea; y Nemoroso, que llora la muerte de Elisa. De esta forma, plasma el debate entre amar y haber perdido frente al amor no correspondido. El poema concluye en una atmósfera de melancolía y de afirmación del “dolorido sentir” como condición de la existencia humana. Hay una mezcla de sincera confesión y contención sobria. Se percibe en el poema la emoción y la pasión de un amor vivido. Hay que resaltar la frecuencia de las exclamaciones y preguntas, la hipérbole al tratar el proceso amoroso y la identificación de la naturaleza con el sentimiento de dolor del poeta.

  La Égloga II fue la primera que escribió. Es la más extensa y la única que presenta una acción dramática. La trama se centra en el amor no correspondido de Albanio hacia Camila. Albanio intenta suicidarse y relata sus desventuras a su amigo. Por su parte, Nemoroso, además de referirse a sus propias experiencias amorosas, elogia las hazañas del duque de Alba, protector del poeta. Así vemos cómo se cruzan los temas de amor con la política de la vida del autor.

  La Égloga III, para muchos la obra más lograda de Garcilaso, está escrita en Octavas reales. En ella, cuenta que, a orillas del Tajo, cuatro ninfas bordan en sus telas sendas historias de amor y muerte (la historia de Orfeo y Eurídice, la de Apolo y Dafne, la de Venus y Adonis y la de Elisa y Nemoroso). La inclusión de la historia amorosa de Garcilaso (la historia de Elisa (Isabel Freyre) y Nemoroso (Garcilaso) supone una reelaboración artística considerable, pues la vida se transforma en poesía que, a su vez, se transforma en tema de pintura. Esta égloga sobresale por la soltura en el uso de los recursos literarios, por su perfecta estructura y, si la comparamos con las otras dos, por un mayor distanciamiento en la expresión del sentimiento amoroso del poeta.

   Como puede observarse, el amor es el tema predominante en la poesía de Garcilaso. Su concepción de este es marcadamente neoplatónica, con huellas de la tradición petrarquista. El de Toledo oscila entre la esperanza y la desesperanza, se recrea en su dolor como amante y en la indiferencia de la amada, así como el uso de secreto del amor cortés o el análisis agudo de diversos estados de conciencia.

 Su poesía transmite una fuerte sensación de sinceridad, que se ha relacionado con el carácter autobiográfico de los poemas de Garcilaso. Conviene decir que era propia de la poesía de la época una cierta “retórica de la sinceridad”, que pretendía que los sentimientos expresados en los versos transparentaran cierta idea de verdad. En este sentido, puede advertirse una evolución en la poesía de Garcilaso desde sus primeras composiciones, más próximas a la lírica cancioneril y sus tópicos amorosos, hasta sus poemas de madurez impregnados de la nueva sentimentalidad renacentista, más sutil y melancólica.

  Otro tema muy presente en este autor indispensable de nuestra literatura es la naturaleza, utilizada como entorno estilizado e idealizado en el que los personajes se quejan de sus cuitas amorosas, pero también como confidente que escucha y consuela a los pastores en sus quejas (aquí se ve la influencia de Virgilio). La utopía pastoril tiene un innegable carácter idealista y en ella las relaciones humanas y económicas se atienen a los modelos que la inmutable naturaleza ha establecido.

   Para finalizar esta entrada conviene hablar un poco de la métrica y el estilo de Garcilaso, que, como veremos, influirá decisivamente en toda la poesía posterior. De hecho, su labor poética se inscribirá en un fenómeno mucho más amplio, la lírica española de los siglos XVI y XVII. La nueva lengua poética se ajusta a los ideales renacentistas de naturalidad y elegancia. Su lenguaje es aparentemente sencillo, fluido y natural. Busca el equilibrio clásico entre la pasión y la contención. Este deseo de armonía se refleja en la frecuente simetría de sus estructuras poéticas: versos bimembres, elementos duplicados o triplicados, paralelismos sintácticos, etc.

