La vida del orco


 ¡Suena otra vez el despertador! 
 Óscar debe levantarse para ir a firmar los papeles del paro. Necesita renovar su estrecha prestación si quiere mantener su endeble economía. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
 La fecha coincide con la resaca de su vigésimo cumpleaños. No es que no le importe, es que ni siquiera se acuerda de qué es lo que tiene que salir a hacer, sin falta, esa mañana. Por el contrario, su alma lucha entre acordarse de la noche anterior o seguir en manos de Morfeo. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
 Pasa unos segundos recordando quién es mientras se duele de unos golpes que, al parecer, tiene por toda la cara. «¿Qué hice ayer?», masculla en solitario con una voz ronca y rasgada, entrecortada por la sólida saliva de su garganta. Algo más tarde, gracias al dulce paréntesis del sueño, todo deja de importar de nuevo por un tiempo. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
 Al intentar apagarlo se le cae y las pilas se liberan rodando en direcciones opuestas, perdiéndose en la oscuridad de la habitación. 


 Algunas horas después, la naturaleza decide despertarlo de súbito. Enciende asustado la luz del cuartucho y mira con la perspicacia de su propia desconfianza en sí mismo el reloj de su muñeca. Otro fracaso más para su lista particular. 
 Echa mano de su cajetilla de tabaco y enciende un cigarrillo que paladea mezclado con restos de sangre, alcohol y a saber qué otra cosa más. Lo hace tumbado y rumiando su futuro. No es consciente, pero el hedor de la habitación, su ácida garganta irritada, el dolor de la cara y el insoportable sabor de su fétida boca le ayudan mucho en la tarea. 
 Finalmente, se levanta y mea mientras escupe y golpea con el vigor que le da su última frustración la pared de su desahuciado hábitat. Pasará el día delante de la tele mientras un montón de desconocidos se ríen de él e intentan venderle algo. Deja para un luego futuro e inexistente lo de ducharse y buscar trabajo. Enciende varios cigarros de distinta marca que saca de una cajetilla con el aspecto de haber contenido ya demasiados huéspedes y estampa el móvil contra el suelo cuando su madre le llama por cuarta vez sin oír el mensaje que le deja en el buzón de voz. 
 Un tiempo después, no sé si horas o minutos, malcome sin hambre unos mejillones de lata que invaden el salón con su fuerte olor y dejan más huella en el destartalado sofá que en el infeliz despojo que los come. Improvisa luego un cenicero que se llena colilla a colilla con el paso de las manecillas de su reloj. El liquidillo naranja de la lata da paso a una fosa común de desesperanza tras desesperanza. Piensa en oír música pero no lo hace. Piensa en cortarse las uñas pero no lo hace. Piensa en afeitarse pero no lo hace. Piensa en reír pero no se acuerda. 
 Anochece mientras un estado de somnolencia se va apoderando de él entre pensamiento y pensamiento. Se estira a lo largo del sofá y se acomoda la grasienta cabeza en un cojín ya muy rebozado con algún que otro quemazón fruto de la desgana y la desidia de un fumador sin verdaderos sueños. 
 Pasado un rato abre los ojos y se percata de que sólo le queda un pitillo. Se pone unas zapatillas viejas de esas que no se atan, la chupa de cuero raída y una goma de pelo con la que se hace un gurruño del que sobresalen algunos mechones de pelo que indican y resumen el desbarajuste de vida que lleva. 
 Baja a la calle y el frescor de la noche le anima, le hace sentir vivo, le ayuda a soñar y a recordar que hubo una vez que fue feliz. Viene viento del norte y la gente camina acurrucada sobre sí misma, encogida y con aspecto de malhumorada. La presencia de Óscar desentona. A él este frío le hace sonreír, le engaña, le seduce. 

