Garcilaso de la Vega

  Nace en Toledo entre 1491 y 1503. Muere en Niza en 1536. Tuvo una vida breve pero intensa. Se relacionó con el emperador, con la casa de Alba, etc. Estuvo en varias campañas militares, hasta que muere en Francia al intentar tomar una fortaleza. Baltasar Castiglione lo definió como un hombre culto, elegante, valeroso y hombre de letras.

Tumba de Garcilaso

  Es el prototipo de cortesano renacentista, un noble de familia importante (con amigos más importantes todavía) y un militar relacionado con la corte y las guerras en Italia, Francia, etc. Es el modelo clásico de armas y letras. Como él mismo dijo, Garcilaso vivió “tomando ora la pluma, ora la espada”. Como poeta, que es lo que aquí nos interesa, es el más influyente del Renacimiento español, pero también del Barroco. Una figura clave que unirá lo viejo y lo nuevo para encontrar una voz propia, casi una metáfora perfecta de lo que significó España en la época de Carlos I.


  La poesía de Garcilaso, junto a su amigo Juan Boscán, nos brindará la oportunidad de adoptar los nuevos estilos italianos de Dante, Petrarca o Sannazaro (autor contemporáneo al toledano) al español y a la poesía anterior, que todavía en la primera mitad del XVI era la más oída. 

  Se suele dividir su obra en tres etapas definidas en función de su estancia en Nápoles. La primera etapa está enmarcada dentro de la poesía de cancionero del siglo XV. Cultivó en esta época una poesía arraigada. Aunque ya comienza a practicar algunas formas italianas, predomina el octosilábico castellano y no se ven elementos petrarquistas en sus versos.

  Lo característico de esta etapa es el silencio intimista, la austeridad imaginativa, la desatención de la naturaleza (y todo lo exterior), y que los artificios formales que presenta (juegos de palabras, derivaciones, antítesis…) son del gusto de la poesía cancioneril. Además; igual que a otros autores renacentistas como Boscán, Gutierre de Cetina o Fernando de Herrera; tuvo influencia del valenciano Ausìas March, un autor tardo medieval (XV) con un estilo cuidado y personal que se salía de las modas y costumbres de su tiempo

   La segunda etapa es la que se vincula con su contacto con Italia y con el Humanismo. En Nápoles, su poesía se adentra en el petrarquismo. Garcilaso imita temas, estilo y repertorio de imágenes de la belleza, así como los elementos de la naturaleza empleados para retratar a la amada y describir la vivencia amorosa del poeta.

  Dentro de los contemporáneos, Garcilaso será influenciado por Ludovico Ariosto y, principalmente, por Sannazaro. De hecho, la lectura de La Arcadia llevó al poeta español a incluir en sus composiciones pastores caracterizados por su melancolía y por un ambiente idealizado. Gracias al contacto con el Humanismo, el de Toledo se interesó en leer a los clásicos Virgilio, Horacio, Ovidio…; lo que también incluyó en su poesía.

  La última etapa es la más lograda, cuando encuentra su propia voz personal. Por tanto, la obra de Garcilaso no es una mera imitación de modelos locales o italianos; sino que alcanzó una plenitud expresiva raras veces conseguida por nadie. Dicho con otras palabras: cogió los elementos de toda la evolución literaria de Castilla y de otros lugares de España, se empapó de nuevas formas expresivas (las renacentistas) y, para terminar, logró hacerlas suyas y crear una cosa nueva y deferente, adaptada al español y al bagaje cultural peninsular.

  Su obra, preparada para su edición por su amigo Juan Boscán, fue publicada de forma póstuma en 1543. Es escasa: una oda (Oda a la flor de Gnido), una epístola en verso a Boscán, dos elegías, tres églogas, cinco canciones, unas pocas composiciones al estilo tradicional y 38 sonetos.


  Aún así, esta breve producción modificó el rumbo de la lírica castellana. Le otorgó su definitiva configuración, la modernizó. Los sonetos garcilasianos, tras el intento del Marqués de Santillana, son la aclimatación definitiva de la estrofa al español. En ellos, desarrolla, en esencia, el sentimiento amoroso. Un amor neoplatónico en el que no falta la indiferencia de la dama, el dolor del amante, la esperanza o la desesperanza.

  Es importante en Garcilaso y el tratamiento del tema amoroso, al estilo de Petrarca, su muestra de melancolía y cómo analiza los sentimientos provocados por el amor no correspondido o por el perdido (por ejemplo, por la muerte de la amada). Para describir a la amada usará unos pocos rasgos físicos; en cambio, para dibujar el mundo interior del poeta, del “yo” poético, se empleará a conciencia. No será hasta su madurez artística final que asuma una verdadera sentimentalidad renacentista suave y melancólica.

  En las elegías se descubrirá una influencia directa de los clásicos y una actitud estoica ante los sucesos adversos, aunque no exenta de un tono vitalista y optimista muy de la época. Las églogas (composiciones más largas en las que varios pastoriles dialogan sobre temas, generalmente amorosos, en un entorno idílico), junto a algunos sonetos, son la culminación del talento poético de Garcilaso. Las églogas de Garcilaso condensan toda la riqueza de su mundo poético y es donde su sinceridad se aproxima a la confidencia, pese al convencionalismo de la tramoya pastoril. Las tres églogas fueron compuestas durante su estancia en Nápoles. Son tres églogas.