   El tono de su poesía es dulce, triste y melancólico, como revelan los adjetivos antepuestos, uno de los rasgos más característicos de su estilo: dulces prendas, dulce nido, triste canto, triste y solitario día, cansados años… A este tono contribuye también la novedosa métrica garcilasiana, con predominio del endecasílabo, frecuentemente asociado al heptasílabo, lo que le proporciona una gran libertad expresiva. Es, asimismo, un verso muy musical por la acertada combinación de acentos y rimas, por sus aliteraciones, hipérbatos, etcétera.

  Todo esto es fruto del contexto histórico y literario en que se movió y de los sistemas poéticos que conoció. El primer tercio del siglo XVI es una época de intensa innovación y apertura que Garcilaso vivió en España y en Italia.

Sobre la Identidad

   He querido reflexionar un poco sobre este concepto tan cambiante, subjetivo y polifacético que es la identidad. Veo que las personas asocian muchas cosas a lo que sienten como su propia identidad, es decir, a sus señas de identidad. Unos miran a su pueblo, su ciudad, su territorio más cercano o su país. Otros lo miden en función de su religión, sus creencias o sus valores, incluyendo su ideario político y otras cosas como la cultura o la etnia. En un tercer grupo estarían los que se fijan más el aspecto sexual, de género y aquello que sienten por dentro. Por último, están los que marcan sus señas de identidad por factores sociales como la familia, los amigos, los intereses, la economía, el estatus o las aficiones (música, juegos, deportes…).

  La realidad es que consciente o inconscientemente son todas estas señas distributivas lo que forma cada una de nuestras identidades particulares. Al final, es una gigantesca suerte de infinitas opciones. Tantas como personas hay en la Tierra. Eso sin contar con la posibilidad de tener más de una identidad.

   Hasta aquí, por mí perfecto. Cada uno es bien libre de sentirse como quiera. No seré yo el que ponga eso en tela de juicio. Lo que sí debo reflexionar es sobre el hecho en sí de marcar estas señas de identidad ad infinitum, pues el resultado final es el mismo que el que uno particularmente quiera. Esto es lícito, pero no por eso resulta necesariamente lógico o vinculante para objetivos subsiguientes. Por tanto, debería quedarse en el terreno de lo anecdótico y lo particular de cada uno.

  Por el contrario, sí hay algunos elementos tangibles y objetivos en el tema de la identidad que no suelen formar parte de la identidad de ninguna persona, pueblo, etnia o lo que sea. Son cosas tan obvias que no queremos verlas como parte de nosotros, aunque todos lo sabemos de sobra. Me refiero a hechos tan simples como la definición objetiva de lo que somos. ¿Qué somos? Seres humanos, personas.

  Toda definición de identidad de una persona debería pasar citando el hecho de que es una persona. Al ser una persona, debería también decir que es un animal. En este caso, es un ser humano al diferenciarse de otros animales; pero sin olvidar que es un animal para diferenciarse de aquellos seres vivos que no son animales. Como animales, nos hemos diferenciado de otros seres vivos, pero también nos seguimos definiendo como vivos en contraposición a lo inerte. Del mismo modo, al etiquetarnos como personas, deberíamos entender todos que somos parte de una colectividad, es decir, terrícolas.

  Temo que nunca veamos esto sin la ayuda de alguna especie invasora de fuera del planeta. Por muy sencillo que sea. ¿O conoces a alguien que no sea un animal, un ser vivo o un terrícola? Estas etiquetas lógicas no terminan aquí, pero no quiero extender mucho el hecho porque creo que ya se entiende bien. Sí te daré otras pistas que podrían identificarnos a todos nosotros: primates, bípedos, mamíferos, etc.

  Parece que no nos interesa vernos de esta forma, que es mejor fijarse más en las pequeñas diferencias, por subjetivas y endebles que sean en algunos casos. En parte, puedo entenderlo, pues nos identificamos en relación al entorno más cercano. Sin embargo, en una sociedad global como la actual, estamos llegando al punto que si no empatizamos entre nosotros sobre qué es lo que realmente somos como colectividad, terminemos equivocándonos sin remedio y no veamos lo ligados que estamos al resto de animales, de seres vivos o a la Tierra en sí misma.