 
  Otra diferencia entre nuestro transeúnte y sus conciudadanos es el destino de sus pies, el objeto del paseo. Todos transitan con prisa, deseando llegar a su destino para hacer esa cosa por lo que merecía la pena salir. Óscar no, Óscar sólo quiere dar una vuelta. Sin rumbo fijo. Realmente, no va a ningún lugar específico. Ni siquiera sabe dónde acabará, ni quiere saberlo. 
 De cuando en cuando pide algún cigarro por la calle. Tiene estilo —y muchas tablas— para conseguir tabaco de desconocidos. Llena su cajetilla con habilidad. En un par de horas consigue tabaco para volver a casa. Sin embargo, camino de ésta se encuentra a un viejo amigo. Un saxofonista, amante de la vida nocturna, conocido como Blas Peña. Óscar deja que le invite a unas cuantas cervezas. Aunque éste no andaba muy boyante económicamente, acaban bebiendo bastantes. 
 Era Blas buen amigo de Óscar. Se conocían desde el instituto y no eran pocas las borracheras que los unían. Tras un par de botellines cambiaron de bar y tras dos o tres bares llegaron a uno en el que desde hace algunos años paraban muchos amigos y conocidos comunes. Entraron y pidieron la primera de varias rondas. 
 Un olor muy agradable, a hierba recién cortada, les incita a pillar unos gramos y Óscar comienza laboriosamente a liar, como hacían antaño, en no pocas pirolas estudiantiles de un pasado ya difuso, uno tras otro. Cuando ya están cerca de arreglar el mundo y con la sonrisilla esperada puesta en sus rostros, entra Carmen, una de esas amistades comunes. 
 Carmen es la ex del saxofonista, aunque también se había acostado una o dos veces con Óscar. La chica se sienta con ellos después de repartir unos besos entre los dos amigos y hacer un gesto al camarero para pedir otra ronda. 
 —¡Qué, Blas!, ¿te ha dicho Óscar lo que hicieron ayer, aquí, el genio de mi derecha y sus amigos?, pregunta retóricamente al músico mientras prueba el canuto que le ofrece Óscar. 
 —No me acuerdo bien de qué fue lo que pasó ayer, la verdad. 
 —¿De verdad? —responde ella extrañada y con claros síntomas de reprobación. 
 —¿De qué habláis? —se interesó el músico. 
 —Parece que Óscar volvió a tener ayer alguna desavenencia con alguno. 
 El de la coleta no logra acordarse. No era algo que le quitara el sueño. Otra pelea más. No sería ni la primera ni la última. Su cabeza intenta pasar del tema y decide, además, dejar de pensar en cómo iba a pagar el piso el próximo mes. 
 Antes de darse cuenta, están los tres con más amigos bailando y divirtiéndose en una discoteca del centro. Necesita evadirse de su realidad como sea. Al menos esa noche, lo logrará. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
Carmen besa la frente de Óscar y busca sus bragas con la mirada por la habitación, ya iluminada por los primeros rayos del sol matutino. Mira a su compañero y sonríe con verdadero afecto y preocupación. Luego se viste despacio y se marcha. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
Óscar busca con su brazo a Carmen, pero sólo encuentra su vacío y apaga el ruidoso aparatejo sin mucho mimo para estirarse y seguir descansando hasta librarse del tremendo dolor de cabeza que siente. 
 ¡Suena otra vez el despertador! 
Ahora no se sobresalta y lo apaga del todo mientras se incorpora un poco apoyado en el viejo cabecero de su cama y enciende el primer cigarrillo del día. Necesita reflexionar. 
 Tras un breve periodo, no sé si dos o tres colillas más tarde, logra tomar una decisión. Elegirá una de las opciones habituales, lo que no logra decidir es cuál de ellas terminará realizando. O visita a su familia y les pide dinero y trabajo, o vuelve a vender su cuerpo por dinero, o comienza a traficar. «Eso es mejor que robar», se anima para sí. 
 Tras tomarse un café, recoger un poco el piso y ducharse, mira su móvil y ve que lo tiene apagado. Lo enchufa y espera a que reviva. Al hacerlo, se percata de las llamadas perdidas que tiene y los no pocos mensajes sin leer ni oír. 