  La Égloga I, que consta de 421 versos distribuidos en estancias, contiene los monólogos de dos pastores; Salicio, con sus tristes quejas por el rechazo de su amada Galatea; y Nemoroso, que llora la muerte de Elisa. De esta forma, plasma el debate entre amar y haber perdido frente al amor no correspondido. El poema concluye en una atmósfera de melancolía y de afirmación del “dolorido sentir” como condición de la existencia humana. Hay una mezcla de sincera confesión y contención sobria. Se percibe en el poema la emoción y la pasión de un amor vivido. Hay que resaltar la frecuencia de las exclamaciones y preguntas, la hipérbole al tratar el proceso amoroso y la identificación de la naturaleza con el sentimiento de dolor del poeta.

  La Égloga II fue la primera que escribió. Es la más extensa y la única que presenta una acción dramática. La trama se centra en el amor no correspondido de Albanio hacia Camila. Albanio intenta suicidarse y relata sus desventuras a su amigo. Por su parte, Nemoroso, además de referirse a sus propias experiencias amorosas, elogia las hazañas del duque de Alba, protector del poeta. Así vemos cómo se cruzan los temas de amor con la política de la vida del autor.

  La Égloga III, para muchos la obra más lograda de Garcilaso, está escrita en Octavas reales. En ella, cuenta que, a orillas del Tajo, cuatro ninfas bordan en sus telas sendas historias de amor y muerte (la historia de Orfeo y Eurídice, la de Apolo y Dafne, la de Venus y Adonis y la de Elisa y Nemoroso). La inclusión de la historia amorosa de Garcilaso (la historia de Elisa (Isabel Freyre) y Nemoroso (Garcilaso) supone una reelaboración artística considerable, pues la vida se transforma en poesía que, a su vez, se transforma en tema de pintura. Esta égloga sobresale por la soltura en el uso de los recursos literarios, por su perfecta estructura y, si la comparamos con las otras dos, por un mayor distanciamiento en la expresión del sentimiento amoroso del poeta.

   Como puede observarse, el amor es el tema predominante en la poesía de Garcilaso. Su concepción de este es marcadamente neoplatónica, con huellas de la tradición petrarquista. El de Toledo oscila entre la esperanza y la desesperanza, se recrea en su dolor como amante y en la indiferencia de la amada, así como el uso de secreto del amor cortés o el análisis agudo de diversos estados de conciencia.

 Su poesía transmite una fuerte sensación de sinceridad, que se ha relacionado con el carácter autobiográfico de los poemas de Garcilaso. Conviene decir que era propia de la poesía de la época una cierta “retórica de la sinceridad”, que pretendía que los sentimientos expresados en los versos transparentaran cierta idea de verdad. En este sentido, puede advertirse una evolución en la poesía de Garcilaso desde sus primeras composiciones, más próximas a la lírica cancioneril y sus tópicos amorosos, hasta sus poemas de madurez impregnados de la nueva sentimentalidad renacentista, más sutil y melancólica.

  Otro tema muy presente en este autor indispensable de nuestra literatura es la naturaleza, utilizada como entorno estilizado e idealizado en el que los personajes se quejan de sus cuitas amorosas, pero también como confidente que escucha y consuela a los pastores en sus quejas (aquí se ve la influencia de Virgilio). La utopía pastoril tiene un innegable carácter idealista y en ella las relaciones humanas y económicas se atienen a los modelos que la inmutable naturaleza ha establecido.

   Para finalizar esta entrada conviene hablar un poco de la métrica y el estilo de Garcilaso, que, como veremos, influirá decisivamente en toda la poesía posterior. De hecho, su labor poética se inscribirá en un fenómeno mucho más amplio, la lírica española de los siglos XVI y XVII. La nueva lengua poética se ajusta a los ideales renacentistas de naturalidad y elegancia. Su lenguaje es aparentemente sencillo, fluido y natural. Busca el equilibrio clásico entre la pasión y la contención. Este deseo de armonía se refleja en la frecuente simetría de sus estructuras poéticas: versos bimembres, elementos duplicados o triplicados, paralelismos sintácticos, etc.

   El tono de su poesía es dulce, triste y melancólico, como revelan los adjetivos antepuestos, uno de los rasgos más característicos de su estilo: dulces prendas, dulce nido, triste canto, triste y solitario día, cansados años… A este tono contribuye también la novedosa métrica garcilasiana, con predominio del endecasílabo, frecuentemente asociado al heptasílabo, lo que le proporciona una gran libertad expresiva. Es, asimismo, un verso muy musical por la acertada combinación de acentos y rimas, por sus aliteraciones, hipérbatos, etcétera.

  Todo esto es fruto del contexto histórico y literario en que se movió y de los sistemas poéticos que conoció. El primer tercio del siglo XVI es una época de intensa innovación y apertura que Garcilaso vivió en España y en Italia.

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