 Volvamos a las señas que sí solemos tomar como propias para identificarnos a nosotros individualmente, en grupo o en contra de otros. ¿Cómo de objetivas o inventadas son? Esta pregunta es extremadamente difícil y polémica. Habrá que contestarla con sumo cuidado y entender que he comenzado el texto respetando la identidad que cada uno quiera tener de sí mismo. Con todo, sí me gustaría explorar los cimientos reales para sustentar estas etiquetas como un sistema racional de identificación desde el exterior, independientemente de cómo se sienta cada uno por dentro.

  Siguiendo con la biología, toca ver esas dos etiquetas tradicionales de género binario que manejamos todos. Hombre y mujer, la eterna pareja. Puede parecer neutral qué es ser hombre y qué es ser mujer. En principio, lo es; pero, lo cierto es que hemos ido poniendo condicionantes a estos términos y hemos cerrado mucho las opciones. Yo creo que hay muchas formas de ser un hombre y muchas de ser una mujer, tantas como hombres y mujeres existen. Sin embargo, tendemos a simbolizar ciertos atributos, roles y deberes a estos dos grupos y los encorsetamos, los asfixiamos, los cosificamos.

  Ahí está el error, en pretender que ser hombre o mujer signifique lo que unos querían en el pasado y muy pocos quieren ahora. Si cada uno pudiera ser hombre o mujer según quiera cada cual serlo, habría menos problemas con este tema. Se podría hablar más abiertamente sin que te comiencen a encerrar con etiquetas absurdas, populistas y desfasadas. Con todo, creo que es una dicotomía que funciona bien en la gran mayoría de los casos (si estuviera más abierta y libre de ideología). Es, sin duda, práctica y coherente desde su campo de estudio.

   Por otro lado, sí hay, como digo, un margen de error en toda clasificación, sobre todo cuando sale de su lugar y aterriza en otro; así que qué mínimo que respetar la identidad de cada uno. No seré yo el que le diga a nadie cómo debe sentirse. En este sentido, habría un tercer grupo que tenga que abarcar toda identidad de género que se salga de esta propuesta bimembre.

  Siguiendo con las etiquetas que sí son objetivas, me topo, cómo no, con el lenguaje humano. Lo explicaré de forma muy sencilla, es decir, con mi lenguaje, con el español. Es innegable que mi lengua materna es el español. Eso, quiera o no, me define sin remedio, pues estoy en un grupo de gente, dentro de todos los humanos del planeta, que habla español. En concreto, en un grupo que piensa y vive en español. Insisto en que no va de lo que creo o lo que siento, va de hechos innegables. Ese mismo camino me lleva a algo que pone en el DNI, mi país. No pone si me gusta o no me gusta el hecho en sí. Solo pone que soy español, es decir, que soy un ciudadano de un país que se llama España. Lo demás sería ya harina de otro costal.

   En este sentido, también es irrefutable que cada persona vive en un lugar. Lo puedes llamar pueblo, casa, ciudad, comarca, territorio, barrio o como quieras. El truco aquí está en que sí, estamos en un lugar o en otro y eso nos define; igual que la pertenencia a una familia, una etnia o a otra colectividad, la que sea; pero eso no quiere decir que seamos de una u otra forma por ese hecho. Ahí ya entraríamos en generalizaciones simplistas, sesgadas y torticeras para etiquetarnos, subvencionarnos o estigmatizarnos.

  Estos factores sociales o culturales como la religión, los amigos, la generación, el estatus, los intereses, las aficiones, el trabajo, etc. son como la ideología, la cultura, las creencias, los valores o tu sexualidad, es decir, señas de identidad personales e infinitas que no deberían ser importantes para los demás. Simplemente deberíamos ser libres de identificarnos con cualquiera de ellas, sin más. No tendrían que ser relevantes para el resto, pues son esenciales para cada uno. ¿No merece eso el máximo respeto, que es el respeto que no juzga, no habla, no señala?