 
  Una hora más tarde, baja a la calle como un fantasma. Su vida había cambiado y él no se había dado ni cuenta. Camino del hospital, llama a su hermano y le avisa que va para allá. Ahora no importa ni el piso ni el dinero. Ahora no podrá pedir ayuda a su familia, pues su padre había sufrido un accidente con el coche y estaba luchando por sobrevivir. 
—¡Eh, tipo duro! —le increpa una voz desde un callejón cercano a su piso. 
 Óscar mira a su derecha y ve a un grupo de cuatro jóvenes con palos y cadenas. Sin pensarlo demasiado, acelera el paso para tratar de evitar la posible pelea. Esos chavales le suenan mucho, pero no sabe de qué los conoce. 
 —No quiero problemas —alega tranquilamente cuando se percata de que no va a poder huir de ellos. 
 —Pagarás por lo que le hiciste el otro día a Juan, hijo de pe… —¡Pum!, y no puede entender nada más. 
 ¡Suena otra vez el despertador!

Presentación y publicación de la novela Noches de Abrojos

   La entrada de hoy es especial. Consiste en compartir esta experiencia con vosotros. Espero que os ayude a seguir avanzando en vuestro camino como escritores. 




  Podéis adquirir la novela en la página de la editorial Malas Artes o en cualquier librería. 


Garcilaso de la Vega

  Nace en Toledo entre 1491 y 1503. Muere en Niza en 1536. Tuvo una vida breve pero intensa. Se relacionó con el emperador, con la casa de Alba, etc. Estuvo en varias campañas militares, hasta que muere en Francia al intentar tomar una fortaleza. Baltasar Castiglione lo definió como un hombre culto, elegante, valeroso y hombre de letras.

Tumba de Garcilaso

  Es el prototipo de cortesano renacentista, un noble de familia importante (con amigos más importantes todavía) y un militar relacionado con la corte y las guerras en Italia, Francia, etc. Es el modelo clásico de armas y letras. Como él mismo dijo, Garcilaso vivió “tomando ora la pluma, ora la espada”. Como poeta, que es lo que aquí nos interesa, es el más influyente del Renacimiento español, pero también del Barroco. Una figura clave que unirá lo viejo y lo nuevo para encontrar una voz propia, casi una metáfora perfecta de lo que significó España en la época de Carlos I.


  La poesía de Garcilaso, junto a su amigo Juan Boscán, nos brindará la oportunidad de adoptar los nuevos estilos italianos de Dante, Petrarca o Sannazaro (autor contemporáneo al toledano) al español y a la poesía anterior, que todavía en la primera mitad del XVI era la más oída. 

  Se suele dividir su obra en tres etapas definidas en función de su estancia en Nápoles. La primera etapa está enmarcada dentro de la poesía de cancionero del siglo XV. Cultivó en esta época una poesía arraigada. Aunque ya comienza a practicar algunas formas italianas, predomina el octosilábico castellano y no se ven elementos petrarquistas en sus versos.

  Lo característico de esta etapa es el silencio intimista, la austeridad imaginativa, la desatención de la naturaleza (y todo lo exterior), y que los artificios formales que presenta (juegos de palabras, derivaciones, antítesis…) son del gusto de la poesía cancioneril. Además; igual que a otros autores renacentistas como Boscán, Gutierre de Cetina o Fernando de Herrera; tuvo influencia del valenciano Ausìas March, un autor tardo medieval (XV) con un estilo cuidado y personal que se salía de las modas y costumbres de su tiempo

   La segunda etapa es la que se vincula con su contacto con Italia y con el Humanismo. En Nápoles, su poesía se adentra en el petrarquismo. Garcilaso imita temas, estilo y repertorio de imágenes de la belleza, así como los elementos de la naturaleza empleados para retratar a la amada y describir la vivencia amorosa del poeta.

  Dentro de los contemporáneos, Garcilaso será influenciado por Ludovico Ariosto y, principalmente, por Sannazaro. De hecho, la lectura de La Arcadia llevó al poeta español a incluir en sus composiciones pastores caracterizados por su melancolía y por un ambiente idealizado. Gracias al contacto con el Humanismo, el de Toledo se interesó en leer a los clásicos Virgilio, Horacio, Ovidio…; lo que también incluyó en su poesía.

  La última etapa es la más lograda, cuando encuentra su propia voz personal. Por tanto, la obra de Garcilaso no es una mera imitación de modelos locales o italianos; sino que alcanzó una plenitud expresiva raras veces conseguida por nadie. Dicho con otras palabras: cogió los elementos de toda la evolución literaria de Castilla y de otros lugares de España, se empapó de nuevas formas expresivas (las renacentistas) y, para terminar, logró hacerlas suyas y crear una cosa nueva y deferente, adaptada al español y al bagaje cultural peninsular.

  Su obra, preparada para su edición por su amigo Juan Boscán, fue publicada de forma póstuma en 1543. Es escasa: una oda (Oda a la flor de Gnido), una epístola en verso a Boscán, dos elegías, tres églogas, cinco canciones, unas pocas composiciones al estilo tradicional y 38 sonetos.


  Aún así, esta breve producción modificó el rumbo de la lírica castellana. Le otorgó su definitiva configuración, la modernizó. Los sonetos garcilasianos, tras el intento del Marqués de Santillana, son la aclimatación definitiva de la estrofa al español. En ellos, desarrolla, en esencia, el sentimiento amoroso. Un amor neoplatónico en el que no falta la indiferencia de la dama, el dolor del amante, la esperanza o la desesperanza.

  Es importante en Garcilaso y el tratamiento del tema amoroso, al estilo de Petrarca, su muestra de melancolía y cómo analiza los sentimientos provocados por el amor no correspondido o por el perdido (por ejemplo, por la muerte de la amada). Para describir a la amada usará unos pocos rasgos físicos; en cambio, para dibujar el mundo interior del poeta, del “yo” poético, se empleará a conciencia. No será hasta su madurez artística final que asuma una verdadera sentimentalidad renacentista suave y melancólica.

  En las elegías se descubrirá una influencia directa de los clásicos y una actitud estoica ante los sucesos adversos, aunque no exenta de un tono vitalista y optimista muy de la época. Las églogas (composiciones más largas en las que varios pastoriles dialogan sobre temas, generalmente amorosos, en un entorno idílico), junto a algunos sonetos, son la culminación del talento poético de Garcilaso. Las églogas de Garcilaso condensan toda la riqueza de su mundo poético y es donde su sinceridad se aproxima a la confidencia, pese al convencionalismo de la tramoya pastoril. Las tres églogas fueron compuestas durante su estancia en Nápoles. Son tres églogas.

  La Égloga I, que consta de 421 versos distribuidos en estancias, contiene los monólogos de dos pastores; Salicio, con sus tristes quejas por el rechazo de su amada Galatea; y Nemoroso, que llora la muerte de Elisa. De esta forma, plasma el debate entre amar y haber perdido frente al amor no correspondido. El poema concluye en una atmósfera de melancolía y de afirmación del “dolorido sentir” como condición de la existencia humana. Hay una mezcla de sincera confesión y contención sobria. Se percibe en el poema la emoción y la pasión de un amor vivido. Hay que resaltar la frecuencia de las exclamaciones y preguntas, la hipérbole al tratar el proceso amoroso y la identificación de la naturaleza con el sentimiento de dolor del poeta.

  La Égloga II fue la primera que escribió. Es la más extensa y la única que presenta una acción dramática. La trama se centra en el amor no correspondido de Albanio hacia Camila. Albanio intenta suicidarse y relata sus desventuras a su amigo. Por su parte, Nemoroso, además de referirse a sus propias experiencias amorosas, elogia las hazañas del duque de Alba, protector del poeta. Así vemos cómo se cruzan los temas de amor con la política de la vida del autor.