  Quiero ir terminando esta pequeña reflexión de identidad con un tema complejo que ahora se suele identificar con el color o el origen, y que antes lo hacía con las razas. Si has leído hasta aquí y no echabas en falta esta categoría, vas bien. Identificar al resto por colores es tan absurdo como hacerlo por el color de los ojos, el pelo, la estatura o cualquier atributo físico irrelevante para los demás.

   Llego al final del artículo sabiendo que podría haber estirado el tema muchísimo, pero con ganas de concluirlo con un pensamiento concreto: que no se señale a nadie por su identidad, que se tenga libertad real para sentirse como un quiera, que no se manipule a los demás con ese pretexto y que no se discrimine por ello; pero también que no se formen chiringuitos y absurdeces con las pobres minorías, que no necesitan más que un poco de normalidad y libertad. 

Sobre lo objetivo y lo subjetivo

   Vivimos en una época en el que, sin duda, reina lo subjetivo. Hasta tal punto llega, que lo objetivo es visto como una opinión más, igual de válida, o no, que aquello que siento y sufro de forma subjetiva.

  La distinción, en teoría, de estos conceptos es sencilla. Lo subjetivo es cómo ves las cosas desde tu perspectiva, desde tus emociones, en definitiva, desde tu propio prisma deformado e interesado. Lo objetivo, en cambio, pretende ser algo medible que pueda verse de forma similar por todos. Por ejemplo, si se demuestra que un político ha recibido algún dinero ilícito por hacer su trabajo; no sé, alguna comisión o “mordida”; es objetivo que se ha saltado la ley. Sin embargo, según tus creencias, tu ideología o lo que sea que te mueva; verás ese hecho desde tu prisma, por lo que tu opinión será subjetiva.

  En muchos casos, lo objetivo no es algo fácil de ver. Algunos lo rechazan de plano porque no es un axioma científico inamovible en el sentido estricto; sin embargo, en el ámbito de lo social, lo cultural o lo humano, es lo más parecido que existe. Al menos, mostrará hechos, datos, gráficas, etc. Gracias a eso, puede haber leyes, normas y reglas comunes en sociedad. Lo más parecido para acercarnos a la idea inalcanzable de eso que llaman Justicia.

  Este concepto tiene, además, un problema grave de cara al público: es feo, anda raro, como escondido. Tiene complejos, deformidades y no suele caer muy bien; pues te dice la verdad, así, sin miramientos, sin escrúpulos. Por otro lado, no suele estar de buen humor. Anda triste, sin amigos. Muchos le dicen que huele mal, por eso se le margina. Como puedes imaginar, no lo tiene fácil para socializar. Es cierto, le cuesta bastante. No lo puede remediar. Él es así y, al contrario que cualquiera de nosotros, no puede cambiar. Diré más, no debe. Un leve cambio le lleva a su opuesto. Así de crudo lo tiene para ser aceptado el concepto de lo objetivo.

 Su compañero (su contraparte), en cambio, siempre fue un tipo resultón. Siempre de moda. Eternamente joven. Sociable, simpático y amigable. Una apariencia sin par. Con todo, creo que también está triste, cansado de acomodarse a todos. Cansado de mentir por los demás. Me dijo un día, en confidencia, que se sentía, en el fondo de su alma, solo y vacío. Al principio me resultó irónico, pues es de los que andan por ahí, en compañía de todos, con innumerables amigos y conocidos. Al poco rato, puede comprenderlo mejor: estaba aturdido por la fama, acosado por los fans y harto de no poder ser él mismo. Algo me dice que solo una cosa podría consolarlo: reencontrarse y poder entenderse con el otro. Sí, con lo objetivo. De esa forma, con algo de suerte, recuerde cuál es su lugar en el mundo.

 Es cierto que con las cosas objetivas también se puede mentir y manipular. No tienes más que interpretarlo en el sentido que mejor te venga. De hecho, falsear lo objetivo es la mejor forma de engañar. Es la forma más oficial, la que mejor queda, la profesional. No digo ya inventarte datos falsos, no va de eso el artículo; aunque sea algo que sucede cada día en los medios y en los gobiernos. Sin embargo, no arremeteré ahora con ello. La cuestión es el uso fraudulento de hechos objetivos, verificables. Ahí radica la forma efectiva de engañarnos a la población. Si lo piensas bien, es algo que saben hacer hasta los niños pequeños. Al final, es mentir con la verdad, exagerar, cambiar causas por consecuencias e inferir cualquier cosa que te venga bien en ese rato, etc.

  Sí, esa es una buena forma de engañar a la gente. Pero, ¡ojo!, que no es ni la más eficiente ni la más utilizada. En general, se suele optar por el otro enfoque, el subjetivo. Desde esta perspectiva ya no importa ni la verdad, ni los estudios, ni las pruebas, ni los hechos, ni nada de nada. Aquí ya solo importan las emociones. Lo triste es que ni siquiera hacen falta sutilezas. Es suficiente con la brocha gorda para manipularnos, es decir, con las emociones básicas; las seis armas de destrucción masiva de cerebros.

  Estas poderosísimas herramientas están un poco especializadas por parejas. El miedo y la tristeza se utilizan para controlar a la población; el asco o la ira para dividirla y enfrentarla; y, por último, la alegría y la sorpresa para fines comerciales o lúdicos, es decir, para distraer. Además, verás que en todos los casos es necesario mucho menos esfuerzo que con enfoques objetivos tanto para lograrlo como para el consumidor. Como es lógico, no son las únicas emociones. Hay muchísimas más. Algunas de ellas; la envidia o la avaricia, por ejemplo; muy útiles también en el asunto de hoy, pero ya te haces una idea con unos cuantos ejemplos sobre estas seis.

  Me acuerdo mucho de la Pandemia. ¿Te acuerdas de todo lo que pasó y todo lo que hicimos? Pues mucho de ello fue por el miedo que tuvimos, y el que nos inocularon. También hubo mucha dosis, como os adelantaba antes, de tristeza en aquello. De hecho, no dan ganas de recordarlo demasiado.       Sobre la ira y el asco; o, dicho de otra forma, el odio; hay tantos ejemplos que me entra furia solo de pensarlos. El odio sirve para dividir a la gente, algo esencial si quieres controlarlos; pues todo el mundo sabe que juntos somos mucho más fuertes. Una amenaza en potencia.

   Algunos lectores serán amantes del fútbol, o de cualquier otro deporte. Lo normal es que te guste más un equipo. No sé, el de tu ciudad o uno bueno, o uno que viste de chaval. No importa, en todos los casos está correcto. El problema nunca fue que ames unos colores. Sí, es algo un poco sentimental e irracional, pero es sano y tiene lógica. Formas parte de algo, de un sentimiento, de una pasión. La hinchada que se une para apoyar a los suyos. Lo que es absurdo es que odies otros, o que aproveches la situación para soltar adrenalina y ponerte a hostias con todo el mundo que no lleve los colores de tu equipo.

   La cosa empeora cuando entran en conflicto, más allá de los colores, las ideologías. Ahí ya sí que ve uno las manadas de borregos dirigidos por los pastores de siempre. Todos uniformados y encaminados a las urnas, clamando al son de las tonterías de siempre. ¿Y para defender qué? ¿Ser de izquierda, de derecha, de Madrid o de Barcelona? Igual venía bien pensarlo antes de llegar dando botes con tu voto.

  En efecto, ahora los que defienden una ideología son como fanáticos de sus colores. No por nada, solo porque les toca en un lugar o en otro. Simple y triste a partes iguales. ¿No estaría mejor poner toda esa energía, juntos, en exigir a nuestros representantes que asuman, de verdad y sin excusas, la responsabilidad que dicen tener? Yo creo que sí, que es absurdo odiar por mitades. Nos impide ver el bosque y vigilar lo importante. En fin, así funcionan las emociones cuando no sabes controlarlas.