  La Égloga III, para muchos la obra más lograda de Garcilaso, está escrita en Octavas reales. En ella, cuenta que, a orillas del Tajo, cuatro ninfas bordan en sus telas sendas historias de amor y muerte (la historia de Orfeo y Eurídice, la de Apolo y Dafne, la de Venus y Adonis y la de Elisa y Nemoroso). La inclusión de la historia amorosa de Garcilaso (la historia de Elisa (Isabel Freyre) y Nemoroso (Garcilaso) supone una reelaboración artística considerable, pues la vida se transforma en poesía que, a su vez, se transforma en tema de pintura. Esta égloga sobresale por la soltura en el uso de los recursos literarios, por su perfecta estructura y, si la comparamos con las otras dos, por un mayor distanciamiento en la expresión del sentimiento amoroso del poeta.

   Como puede observarse, el amor es el tema predominante en la poesía de Garcilaso. Su concepción de este es marcadamente neoplatónica, con huellas de la tradición petrarquista. El de Toledo oscila entre la esperanza y la desesperanza, se recrea en su dolor como amante y en la indiferencia de la amada, así como el uso de secreto del amor cortés o el análisis agudo de diversos estados de conciencia.

 Su poesía transmite una fuerte sensación de sinceridad, que se ha relacionado con el carácter autobiográfico de los poemas de Garcilaso. Conviene decir que era propia de la poesía de la época una cierta “retórica de la sinceridad”, que pretendía que los sentimientos expresados en los versos transparentaran cierta idea de verdad. En este sentido, puede advertirse una evolución en la poesía de Garcilaso desde sus primeras composiciones, más próximas a la lírica cancioneril y sus tópicos amorosos, hasta sus poemas de madurez impregnados de la nueva sentimentalidad renacentista, más sutil y melancólica.

  Otro tema muy presente en este autor indispensable de nuestra literatura es la naturaleza, utilizada como entorno estilizado e idealizado en el que los personajes se quejan de sus cuitas amorosas, pero también como confidente que escucha y consuela a los pastores en sus quejas (aquí se ve la influencia de Virgilio). La utopía pastoril tiene un innegable carácter idealista y en ella las relaciones humanas y económicas se atienen a los modelos que la inmutable naturaleza ha establecido.

   Para finalizar esta entrada conviene hablar un poco de la métrica y el estilo de Garcilaso, que, como veremos, influirá decisivamente en toda la poesía posterior. De hecho, su labor poética se inscribirá en un fenómeno mucho más amplio, la lírica española de los siglos XVI y XVII. La nueva lengua poética se ajusta a los ideales renacentistas de naturalidad y elegancia. Su lenguaje es aparentemente sencillo, fluido y natural. Busca el equilibrio clásico entre la pasión y la contención. Este deseo de armonía se refleja en la frecuente simetría de sus estructuras poéticas: versos bimembres, elementos duplicados o triplicados, paralelismos sintácticos, etc.

   El tono de su poesía es dulce, triste y melancólico, como revelan los adjetivos antepuestos, uno de los rasgos más característicos de su estilo: dulces prendas, dulce nido, triste canto, triste y solitario día, cansados años… A este tono contribuye también la novedosa métrica garcilasiana, con predominio del endecasílabo, frecuentemente asociado al heptasílabo, lo que le proporciona una gran libertad expresiva. Es, asimismo, un verso muy musical por la acertada combinación de acentos y rimas, por sus aliteraciones, hipérbatos, etcétera.

  Todo esto es fruto del contexto histórico y literario en que se movió y de los sistemas poéticos que conoció. El primer tercio del siglo XVI es una época de intensa innovación y apertura que Garcilaso vivió en España y en Italia.