 Como ya estarás viendo, no son pocas las veces que las emociones actúan a la vez. Los mismos ejemplos utilizados para el odio me sirven, en algunos casos, para el miedo; o para la alegría, la tristeza, etc. Terminaré el repaso de estos motores subjetivos que son las emociones descontroladas con las más divertidas, aunque no por ellos dejan de ser perniciosas o poco efectivas para lo que son.

  Eso es, toca hablar de la sorpresa y de la alegría. Igual que antes con el fútbol; en principio, estas emociones están bien. Muy bien, de hecho. Entretenimientos, viajes, excursiones, aficiones, juegos, redes sociales… Todo lo que te saque de la rutina y te motive, si no va contra otras personas, está muy bien. Es necesario, es la vida en sí misma. Lo malo llega cuando dejas de ser tú el que elige, cuando te dejas llevar o, mejor dicho, cuando dejas que te lleven. Televisiones, anuncios, programas, plataformas, famosos, etc. Eso ya es diferente. Ahí sí que te la están liando a lo grande.

  Si cuando juegas, te relacionas en redes o ves contenido en tu tele o tu ordenador; notas que te dosifican la alegría como si fuera una droga, ahí tienes el primer indicio de que no te diviertes. Estás en el juego facilón del conductismo más básico, el que se usa para entrenar a perros y otros animales. Las dosis pequeñas y pensadas; pero sin parar, sin freno, sin fin. Son las recompensas positivas para mantenerte anestesiado, así de sencillo. Sí, ya sé; tú controlas. Lo sé. Claro, igual que yo. Controlamos de lujo, cómo no. Con todo, están abusando de ti.

  Supongo que verás, como yo, que la lucha entre lo objetivo y lo subjetivo es desigual. No se puede apelar a la razón contra lo emocional. El porcentaje de éxito es muy bajo. Por lo tanto, deberíamos tener algunas herramientas útiles para defendernos del mundo moderno. ¿Cuáles pueden ser?

  Aunque no lo creas, hay muchas. Están ahí, al alcance de todos. Algunas requieren esfuerzo, es verdad. El pensamiento crítico, la razón, lo objetivo, los argumentos… Esas siempre son buenas armas, pero, sí, cuesta un poco afilarlas. No pasa nada, hay más opciones. Tranquilos, que no son excluyentes. La primera es la famosa e incomprendida empatía. Sí, otra emoción. Es verdad. No será la única. La solución debe ir por ahí. Está en las emociones. Hay otras que ayudan bastante: el orgullo, la generosidad, el amor (por ahí te toparás con la empatía)…

  Para terminar hablaré de otro truco para no ser arrastrado por las oleadas de sensiblerías de hoy en día: la gestión emocional. No debes escudarte en la emoción que tengas en cada momento para concluir lo que te dé la gana. Eso te convierte en un niño mimado y tontorrón. Tus emociones debes aprender a sentirlas. Total, es gratis.

Sobre la dinámica del Poder

    El poder… ¡Qué concepto tan curioso! ¿Qué es realmente el Poder? Es un sustantivo abstracto que esconde mucho más de lo que parece. Esconde, de hecho, cosas concretas y tangibles. Cuando decimos o pensamos en esta palabra, nos viene a la cabeza una fuerza que nos controla y tal; aunque, si se piensa bien, es una idea llena de fantasía. El sustantivo poder da respeto. Es verdad. Pero no hay que olvidar sus orígenes humildes. Está formado desde los usos del verbo, que tiene un significado mucho más terrenal que la abstracción del sustantivo.

   Cada persona, independientemente de sus orígenes, nace con muchas potencialidades, pero lo cierto es que es dependiente durante un tiempo. En ese sentido, no puede casi nada. Al crecer, va adquiriendo distintos poderes. Va aprendiendo a caminar, correr, saltar, coger cosas con las manos, hablar, abrazar, etc. Con el tiempo, será capaz de hacer un montón de cosas; así que tendrá mucho más poder que al empezar en este mundo. Esto demuestra que el poder no viene del aire. El poder está en todos nosotros. Eso sí, repartido, limitado.

    El mero hecho de nacer en un lugar determinado o en un tiempo concreto, te concede más poderes (o no) adicionales. Por ejemplo, ahora se puede, con ayuda de aviones y otros artefactos, volar; algo que hace un tiempo era imposible. Esto es solo un ejemplo claro de algo que se repite ad infinitum, lo que nos lleva a otra relación curiosa: la relación entre el poder y la posibilidad. Todas las gentes del mundo guardan para sí ciertos poderes, lo que deriva en un sinfín de posibilidades pasadas, presentes y futuras.

  Los animales, como siempre sucede, nos ponen más ejemplos para imaginar cualquier tema. Hay animales con posibilidad de subir a los árboles rápidamente, de forma muy ágil. Otros, no tienen esa opción. Los hay que pueden volar, morder, correr, saltar, usar palos, nadar, bucear, respirar bajo el agua, etc. Un montón de posibilidades que hubo a lo largo de los milenios y que se dieron y no dieron tantísimas veces en el mundo. Así nacieron los animales actuales, incluyendo al ser humano, que terminó pudiendo superar la posibilidad de dominar el planeta, comunicarse... Poder, posibilidad, más poder, más posibilidad, etc.

  Desde este punto de vista, el poder no resulta ya tan divino o inalcanzable. Así vemos de dónde procede. Si es así, ¿Por qué parece que unos tienen más poder que otros? Porque el poder se puede dar y quitar. No todo el poder, pero sí lo suficiente para formar una buena brecha entre las posibilidades de unos y de otros. El ser humano es un animal social. No vivimos solos, vivimos rodeados de gente. Ese simple hecho ha hecho que nuestra capacidad de medrar sea increíble, pero también que vayamos cediendo poder de unos a otros. Es una dinámica que siempre se da igual. Surgen las posibilidades que decía antes y con ellas responsabilidades y oportunidades nuevas para que unos tengan en su haber nuevas fronteras diferentes al resto de conciudadanos.

   Así nacen los humildes y los poderosos, esto es, las clases sociales. No importa dónde ni cuándo. Siempre existen. Da lo mismo que estudies la Edad Media europea que la Dinastía Ming o la Antigua Roma. Encontrarás clases sociales en la India, en España, en Estados Unidos o donde sea. Puede que encuentres algunas diferencias, pero lo que verás será muy similar. Como aquí no tengo espacio para hablar de todos los casos, me centraré en esquemas conocidos que representan las cosas de camino a la actualidad.

  Las sociedades tienden a acumular el poder en pocas manos. Se les suele llamar nobleza. Estos poderosos necesitan de muchísima gente para acumular su poder. Son los dueños de la tierra que los humildes trabajarán. La forma que han ido teniendo para justificar ese poder ha ido de la mano de la religión. De esa forma, en lo alto de la cadena de mando han estado siempre los aristócratas, que han mantenido de su lado a los religiosos y al pueblo para mantenerse. Además, han jugado un papel importante en la defensa de esas tierras, es decir, en los ejércitos.

   La forma de poder más común durante mucho tiempo en sociedades ya avanzadas fue la de los reyes, que son los nobles con más opciones de controlar al resto de iguales, que, a su vez, dominaban las pasiones y los estómagos del pueblo llano. Para denominar esta misma relación ha habido muchos títulos y formas, aunque sin una diferencia esencial entre ellas más allá de cuestiones culturales que no afectan a la estructura de esta forma de vivir. Este esquema sirve desde las primeras civilizaciones agrícolas de Mesopotamia hasta el siglo XVIII. En esencia, es lo que has estudiado en el cole como Antiguo Régimen, un modelo estanco en el que era casi imposible salir de ese rol preestablecido.