Sobre la Identidad

   He querido reflexionar un poco sobre este concepto tan cambiante, subjetivo y polifacético que es la identidad. Veo que las personas asocian muchas cosas a lo que sienten como su propia identidad, es decir, a sus señas de identidad. Unos miran a su pueblo, su ciudad, su territorio más cercano o su país. Otros lo miden en función de su religión, sus creencias o sus valores, incluyendo su ideario político y otras cosas como la cultura o la etnia. En un tercer grupo estarían los que se fijan más el aspecto sexual, de género y aquello que sienten por dentro. Por último, están los que marcan sus señas de identidad por factores sociales como la familia, los amigos, los intereses, la economía, el estatus o las aficiones (música, juegos, deportes…).

  La realidad es que consciente o inconscientemente son todas estas señas distributivas lo que forma cada una de nuestras identidades particulares. Al final, es una gigantesca suerte de infinitas opciones. Tantas como personas hay en la Tierra. Eso sin contar con la posibilidad de tener más de una identidad.

   Hasta aquí, por mí perfecto. Cada uno es bien libre de sentirse como quiera. No seré yo el que ponga eso en tela de juicio. Lo que sí debo reflexionar es sobre el hecho en sí de marcar estas señas de identidad ad infinitum, pues el resultado final es el mismo que el que uno particularmente quiera. Esto es lícito, pero no por eso resulta necesariamente lógico o vinculante para objetivos subsiguientes. Por tanto, debería quedarse en el terreno de lo anecdótico y lo particular de cada uno.

  Por el contrario, sí hay algunos elementos tangibles y objetivos en el tema de la identidad que no suelen formar parte de la identidad de ninguna persona, pueblo, etnia o lo que sea. Son cosas tan obvias que no queremos verlas como parte de nosotros, aunque todos lo sabemos de sobra. Me refiero a hechos tan simples como la definición objetiva de lo que somos. ¿Qué somos? Seres humanos, personas.

  Toda definición de identidad de una persona debería pasar citando el hecho de que es una persona. Al ser una persona, debería también decir que es un animal. En este caso, es un ser humano al diferenciarse de otros animales; pero sin olvidar que es un animal para diferenciarse de aquellos seres vivos que no son animales. Como animales, nos hemos diferenciado de otros seres vivos, pero también nos seguimos definiendo como vivos en contraposición a lo inerte. Del mismo modo, al etiquetarnos como personas, deberíamos entender todos que somos parte de una colectividad, es decir, terrícolas.

  Temo que nunca veamos esto sin la ayuda de alguna especie invasora de fuera del planeta. Por muy sencillo que sea. ¿O conoces a alguien que no sea un animal, un ser vivo o un terrícola? Estas etiquetas lógicas no terminan aquí, pero no quiero extender mucho el hecho porque creo que ya se entiende bien. Sí te daré otras pistas que podrían identificarnos a todos nosotros: primates, bípedos, mamíferos, etc.

  Parece que no nos interesa vernos de esta forma, que es mejor fijarse más en las pequeñas diferencias, por subjetivas y endebles que sean en algunos casos. En parte, puedo entenderlo, pues nos identificamos en relación al entorno más cercano. Sin embargo, en una sociedad global como la actual, estamos llegando al punto que si no empatizamos entre nosotros sobre qué es lo que realmente somos como colectividad, terminemos equivocándonos sin remedio y no veamos lo ligados que estamos al resto de animales, de seres vivos o a la Tierra en sí misma.

 Volvamos a las señas que sí solemos tomar como propias para identificarnos a nosotros individualmente, en grupo o en contra de otros. ¿Cómo de objetivas o inventadas son? Esta pregunta es extremadamente difícil y polémica. Habrá que contestarla con sumo cuidado y entender que he comenzado el texto respetando la identidad que cada uno quiera tener de sí mismo. Con todo, sí me gustaría explorar los cimientos reales para sustentar estas etiquetas como un sistema racional de identificación desde el exterior, independientemente de cómo se sienta cada uno por dentro.