  El gran problema de este pacto social fue que no contó con un poder que parecía nuevo, pero que llevaba existiendo desde la Antigüedad: la Burguesía. La novedad era que el mundo moderno ya no podía seguir organizándose así. Había que encontrar un lugar relevante para la burguesía enriquecida de la época.

  En este punto hay algo que suele confundirse, así que trataré de ser claro. El asunto no era que la burguesía buscara una forma de tener poder. El tema es que ya tenía ese poder. Lo único que debía pasar es que la forma de gobierno de los Estados se acomodara a los intereses de estas personas que ahora tenían más poder que la nobleza. Gracias al comercio, la industria y a la banca; los dueños de la tierra ya no eran, necesariamente, los más pujantes, por lo que era indispensable volver a equilibrar ese poder para que reflejara el nuevo orden social. Un nuevo régimen hecho a medida de los nuevos ricos, la gente del progreso, los liberales…

   El gran error de esta gente es que no contó con el pueblo llano y con un nuevo estamento social, uno que ellos mismos habían creado: la clase trabajadora de las ciudades, es decir, el proletariado. Mucho se tuvo que luchar para que esa clase social fuera recompensada justamente por su trabajo. Tanto, que en muchos lugares todavía están en ello. Con todo, si piensas en las revoluciones históricas, verás que todas las clases sociales tienen cierto poder; más allá de si andan ejerciéndolo todo el día o no.

   De vuelta al día a día actual de los países que llaman “desarrollados”, puedes ver el resultado de lo que acabamos de repasar. Verás que los nobles y la Iglesia tienen mucho poder, pero no tanto como algunas empresas, bancos o asociaciones. Además, verás que hay Estados con más poder y recursos que otros; así como el poder de la gente trabajadora (en el campo y en las ciudades), con sus derechos y sus sindicatos. Pese a todo, con esto no tendremos todo el poder que ahora existe. La Democracia parece que reparte de forma justa ese poder. Se dice que hay, en los Estados modernos, división de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial), aunque la efectividad real de esto es discutible. En fin, no quiero salirme mucho del tema; así que dejaré que cada lector piense lo que guste sobre los repartos de poderes y pasaré a otro poder esencial en nuestros días que no debemos ignorar. Hablo, cómo no, del cuarto poder, es decir, el de los medios de comunicación y la prensa.

   En el paso de la Edad Media a la Edad Moderna, la prensa y la palabra escrita, la propaganda y la difusión de ideas (buenas o malas) fueron esenciales en la lucha entre nobles, con la Iglesia, y la burguesía adinerada; pues difundían sus ideas y se ganaban el favor del pueblo. Con el tiempo, el poder de los medios no ha hecho más que crecer y crecer. En la actualidad, con Internet y un mundo conectado, este poder está, en apariencia, más repartido. Pero no es más que eso, apariencia.

   Para finalizar el artículo me gustaría reflexionar sobre una cuestión muy lógica. Algo del poder que no suele tenerse en cuenta. Me refiero a esa confusión que se suele tener con esta palabra. Muchos hacen cosas en cuanto pueden hacerlas, pero ahí están confundiendo el poder con la obligación. Poder hacer algo no implica necesariamente hacerlo. También se puede elegir no hacerlo. Poder no significa tener, solo te brinda una posibilidad. Además, que puedas hacer algo no implica que no puedan otros reaccionar por tus actos, o sea, no quiere decir que debas hacerlo.

   Cada día, todos podemos hacer muchas cosas que no hacemos. Ahí radica nuestra responsabilidad y nuestra ética. En lo que no hacemos. Ahí está el verdadero mérito. Lo que no debería nadie olvidar es que se puede estar un tiempo sin hacer algo; pero, más tarde o más temprano, llega un día y, por alguna razón que no esperaban, el pueblo decide actuar. Ahí está lo bonito de esta dinámica del poder.