  Siguiendo con la biología, toca ver esas dos etiquetas tradicionales de género binario que manejamos todos. Hombre y mujer, la eterna pareja. Puede parecer neutral qué es ser hombre y qué es ser mujer. En principio, lo es; pero, lo cierto es que hemos ido poniendo condicionantes a estos términos y hemos cerrado mucho las opciones. Yo creo que hay muchas formas de ser un hombre y muchas de ser una mujer, tantas como hombres y mujeres existen. Sin embargo, tendemos a simbolizar ciertos atributos, roles y deberes a estos dos grupos y los encorsetamos, los asfixiamos, los cosificamos.

  Ahí está el error, en pretender que ser hombre o mujer signifique lo que unos querían en el pasado y muy pocos quieren ahora. Si cada uno pudiera ser hombre o mujer según quiera cada cual serlo, habría menos problemas con este tema. Se podría hablar más abiertamente sin que te comiencen a encerrar con etiquetas absurdas, populistas y desfasadas. Con todo, creo que es una dicotomía que funciona bien en la gran mayoría de los casos (si estuviera más abierta y libre de ideología). Es, sin duda, práctica y coherente desde su campo de estudio.

   Por otro lado, sí hay, como digo, un margen de error en toda clasificación, sobre todo cuando sale de su lugar y aterriza en otro; así que qué mínimo que respetar la identidad de cada uno. No seré yo el que le diga a nadie cómo debe sentirse. En este sentido, habría un tercer grupo que tenga que abarcar toda identidad de género que se salga de esta propuesta bimembre.

  Siguiendo con las etiquetas que sí son objetivas, me topo, cómo no, con el lenguaje humano. Lo explicaré de forma muy sencilla, es decir, con mi lenguaje, con el español. Es innegable que mi lengua materna es el español. Eso, quiera o no, me define sin remedio, pues estoy en un grupo de gente, dentro de todos los humanos del planeta, que habla español. En concreto, en un grupo que piensa y vive en español. Insisto en que no va de lo que creo o lo que siento, va de hechos innegables. Ese mismo camino me lleva a algo que pone en el DNI, mi país. No pone si me gusta o no me gusta el hecho en sí. Solo pone que soy español, es decir, que soy un ciudadano de un país que se llama España. Lo demás sería ya harina de otro costal.

   En este sentido, también es irrefutable que cada persona vive en un lugar. Lo puedes llamar pueblo, casa, ciudad, comarca, territorio, barrio o como quieras. El truco aquí está en que sí, estamos en un lugar o en otro y eso nos define; igual que la pertenencia a una familia, una etnia o a otra colectividad, la que sea; pero eso no quiere decir que seamos de una u otra forma por ese hecho. Ahí ya entraríamos en generalizaciones simplistas, sesgadas y torticeras para etiquetarnos, subvencionarnos o estigmatizarnos.

  Estos factores sociales o culturales como la religión, los amigos, la generación, el estatus, los intereses, las aficiones, el trabajo, etc. son como la ideología, la cultura, las creencias, los valores o tu sexualidad, es decir, señas de identidad personales e infinitas que no deberían ser importantes para los demás. Simplemente deberíamos ser libres de identificarnos con cualquiera de ellas, sin más. No tendrían que ser relevantes para el resto, pues son esenciales para cada uno. ¿No merece eso el máximo respeto, que es el respeto que no juzga, no habla, no señala?

  Quiero ir terminando esta pequeña reflexión de identidad con un tema complejo que ahora se suele identificar con el color o el origen, y que antes lo hacía con las razas. Si has leído hasta aquí y no echabas en falta esta categoría, vas bien. Identificar al resto por colores es tan absurdo como hacerlo por el color de los ojos, el pelo, la estatura o cualquier atributo físico irrelevante para los demás.

   Llego al final del artículo sabiendo que podría haber estirado el tema muchísimo, pero con ganas de concluirlo con un pensamiento concreto: que no se señale a nadie por su identidad, que se tenga libertad real para sentirse como un quiera, que no se manipule a los demás con ese pretexto y que no se discrimine por ello; pero también que no se formen chiringuitos y absurdeces con las pobres minorías, que no necesitan más que un poco de normalidad y libertad.